sábado, 30 de mayo de 2026

El punitivismo y la sociedad cangreja

Desde hace bastante rato ya, el punitivismo está poniendo el mantel para la construcción de sociedades más conservadoras y por ende, menos libres. Son innumerables los espacios sociales resquebrajados por la falta de diálogo transparente y cuotas de confianza. Y es que el temor a decir lo considerado políticamente incorrecto y ser castigado con un veto o un escrache, se asentó en no pocas personas y primó el instinto de supervivencia ante la necesidad de socializar para transformar.
Ante este contexto, es fundamental que el feminismo anarquista eleve con mayor fortaleza los principios antiautoritarios que orienten a la construcción del diálogo, la coeducación y la reparación colectiva sin recurrir a la lógica del castigo que, como bien señaló en su momento la maestra anarquista Antonia Maymón, ni mejora ni educa; aparta moralmente y cultiva la hipocresía.
Resulta difícil no señalar que la influencia de un feminismo institucionalista y burgués, que demanda protección de las fuerzas represivas de los Estados, ha hecho mella en diversos espacios de construcción social. Esa consigna “nos matan y nadie hace nada” promueve el rol pasivo de la víctima y demanda proteccionismo. Las anarquistas hemos reivindicado desde siempre la acción directa y la autodefensa como mecanismos para hacer frente a las agresiones a que nos vemos expuestas. En ese sentido, es fundamental asumir que la puesta en práctica de estos principios debe ser cotidiana. El feminismo que promovemos, y con el que aspiramos nutrir los espacios de participación social, no es un feminismo acusica y castigador sino uno que, a través de la confrontación de ideas, impulsa la destrucción de prácticas segregacionistas para la construcción de una plena igualdad social.
Y es que el punitivismo es cómplice del neoliberalismo en la medida en que desconoce las condiciones y el entramado de opresiones estructurales para apelar a la comprensión de responsabilidades individuales sujetas al castigo, siendo a su vez funcional a la lógica criminalizadora de los Estados contra la población empobrecida. Además de orientarse a la demanda de reformas en los códigos penales, se ha caracterizado también por su amor a las cárceles. Y si somos capaces de observar la realidad, no podremos negar que éstas han servido sólo como un espacio de reproducción de la violencia contra las clases oprimidas. ¿Realmente construyendo más cárceles o encerrando a más personas, se lograrán reparaciones sociales?
El punitivismo también dispensa al capitalismo y al patriarcado. Y es que en la medida en que apela a la individuación de faltas y castigos, omitiendo el entramado de opresiones y explotación, es capaz de ampliar el poder de éstas. Un ejemplo de ello ha sido el resultado del enfoque punitivo asumido en distintas regiones para hacer frente al acoso callejero: la mayor policialización de los espacios públicos.
La ideología punitivista a su vez otorga un carácter identitario y no circunstancial a la víctima. Esto es que la persona agredida debe asumirse como vulnerable y necesitada de protección. ¿Debemos las personas definirnos desde lo que nos ha ocurrido, desde el dolor que se nos ha causado, asumirnos como seres vulnerables y demandar siempre la protección de las instituciones del Estado? ¿O debemos, contrariamente, elevar nuestra potestad transformadora, de autodefensa individual y colectiva?
Es entonces evidente que el punitivismo apela a sembrar el miedo. Dentro de los círculos feministas, esta ideología se ha manifestado a través de diversas prácticas. Una de ellas fue la aplicación del llamado “feministómetro”. Mujeres que se reivindicaban feministas, castigaban a otras por no serlo lo suficiente bajo los criterios impuestos por la lógica de la filiación irrestricta, incapaz de comprender que el feminismo no es una manifestación homogénea ni homogeneizante sino un movimiento constituido en su seno por varias corrientes del pensamiento.
Como ya lo hemos mencionado más arriba, el hecho de que gran parte del movimiento feminista se haya dedicado férreamente a la demanda de marcos jurídicos para hacer frente a la incorporación de las mujeres y diversidades sexuales en espacios de la administración estatal, así como para hacer frente a las distintas formas de violencia sexual, evidencia una ideología castigadora que abre camino a la consolidación de sociedades carcelarias. Pero si esto se hace absolutamente evidente, hay otras manifestaciones de la ideología punitivista que no resultan tan fáciles de develar. Un ejemplo concreto de ello son las llamadas funas o escraches.
Y es que las funas o escraches tienen su origen en la protesta concertada de grupos y colectivos contra agentes del poder y gobernantes que han sido o fueron partícipes de prácticas regresivas (en contexto de dictaduras) o de corrupción administrativa (en contexto neoliberal). Por esta razón, el concepto viene arropado de una cabal comprensión de justicia y autodefensa, pues es la respuesta de los oprimidos ante el poder.
Y es a su vez incuestionable que la funa o el escrache en el ámbito feminista ha sido una táctica en muchas ocasiones eficaz. Ha servido no sólo para visibilizar las distintas formas de violencia que padecemos, principalmente en el marco del régimen heterosexual, sino para prevenir de ellas a otras personas. Esa denuncia pública al agresor ha sido en ocasiones la forma en que muchas mujeres han puesto en resguardo su existencia.
Sin embargo, considerando el contexto de nuestras sociedades digitales y la gran crisis relacional que es fruto de éstas, muchas veces el enfoque personalista que caracteriza a las funas o escraches que circulan a través de las llamadas “redes sociales”, favorece la individuación de estas prácticas, como si éstas fuesen aisladas de una sociedad que las valida todos los días desde el seno familiar hasta la silla presidencial. El varón “funado” pasa a ser el bicho raro con nombre y apellido con el que sólo las y los incautos o los “cómplices” estarán dispuestos a socializar de nuevo. Y esto, desde cierto punto de vista, constituye una hipocresía política tremenda. Pues mientras aislamos al “funado”, seguimos tolerando y avalando prácticas similares y a veces peores entre otras personas de nuestro entorno.
La personalización también responde a criterios meritocráticos. La funa, para que sea difundida eficazmente en las redes sociales del feminismo hegemónico, debe hacerse sobre una persona reconocida en algún ámbito social compartido. Se funa al militante, al activista, al artista, al estudiante universitario, al escritor, al académico. (Cómo olvidar, por ejemplo, cuando las grandes alamedas de Santiago de Chile se repletaron para repudiar la agresión de “Tea Time” a quien fuera su pareja, al mismo tiempo en que el cuerpo descuartizado de una mujer inmigrante era sacado del río Mapocho bajo total silencio de la masa). Para ser merecedor de un escrache feminista, al parecer, se debe haber acumulado un cierto “capital cultural”. Y es que cuando el agresor no responde a este criterio meritocrático, parece que sus prácticas machistas no sorprenden ni son motivo de alarma, las damos por sentadas como un rasgo característico de su escasa educación.
Además de los rasgos meritocráticos que caracterizan a la funa feminista en redes sociales, está el hecho de su fugacidad. ¿Quién va a recordar el próximo año a Pedrito de Los Palotes, el machito funado en un post de Instagram? Pues sólo alguien que le siga la pista de cerca a Pedrito de Los Palotes. La mayoría de la gente lo olvidará a él y el motivo de la denuncia que lo implicaba en un post de redes sociales. Y él podrá volver a retomar sus prácticas y reconstruir sus vínculos sin tener que rendir cuentas a nadie sobre cuestionamientos propios o reparaciones, pues se supone que ya fue “castigado” a través de la funa. Y es que todo en el alcantarillado electrónico es fugaz, cae en un pozo sin fondo del que muy difícilmente pueda volver a emerger sin haber sufrido el desgaste de su rápida digestión.
Finalmente está el hecho de la sobreexposición de quien eleva la funa. En el fango del descrédito donde se revuelca el varón funado, también está quien le funa, untándose las manos con las heces de todo lo sufrido para pintarrajear la imagen del agresor. Ardua tarea que amerita no sólo valentía y esfuerzo sino un estómago de acero. Ni hablar de las cuotas de desconfianza y revictimización que luego recaen sobre “la funadora”.
Justo es aclarar que las funas feministas no son inventos de este siglo. Hoy son digitales, personalistas, meritocráticas y fugaces, pero en antaño implicaron —especialmente para las mujeres anarquistas—, la irrupción de sus cuerpos en espacios asamblearios constituidos mayoritariamente por varones para, a fuerza de voz en alto, señalar actitudes machistas y denunciar a agresores. De esto podemos tener referencia en Latinoamérica a través del trabajo editorial de Virginia Bolten en el periódico comunista anárquico La Voz de la Mujer, donde se da cuenta, entres otros cuestionamientos, de las denuncias a hombres anarquistas que ejercieron violencia machista contra compañeras. Ella los llamó “cangrejos”, señalando así que se negaban al progreso de las ideas cuando de su relación con la mujer, la familia y el sexo se trataba. De Virginia seguramente se habrá comentado mucho entre varones lo conflictiva que resultaba para todo el movimiento anarquista de la época.
Pero Virginia no tenía ni Instagram, ni Tik Tok ni Facebook. Virginia tenía su voz y su cuerpo. Y sacar la voz y poner el cuerpo no es lo mismo que alentar fuegos de un algoritmo digital. Las pantallas disfrazan, ocultan, tergiversan y agrandan hasta la deformidad. Ante una sociedad cangreja, la ideología punitivista sólo sirve para ratificar principios conservadores y autoritarios que la sostienen. Ante una sociedad cangreja, la autodefensa tiene necesariamente que pasar por detenernos, mirar a los ojos, sacar la voz y, si fuese necesario, devolver el golpe. Sólo la autodefensa como ejercicio material podrá devolvernos la integridad y un verdadero sentido de justicia que pueda conminarnos a forjar formas de reparación social.

Texto originalmente escrito para La Maraña (Abril, 2025)

lunes, 25 de mayo de 2026

La escuela chilena y los otros


Hace más de una década llegué a Chile y me convertí en inmigrante. Con el paso del tiempo y la superación de varios obstáculos burocráticos, pasé a ser considerada una profesora inmigrante. No sólo llegué a otro país y a otra escuela: ingresé a un régimen de clasificación y jerarquización, a una gramática tácita de pertenencias y exclusiones, a una pedagogía implícita que enseña quién puede ser considerado sujeto pleno dentro de la comunidad escolar.

Mi tránsito por escuelas particulares subvencionadas y municipales, como profesora de Lengua y Literatura formada en Venezuela, me permitió experimentar la docencia desde una posición de alteridad que no había habitado antes. Enseñar desde la extranjería no es solo enseñar con otro acento: es observar cómo la escuela se organiza para integrar a pesar de las reales voluntades, sin transformar, nombrando la diversidad como conflicto, reproduciendo jerarquías de enorme violencia simbólica.

La escuela chilena —como tantas instituciones modernas— es heredera directa del proyecto estatal-nacional. Fue concebida para producir ciudadanía homogénea, identidad disciplinada, lengua unificada, memoria seleccionada. Desde esa matriz, toda diferencia aparece como anomalía que debe ser corregida, neutralizada o folklorizada.

El discurso contemporáneo de la inclusión, de la interculturalidad y del multiculturalismo ha permitido cierto reconocimiento formal de esta tensión. Sin embargo, ese multiculturalismo opera muchas veces como adorno neoliberal: un dispositivo de cooptación que maquilla la desigualdad sin desmontar sus fundamentos.

La inclusión sin transformación estructural no es más que una pedagogía del simulacro. ¿Seremos capaces de inventar una escuela donde el nosotros venza al yo colonial?

Lo que sigue es un ejercicio reflexivo que al respecto acompañó mi experiencia como estudiante del Diplomado en Pedagogías Latinoamericanas. Y lo comparto:


Click Aquí


martes, 25 de febrero de 2025

Sobrevivir donde no te quieren


Vivir en un territorio en el que el grueso de la sociedad se empeña en expulsarte es una situación agobiante desde el punto de vista emocional. Lo sabemos quienes somos inmigrantes en Chile.

No pocas veces he recibido comentarios como “es que tú no pareces venezolana” o “es que tú acá pasas piola” para explicarme por qué pueden tolerarme a mí, pero despreciar a la comunidad a la que yo pertenezco. Esas personas no son en absoluto conscientes de la violencia solapada que esos comentarios ejercen. Se piensan en todo caso muy nobles en ese ejercicio de aceptación ladina. Y esto llega a unos límites tan hilarantes que recuerdo haber recibido la siguiente sugerencia de un compañero de trabajo: “No vayas a vacacionar al Norte, eso está lleno de extranjeros”. Lo miré de hito en hito. Ni se inmutó.

En otras ocasiones, la violencia ha sido más abierta. Y recuerdo que la primera expresión de ella fue justamente en una Feria del Libro Anarquista, cuando un fulano aseguró en una discusión que todos los inmigrantes éramos en esencia contrarrevolucionarios. Recuerdo haber participado con alguna opinión al respecto. Posteriormente, en el viaje en bus al final de la jornada, otro de los asistentes al que seguramente no le gustó mi intervención, se dedicó a burlarse histriónicamente de mí, haciendo referencia a “arepas”, “maracas” y no sé qué otras tonteras bajo la complicidad masculina que suele darse en muchos espacios políticos. Armé tremendo peo en el bus, para qué decir más.

Comento esto porque quiero decir además que me consta la violencia xenófoba y racista que permea a la sociedad chilena incluso en sus espacios más “liberados”. Y empatizo profundamente con quienes viviendo en Chile en calidad de inmigrantes, deben seguir padeciendo la violencia que generan las estructuras políticas del Estado y que agudizan los medios de comunicación para forjar una sociedad cada día más separada y dispuesta a destruir al que es inmigrante y no se limita a servir, obedecer y sonreír.

Lamento mucho que la inexperiencia migratoria del pueblo venezolano nos haya arrojado a cometer gruesos errores en nuestro encuentro con otros pueblos. Lamento esta suerte de “arrogancia caribeña” que nos acusan y que muchas veces va de atolondrada por los caminos, sin detenerse a observar, escuchar y comprender. Y lamento que esa torpeza condicione la experiencia de los más vulnerables entre nosotros. Lamento que desde el poder, los esfuerzos por estereotipar sean tan sólidos que busquen a figuras tan nefastas como George Harris para que “corrobore” el prejuicio social sobre el “venezofacho”; para que al mirarlo, quienes se sienten distintos y superiores, vivan una catarsis que les ayude a justificar el odio y el desprecio que sienten por otros; para que al señalar la misoginia, vulgaridad, aporofobia, racismo y clasismo del bufón, puedan sentirse mejores personas, tranquilos de odiar esos valores que él canaliza y que se cree son los que portamos los casualmente nacidos al norte del sur. Yo les invitaría a analizar la ideología profunda que los mueve… Se sorprenderían de hallar un pequeño Pinochet en el interior de muchos corazones pretendidamente progresistas.

En este laboratorio neoliberal llamado Chile, triunfó un capitalismo eficaz. Un capitalismo en serio, como lo quiso también la Kirchner. Uno que te exprime certeramente y te garantiza capacidad de consumo (por ahora). Uno que se paga con salud mental, con alegría, con purita humanidad. Tal vez muchos recurrimos a esta maquinaria en busca de lo mínimo para vivir con mediana dignidad después del secuestro de nuestras aspiraciones más igualitarias. Y algunos pueden ponerle fecha de término a esa experiencia. Pero no todo mundo tiene ocasión de salir de donde no es querido, de donde no se le permite ser persona… A veces, es más difícil devolverse que seguir... Así que cruzo los dedos porque en algún punto de este abrupto choque cultural, impere el deseo de comprender al otro y no el impulso por degradarlo. Que el individualismo neoliberal tropiece sin ocasión de levantarse y deje camino libre para que las gentes puedan narrarse, dialogar y reconocerse. Cruzo los dedos porque un día estos pueblos asuman que somos hijos del mismo ultraje y que estaremos mejor hermanados en auténtica solidaridad (que no es en absoluto el ejercicio de depositarle a Don Francisco para su Teletón).

sábado, 16 de diciembre de 2023

El armazón del racismo en la región chilena



En abril del año 2021, cuando aún lidiábamos con la dura sobrevivencia pandémica, fue aprobada la ley 21.325, la nueva ley de migración y extranjería. El resultado más inmediato que pudimos testificar fue la presencia de decenas de personas en un limbo entre las fronteras de Bolivia y Chile, pues la nueva ley chilena supuso un portazo en las narices y un proceso de reconducción que dejó en evidencia y por lo bajo, que aquella ley no fue hecha para resguardar los derechos de las personas migrantes, sino que se ajustó de forma racista a las necesidades del desarrollo capitalista. Y es que la puesta en marcha de la nueva ley propició aún más la inmigración considerada “irregular” por el Estado, lo que a su vez ha implicado sumar a cientos de miles de inmigrantes a una explotación con peores salarios y menos derechos de los que cuentan quienes poseen un RUT y permiso laboral. Es decir, este marco legal brindó todo lo que necesita la clase dominante para acumular más capital y a su vez profundizar la división entre los oprimidos. Una división sin dudas apuntalada por la propaganda nacionalista que canalizan los medios de comunicación. A través de estos últimos, el inmigrante ya no es expuesto como un “aporte multicultural” sino como un enemigo interno al cual hay que reprimir y expulsar.

No obstante, y curiosamente, al tiempo que a los inmigrantes se les criminaliza bajo estereotipos totalizantes, poderosas empresas del retail, a diferencia de algunos años atrás, no dudan en explotar a través de agencias subcontratistas a inmigrantes sin papeles, pagando sueldos equivalentes al part-time pero extendiendo la jornada laboral a ocho, doce y más horas. Hecha la ley, dictada la trampa. No habrá jornada de 40 horas para quien no tiene papeles en este país en donde al forastero sí que saben querer y abrazar.

Que la nueva ley de migraciones resultó una trampa ha sido señalado incluso por los mismos que la promovieron, es decir, por los académicos chilenos de vocación promigrante y por la tecnocracia importada que ocupa puestos de representación de las comunidades inmigrantes en Chile. Pero que los mismos que sentaron la demanda de una nueva ley hoy acusen su no pertinencia nos debe conducir a reflexiones mayores sobre el rol que cumplen las leyes en determinados contextos sociales y sobre el papel de la representatividad como un mecanismo de suplantación servil ante los intereses de los Estados.

En un contexto global de cierre de fronteras, cuando hemos podido testificar el endurecimiento de leyes migratorias en todo el mundo y especialmente en Europa, al progresismo chileno se le ocurrió la brillante idea de exigir una nueva ley de migraciones para dar solución a lo que entonces era sólo un problema burocrático: el retraso administrativo de los visados que estaban otorgándose con mayor o menor dificultad. El resultado al día de hoy es más complejo aún: Chile ha cerrado sus puertas para los pueblos vecinos que buscan subsistencia y refugio en su territorio; la cantidad de habitantes sin papeles y sin derechos laborales se ha incrementado y esta mano de obra precarizada se ve sometida a una sobreexplotación con sueldos miserables por jornadas extenuantes. Ante este panorama, los académicos promigrantes siguen dictando sus costosos diplomados sobre racismo y migración. Y quienes dijeron representar a las comunidades migrantes, se dedicaron a vivir desde el silencio, la sonrisa y los fondos concursables.

Aunado a estas medidas estatales, el discurso racista se fortalece y multiplica desde la institucionalidad a través de personeros de gobierno que son capaces de referirse al tema migratorio como indisoluble del tema delincuencial. Y en este sentido, todos los espectros políticos abrazados al nacionalismo ejercen similares discursos y prácticas racistas. Es un mito de los sectores progresistas el acusar la existencia de discursos racistas sólo en el ala derecha del espectro político. Desde tendencias como el PC-AP, desde donde se reivindican posiciones antiimperialistas y antifascistas, plegados sin embargo al gobierno milico y autocrático de Nicolás Maduro, no han faltado nunca agresiones contra las comunidades de venezolanos inmigrantes. De hecho, durante un tiempo estuvieron asistiendo a la embajada de este país para procurar provocaciones que no pocas veces derivaron en confrontaciones verbales y físicas con quienes allí hacían largas filas para gestionar documentaciones. Esas situaciones, no fueron desaprovechadas por sectores de ultraderecha, quienes acudieron a su vez para dirigir entre los inmigrantes cánticos anticomunistas que atentaban contra la memoria de todos los represaliados y asesinados por la dictadura de Augusto Pinochet. Que sectores partidistas hayan empleado a algunos inmigrantes venezolanos como un objeto en disputa para alentar confrontaciones entre dos extremos del espectro ideológico chileno, situación que fue incluso televisada, dio pie al mote de “venezofacho” que en sectores populares por donde transita el despojado, va siendo de uso corriente y constituye una agresión xenófoba con la que muchos inmigrantes venezolanos deben lidiar.

Los discursos racistas que cobran auge entre las clases oprimidas de esta región legitiman a su vez una nueva realidad: El gatillo fácil instaurado a partir de la aprobación de la ley Naín Retamal apunta sus disparos y sospechas sobre los cuerpos racializados sin distingo de nacionalidades. No obstante, resulta evidente que se ha incrementado la cifra de inmigrantes represaliados y/o asesinados y son escasas las voces que se alzan para denunciar o protestar. Sólo algunos canales de información a través de redes sociales, administrados por inmigrantes, van haciendo visible un registro de estos casos que no son televisados. Y es que ningún abrazo a la diferencia brinda la sociedad chilena decidida a replicar los discursos de odio que dictan los poderosos con la intención de dividir a los oprimidos.

La condición inmigrante supone haber vivido el despojo de recursos, el sostenerse única y exclusivamente a través de la fuerza de la mano de obra propia. Esto difiere de la realidad de extranjeros que logran asentarse en un país gracias al traslado de sus capitales o a la incorporación a instituciones y estructuras de poder imperantes. Comprender esto es fundamental para que consignas orientadas a invisibilizar estas diferencias, no tengan cabida en el imaginario social. No podemos permitirnos forjar relaciones de semejanza entre inmigrantes despojados y extranjeros acumuladores. Y por mucho que nos cueste, también debemos comprender las diferencias entre esta clase despojada que somos los inmigrantes y la clase obrera chilena. Porque el Estado chileno y su marco jurídico, no garantiza los mismos derechos para todos. Los trabajadores inmigrantes estamos hoy acorralados por el Estado chileno.

Quienes desde nuestra condición de inmigrantes hemos hecho intentos por organizarnos desde las clases oprimidas en esta región, sabemos certeramente que lo primero a lo que se debe hacer frente es al prejuicio xenófobo que pesa sobre nosotros. Debemos “convencer” a quienes se deciden a escucharnos, que no somos fachos, que la nuestra no es una experiencia de aspiraciones consumistas frustradas en contexto comunista, sino una experiencia de aspiraciones libertarias truncadas por gobiernos militaristas. Que el nuestro no es un mero despecho anticomunista sino un profundo descreimiento político. Y aún así, aunque logremos convencer a veces, va siendo difícil que nos hagamos bien acompañar.

Hasta el momento, la persona migrante sigue siendo vista por sectores progresistas como un objeto de estudio y jamás como un otro con el cual organizarse. Este paternalismo e instrumentalización lo aprendieron en las universidades y lo replican hasta en los espacios que se pretenden más liberados. Será necesario desterrar a las instituciones y sus discursos racistas y xenófobos para que nuestras prácticas al margen de ellas puedan desembarazarse de toda lógica autoritaria destinada a separarnos en función de cualquier diferencia. Será necesario asumir nuestras diferencias como un motor del aprendizaje, de la construcción colectiva y del deseo por comprendernos en un nosotros auténticamente íntegro. De otro modo, habrá triunfado la ficción militar que, dibujada con puntos y rayas en los mapas, separa nuestros anhelos de la más plena libertad social.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Reflexiones contra el racismo en el movimiento anarquista



 El racismo en la sociedad separada

La historia de invasión y colonización que atraviesa esta región, nos hace habitar países que se constituyeron en Estado-nación para pisotear y exterminar a los pueblos originarios que habitaban el Abya Yala. Se impuso entonces una jerarquización de las diferencias para catapultar al hombre blanco mestizo como cuerpo y rostro de estas nuevas naciones. Y fue así que pueblos indígenas y afrodescendientes fueron arrojados a los eslabones sociales más bajos, condenándoles a vidas en permanente despojo.

Guardar plena conciencia sobre el origen racista de las sociedades actuales, marcadas por el colonialismo, nos permitirá comprender por qué el racismo es un fenómeno tan extendido. Y es que se nos educa para el racismo, para reconocer a un Estado-nación y enorgullecernos de su existencia; guardar además disposición para su defensa ante otros Estados-naciones y ante los mismos pueblos racializados que resisten a ellos y a los cuales nos han enseñado a concebir como un peligro para el desarrollo nacional. Apenas abrimos la boca y nos atragantaron con himnos. Nuestra maravilla infantil ante la riqueza y variedad de los colores se diluyó en la imposición de un tricolor patrio. Se nos enseñó a enorgullecernos de una historia escrita sobre la sangre de nuestras abuelas ultrajadas. Somos racistas y reconocerlo puede ser de vital importancia para poder expulsar de nosotres, esa expresión autoritaria de la sociedad separada. Esto, por supuesto, si es que de verdad aspiramos construir la posibilidad de un mundo libre de opresiones.

La anarquía no caerá del cielo

Sólo dando este primer paso hacia el reconocimiento de nuestra historia y la construcción de un nosotres tan diverso como inamansable, podríamos comprender la importancia que cobra la lucha antirracista.

Las anarcofeministas hemos debido enfrentar dentro del movimiento ácrata, las masculinas voces que acusan nuestra existencia en organización como innecesaria. La sonora terquedad del acratosaurio que repite como un mantra que la anarquía es la lucha contra todas las opresiones y que dentro de ella no es necesario hablar de feminismo y disidencias sexuales... Cabezas fosilizadas negadas a distinguir el horizonte de las prácticas, empeñadas en hacerlo todo del mismo modo siempre para no avanzar un paso apenas en la historia. Conservadores, sin más. Hemos sabido comprenderlo así y organizarnos a pesar de ellos, ejerciendo la justa tensión anarcofeminista; una posibilidad maravillosa para nutrirnos de los principios y reflexiones libertarias del feminismo que defendemos.  

Pero resulta que son esos mismos cangrejos que opusieron resistencia a mujeres y disidencias, los que se niegan a reconocer la necesidad de abordar perspectivas antirracistas en los espacios anarquistas. Y lo hacen con los mismos manidos argumentos. La anarquía lo es todo, dicen, pensando que ella llegará por sorpresa algún día y no habrá que construirla todos los días a través de las prácticas transformadoras.

Y acá la cosa se complica un poco más, pues se suman a este coro, compañeras anarquistas que, engolosinadas con las categorías de los feminismos paridos por la academia, son capaces de hablar en perfecto lenguaje inclusivo sobre la interseccionalidad y la descolonización de las cuerpas-territorias, pero sumando cómodamente la consigna simplista de abajo el trabajo, descalificando totalmente con ello a la inmigrante obligada a emplearse para permanecer. O compañeras anarquistas que al tener en frente a una mujer negra, prefieren hacer como que no la han visto o la miran como quien ve un espectáculo circense. O tienen pudor de nombrar a esa mujer como negra. O pretenden relacionarse con ella desde el paternalismo asistencialista. Compañeras hay que son capaces de negar las razones de una mujer inmigrante y acusarla de cobarde por haber sido vencida por el despojo en su territorio de origen. Otras hay que replican sistemáticamente la propaganda de terror patriarcal y racista en donde siempre el agresor desconocido es un varón inmigrante. Y también hay las que desarrollan irracionales antipatías contra mujeres inmigrantes, en una mezcla de xenofobia racista y competencia patriarcal. 

La existencia de esas expresiones racistas en los movimientos, justifican sobradamente la necesidad de señalarlas, observarlas y erradicarlas, transformando colectiva y radicalmente el orden social. La trasversalización de perspectivas antirracistas debe ser un ejercicio consciente y permanente desde nuestras organizaciones.

Portazo al inmigrante latinoamericano y alfombra roja al viajante europeo

Que existen prácticas racistas dentro del movimiento anarquista no debería sorprender a nadie. A menos que se piense que pueden existir burbujas de pureza y perfección en el marco de estas sociedades signadas por el germen de la jerarquía. Por lo tanto, el señalamiento no debe entenderse como una acusación para el descrédito, sino como un ejercicio imprescindible para potenciar las prácticas libertarias. 

Hemos permanecido embelesados durante mucho tiempo en la búsqueda de referentes europeos. Reconocerlo es de vital importancia para poder iniciar un cuestionamiento en perspectiva antirracista que nos permita recuperar la memoria histórica sobre experiencias propias en esta región de Abya Yala. Del mismo modo, será necesario cuestionarse los términos en los que se establecen las relaciones internacionalistas, cuando resulta evidente que estos difieren enormemente según los vínculos se forjen dentro de esta región o hacia la región europea. Y es que, ¿no es demasiado notorio que la recepción que se hace hacia viajantes y delegados europeos no es en absoluto equiparable a la que se hace a viajantes, delegados e inmigrantes latinoamericanos?

Ante el viajante europeo, aguardará siempre la disposición plena, el interés genuino, la admiración casi ingenua de quienes parecen sentirse finalmente visitados por el padre abandonador. Se disputarán, literalmente, por ser quien o quienes reciban al compañero europeo bajo el techo propio. Con absoluto fervor colmarán las salas para escuchar a quien venga de Europa a contar experiencias propias, pero se ausentarán consciente y deliberadamente de los espacios convocados para escuchar a compañeres latinoamericanes o a inmigrantes organizades.

¿Cómo negar que hemos escuchado a compañeros anarquistas tildar de cobardes a inmigrantes porque estos no protestan bajo la misma lógica insurrecta con la que puede arriesgarse a hacerlo quien es considerado ciudadano por las leyes del Estado chileno? ¿Cómo negar que hemos testificado la existencia de compañeros que se declaran anarcosindicalistas y que cuando son llamados a la puerta por un inmigrante que busca acompañamiento para dar una pelea ante la patronal, apenas alcanzan a asomarse al umbral para solicitar el envío de un e-mail? ¿Cómo negar que existen compañeros anarquistas que generan y difunden propaganda contra comunidades inmigrantes específicas, haciéndose eco de estereotipos xenófobos sobre esas comunidades despojadas por el capitalismo y el autoritarismo de los Estados?

Ni el negacionismo ni el paternalismo forjan lucha antirracista

Negar la presencia de estas y otras prácticas racistas, es un flaco favor para el anarquismo. Las voces que relativizan y/o invisibilizan las diferencias sociales que nos atraviesan con la intención de “unificar” al movimiento, no hacen más que fortalecer las lógicas segregadoras que buscamos combatir. Y es que no se trata de pensarnos todes negres, todes obreres o todes inmigrantes en búsqueda de la historia del abuelito colono que bajó del barco hace cien años. No, porque ni somos todos migrantes ni somos la misma clase obrera. La materialidad de estas sociedades separadas nos impone distinto entramado de opresiones. Y si pretendemos acabar con cada una de las opresiones existentes, resulta inapropiado invisibilizarlas bajo recursos idealistas y autocomplacientes. Difícil es abolir lo que se invisibiliza. 

De lo que se trata sí, es de hurgar en la raíz propia para encontrar el espejo que alumbrará la construcción de un nosotres enteramente consciente de las diferencias que nos atraviesan, capaz de abrazarse a ellas para forjar fuerza y resistencia anticapitalista. En ese sentido, construir discursos es menos importante que construir comunidades. Observar y escuchar todas las voces-existencias, por sobre el afán de comunicarlas será siempre más valioso para el proceso de construcción del nosotres más plural, pues poco y mal comunica quien poco ha querido observar/escuchar.

Como anarquistas, nuestro esfuerzo debe ser por distanciarnos de las lógicas autoritarias y construir organización horizontal, solidaridad y apoyo mutuo entre pueblos. Para poder lograrlo certeramente, justo y necesario será que nos deslastremos definitivamente de las prácticas que empantanan el horizonte libertario.

domingo, 10 de marzo de 2019

Apuntes Anarcofeministas ante el Movimiento Feminista Actual

Si algo ha logrado el sistema capitalista contemporáneo es convertir nuestras demandas en objetos de consumo. Por eso hoy no puede asombrarnos que existan feminismos al servicio no sólo de los Estados y sus aparatos represivos, sino de las corrientes más reaccionarias del Mercado. Y dentro de todo este panorama se impone una serie de prácticas feministas o declaradas como tal, que resultan incapaces de forjar un análisis estructural profundo de nuestra sociedad y se limitan a activar en función de demandas claramente dictadas desde los grandes medios de difusión y centros de poder. Me refiero más específicamente a temas como el acoso callejero, que abordado desde una perspectiva elitista y paternalista, ha servido para la implementación de políticas institucionales orientadas a la estigmatización del obrero y a una mayor policialización de los espacios públicos. Ni el mass media ni el feminismo pop podrían ir más allá, no podrían poner sobre el tapete temas tan trascendentales como la explotación del cuerpo femenino en el mundo de la reproducción capitalista.

Este 8 de marzo se llevó a cabo un nuevo llamado hacia el denominado Paro Internacional de Mujeres. Este llamado a huelga —a pesar de lo ineficaz en cuanto al objetivo fundamental de paralizar la producción— constituyó un avance en las discusiones del feminismo actual, pues evidencia que somos también pieza fundamental para la acumulación del capital y tenemos plena conciencia de ello. Nuestro deber entonces es sostener y profundizar ese análisis en todos los escenarios organizativos, de modo que nuestras acciones como movimiento de mujeres vayan haciendo un peso trascendental y determinante en la lucha anticapitalista que se desarrolla hoy por la defensa de los derechos sociales más elementales, así como de los territorios urbanos y rurales. Los primeros, sometidos a políticas de control social que imponen la presencia de cada día mayor cantidad de policías uniformados y de civil que atentan contra la seguridad y la vida de trabajadoras ambulantes, inmigrantes y personas racializadas. Los segundos, sometidos al despojo de las industrias extractivistas y agroexportadoras, que imponen condiciones laborales precarias para sus trabajadoras y además hunden a las comunidades en conflictos socioambientales catastróficos.

No obstante, resulta importante visibilizar también que no pocas mujeres organizadas y dispuestas a reflexionar desde el feminismo, plantearon de forma oportuna su posición crítica de la huelga de mujeres como agenda colectiva impuesta desde el feminismo hegemónico. Lo han hecho señalando que las condiciones de precariedad laboral, dependencia económica y opresión que pesan sobre muchas de ellas, imposibilita la consideración de una huelga como estrategia. Son mujeres indígenas, pobladoras, inmigrantes, racializadas, quienes señalan con razón que la huelga pueden realizarla hoy sólo algunas mujeres pertenecientes a estratos medios, al ámbito universitario o de la tecnocracia, donde la huelga —lejos de ser mal vista— puede ser instrumentalizada por esas estructuras de poder.

Como anarcofeministas reconocemos la importancia histórica de la huelga como estrategia de nuestra clase para la conquista de mejoras sociales. Sin embargo también señalamos que sin un trabajo previo de profunda propagación de ideas y consolidación de estructuras organizativas para la defensa de nuestra clase, una convocatoria a huelga hecha desde las cumbres del privilegio neoliberal, no tiene cabida hoy más que en lo meramente performativo. Nuestra experiencia nos dicta que sólo el trabajo político de largo aliento podrá en algún momento favorecer las condiciones no sólo para una verdadera huelga general sino para una transformación radical de todas las estructuras sociales. Por ello, sabemos que cualquier adhesión a este tipo de convocatorias ha tenido apenas un carácter simbólico útil para asentar temas a los cuales el feminismo hegemónico ha venido dando largas. Nos referimos precisamente a temas vinculados con la estructura capitalista que impone la doble explotación para la mayoría de nosotras. El riesgo que corremos, sin embargo, es el del desgaste de los significados, un mal propio de nuestras sociedades contemporáneas. De allí que debamos permanecer alerta ante las políticas de apropiación de nuestras luchas.

Sin lugar a dudas, la comprensión del trabajo doméstico como un trabajo generador de plusvalía para el capital, debe conducirnos a la profundización de la lucha anticapitalista hermanada a una perspectiva auténticamente interseccional. Una perspectiva que pueda hacer frente a la devastación de los territorios y sus consecuentes fenómenos migratorios, al despojo de nuestros derechos sociales y recursos naturales. El movimiento de mujeres debe trascender la denuncia de los síntomas y avanzar hacia la destrucción de las bases del conflicto mayor: nuestra doble explotación. La discusión sobre el trabajo doméstico no pagado y fundado sobre la héteronorma patriarcal, debe ser el eje de nuestras demandas para que ellas no sean presa fácil de la utilización oportunista de los poderosos y sus medios de difusión y sea sí, nuestra posibilidad definitiva de sumar fuerzas con todo el movimiento anticapitalista.

Las anarquistas hemos constatado históricamente cuánto daño genera la apropiación por parte de las estructuras de poder de nuestras estrategias, discursos, símbolos y objetivos. Nos negamos a que fechas como el 8 de marzo, cargadas originalmente de todo el ímpetu libertario de nuestra clase, sea convertida en un día para el desfile de tecnócratas neoliberales y aspirantes a tecnócratas, capaces de actuar como viles policías ante las compañeras que no conciben entre sus estrategias el marchar con una corona de flores en la cabeza y una bolsa de chaya en las manos. Nos negamos a que la huelga revolucionaria sea convertida en el unicornio violeta de las estructuras institucionales. Por ello, este 8 marzo, nuestras voces alcanzaron la marcha de mujeres para decir que siempre hemos estado y que seguiremos estando y siendo las voces más incómodas porque…

NUESTRO FEMINISMO
ES CONTRA TODA EXPLOTACIÓN

viernes, 1 de junio de 2018

Mujeres de Otro Humus: Reflexiones anarcofeministas en torno a la migración


La pérdida del territorio, la defensa de los cuerpos

La consigna del progresismo reza que “todas somos migrantes”. Una falacia más dentro del cúmulo que sostiene las políticas tibias de una izquierda no sólo autoritaria sino corporativizada. No, no todas somos migrantes. Algunas personas han dejado sus lugares de origen para movilizar capitales y conquistar nuevos territorios. Otras lo han hecho para sumar otro tipo de posesiones: títulos académicos, por ejemplo. Las mueve una motivación colonialista. Otras, nosotras, hemos sido despojadas de nuestro terruño por esa motivación ajena y lo único que nos ha quedado ha sido nuestro cuerpo de mujer. Hemos debido entonces movilizarlo hacia otros lugares y poner en venta la fuerza de trabajo que él nos supone. Nosotras somos migrantes.

Lo anterior define no sólo una identidad, sino todo un entramado de relaciones sociales extremadamente complejo. Cuando una se convierte en migrante, la batalla por la defensa del cuerpo parece entonces ocupar el papel fundamental en la vida. Habrá que defender el cuerpo de los puteros masificados que conciben a la mujer migrante como un objeto de consumo, de los patrones que comprenden que tu condición migrante merece siempre un sueldo más bajo y una explotación mayor, de una sociedad racista que estigmatizará tu tono de voz, tu color de piel, la textura de tus cabellos, el tamaño de tus pechos, el ancho de tus caderas, tu cuerpo todo.

El quiebre de los afectos, la red de solidaridades

Mientras libra la batalla en humus ajeno, la mujer que ha migrado también se esfuerza por sostener a la distancia los lazos afectivos que ha dejado atrás. Entonces nos dejamos buena parte del sueldo en llamadas de larga distancia, en remesas familiares que sirvan de sostén al hogar primero. Pero ya bien canta aquel clásico de los años 70, la distancia es como el viento y apaga el fuego pequeño. Y lo cierto es que muy pequeño fuego ha de quedar para relaciones sostenidas únicamente sobre la base material de las remesas. Casi todas acaban en catástrofes familiares: ¿Cuánto vas a enviar este mes?, ¿Por qué no has enviado aún?, ¡Debes enviar cuanto antes!

Es por ello que a toda inmigrante urge construir una nueva red de solidaridades. Muchas logran encontrarla más inmediatamente en las iglesias, hay que admitirlo siquiera con vergüenza. Esa institución anquilosada y plagada de mitos e hipocresías, sigue disputándonos efectivamente la construcción de espacios de apoyo. Las personas que a ella acuden se comparten datos de empleo, de arriendo, se juntan a conversar sobre sus situaciones, construyen las relaciones que muchas veces no está dispuesto a construir el nacional con el migrante, ni siquiera en los más politizados espacios antiautoritarios.

Las iglesias también ofrecen algo fundamental para cualquier migrante sin techo: las casas de acogida transitoria. Por supuesto que son lugares en donde impera la lógica paternalista y asistencialista. Pero de seguro que si eres mujer migrante y el hombre que te arrendaba un cuarto ha intentado abusar de ti y luego te ha echado a la calle, seas creyente o convencida atea, agradecerías infinitamente el abrazo asistencial de una monja.

Otros espacios de confluencia y apoyo entre inmigrantes son los sostenidos sobre la base de iniciativas culturales. Los grupos de danzas folklóricas logran constituirse como un espacio de comunión entre personas casi siempre de un mismo gentilicio. El esfuerzo por aferrarse a las raíces, que bien puede estar acompañado de otras insanas dosis de patriotismos, los integra en la voluntad por mostrar las propias tradiciones y defenderlas de la distancia y el olvido para legarlas a los hijos nacidos fuera del terruño. En ese esfuerzo confluyen diálogos de resistencia.

Otras efectivas redes de apoyo mutuo han comenzado a surgir entre mujeres inmigrantes. Se trata de espacios separados en donde se pretende integrar una perspectiva feminista a la vez que procurar la formación y el activismo de las integrantes. Si bien estas organizaciones no cuentan hoy con la fortaleza política suficiente para autogestionar espacios físicos que puedan ser de utilidad a toda la comunidad migrante, es probable que su desarrollo al margen de la institucionalidad sí pueda garantizarlo a futuro. Las amenazas a este desarrollo son exactamente las mismas que pesan sobre todo el movimiento popular: que a través de la corporativización, puedan quebrarse voluntades críticas y transformadoras.

Resulta entonces indispensable que el movimiento anarquista, si pretende sostener para con la comunidad migrante sus principios de solidaridad y apoyo mutuo, se libre a sí mismo de la parálisis impuesta por el neoliberalismo, así como de los vicios antisociales que lo colocan al margen de nosotras, sintiéndose a veces una élite de razón casta y pura, en ocasiones liberada del trabajo asalariado (que jamás del sistema salarial), otras veces sumida en el consumo contracultural, pretendidamente en la cúspide de una idea que al resto de las trabajadoras nos exige esfuerzos supremos para forjar organización y lucha, a la vez que sostener dos hogares. Y es que no serán los espacios antiautoritarios un lugar en el que las mujeres migrantes encontremos redes de solidaridades, si no impera en ellos una perspectiva interseccional que permita la comprensión de nuestras distintas realidades y que las asuma como parte de sí para poder constituirse en fuerza de resistencia anticapitalista.

Los cuidados en crisis, la buena inmigrante

El hogar que una mujer deja atrás para migrar, debe reconstruirse a sí mismo. Los roles de cuidado que esa mujer asumía serán realizados ahora por otra mujer de la familia, pues pocas veces un varón habrá de romper el mandato patriarcal para cuidar a los abuelos, criar a las niñas, dedicar una jornada adicional a las tareas del hogar. En esa reacomodación de la economía del hogar también se fracturan relaciones afectivas, es lo normal. La sensación de abandono que invade a quienes exigían esos cuidados, no se eliminará a fin de mes con el cobro de la remesa. En aquel hogar, es probable que la mujer migrante se constituya para siempre en una “mala madre”.

Pero la mujer que ha migrado no dejará entonces de ejecutar los roles de cuidado que la sociedad le ha encomendado por el sencillo hecho de haberla definido como mujer. Corresponde a la mujer migrante cuidar a los abuelos que otro Estado arrojó a la miseria, criar a las niñas que el sistema salarial separó de sus mamás, preparar las comidas y sacudir las camas de los jóvenes estudiantes y/o liberados del trabajo asalariado, entre otras tareas de producción y reproducción. Son esas las “buenas inmigrantes” que celebran progres y no tan progres. Las que cocinan rico, las que sonríen a pesar del cansancio, las que sirven la mesa, destapan la cerveza, las que sirven.

Ante este panorama, el feminismo autónomo ha logrado sentar la discusión en torno al trabajo doméstico. Y es probable que esa discusión abra paso para que en un futuro estos roles tan importantes para la sociedad pero tan desacreditados por el sistema capitalista patriarcal, puedan ser redefinidos y asumidos colectivamente. Sólo entonces dejarán de ser el yugo de las mujeres.

Las políticas de género, la organización feminista

Por su parte, los Estados nacionales pretenden ponerse a tono configurando lineamientos con lo que denominan “perspectiva de género”. Se ofertan mil y un cursos para que los funcionarios adquieran esta cuasi mágica fórmula con la cual aspiran no sólo nutrir sus hojas de vida e ingresos salariales, sino la capacidad para intervenir en el desarrollo de políticas públicas que se muestren como progresistas en materia de derechos para las mujeres. Así, hemos sido testigos de cómo esos mismos policías capaces de perseguir, golpear y despojar a las mujeres mapuches e inmigrantes de su mercancía para la venta callejera, luego acuden con uniforme planchado a los cursos de capacitación de un tal Observatorio Contra el Acoso Callejero. Es atendiendo a esta política del “cumplo y miento” que surgen leyes como la del aborto en tres causales, tan débil en su concepción, que mutó adefesio con el cambio de mando presidencial, una burla a las aspiraciones del movimiento de mujeres, pero una lección enorme para todas las que pudieron creer que las leyes pueden forjar derechos y que podemos ahorrarnos el trabajo de tomarlos por cuenta propia.

Son estas mismas “políticas de género” las que penalizan el acoso callejero con leyes y ordenanzas municipales, dirigiendo su especial atención contra los obreros de la construcción, estigmatizándolos como responsables de las agresiones machistas contra las mujeres transeúntes e invisibilizando el acoso sexual que se despliega dentro de las oficinas de Recoleta y Las Condes, donde más de un jefe, gerente, director, ha hecho y sigue haciendo de las suyas humillando y sometiendo los cuerpos de las mujeres trabajadoras.

Sin duda alguna, esas “políticas de género” no responden a las demandas más urgentes del movimiento feminista, mucho menos de las mujeres migrantes. Responden a los intereses de la misma clase política empeñada en ofrecer máscaras y migajas para sostener el estado de cosas. Nos corresponde a nosotras, migrantes, feministas, mujeres anarquistas, no sólo develar esa verdad sino trabajar incansablemente por consolidar una organización autónoma lo suficientemente sólida como para hacer frente a las campañas estatales que caricaturizan nuestras demandas y a su vez accionar sin dobleces ante las amenazas que pesan sobre nuestra existencia. Por sobre el acoso callejero, expresión apenas de lo que venimos denunciando, nos interesa combatir la violencia machista. Y para combatir esa violencia no bastará con ordenanzas ni cartelitos en la entrada de las construcciones, para ello deberemos avanzar en transformar radicalmente la sociedad, abrazar sin descanso los principios de una sociedad si jerarquías que procure la más plena y auténtica igualdad social. Resulta entonces indispensable para el movimiento feminista en general, deslastrarse de todo vicio burgués y dejar de atender a la línea política que dictan los gobiernos y las ONG empeñados en exprimir a las más precarizadas. De no hacerlo, sin dudas se constituirá en un obstáculo más para las mujeres migrantes, trabajadoras, que no anhelamos cuotas de participación en la sociedad capitalista patriarcal, sino que su destrucción total y definitiva.

Migrar alimenta al capital, sembremos resistencia

Las migrantes somos consecuencia de los reacomodos capitalistas. Nos vimos obligadas a salir de un territorio que ya no podía garantizarnos subsistencia y nos hicimos mano de obra aún más barata en otro espacio de la geografía. Las implicaciones económicas de esa realidad son complejas tanto para nosotras como para las trabajadoras que ya habitaban el territorio que nos recibe. Cotizamos a las AFP lo mismo que cualquier trabajadora, aunque es probable que muchas de nosotras no obtengamos jamás una pensión y ese dinero sólo haya servido para nutrir las mesas de los grandes capitalistas.  Al mismo tiempo muchas de nosotras sostenemos la economía doméstica de la abuela de la pobla que nos arrienda una habitación porque no le alcanza sólo con su pensión. Y es más que probable que también ella reciba nuestros cuidados, la amorosa expresión del trabajo no pagado.

No escogimos libremente esta situación y muchas de nosotras nos encontramos hoy aisladas y sumidas en una cruel dinámica de sobreexplotación para poder subsistir y a la vez servir de sostén a nuestras familias en otras regiones. Somos muy pocas las que logramos escapar de esa norma y sumarnos activamente en la organización y transformación social. Ya hemos sido despojadas una vez y debemos crecernos en resistencia para defender con mayor fuerza este territorio que empezamos a construir en nuevo humus. Nuestras opciones de resistencia como colectivo inmigrante dependen de esa fortaleza y en alguna medida de cuán convocadas y acogidas seamos por la clase trabajadora organizada de la región. Al margen de nacionalismos, las trabajadoras debemos confluir en organización horizontal para la lucha contra la patronal, el Estado, el capitalismo y la cultura patriarcal de las instituciones que forjan machismo en nuestras sociedades. Sólo así podremos sentirnos seguras de avanzar certeramente hacia un destino auténticamente liberador. De la voluntad para construir ese destino, no podrán despojarnos nunca.

viernes, 20 de abril de 2018

Mujeres Migrantes: Organizadas en Feminismo Autónomo e Interseccional



Los procesos de desterritorialización se agudizan cuando el capitalismo desespera por generar nuevas formas de acumulación. Las tensiones políticas dentro y fuera de los límites de los Estados-naciones pueden ser un termómetro de ese proceso, pero la consecuencia más dramática se materializa en el desplazamiento de las comunidades hacia otras geografías en donde estas puedan garantizar su existencia. Este desplazamiento implica, para quienes asumimos la identidad migrante, una serie de condicionamientos jurídicos y sociales que resultan altamente opresivos.  Pero la sobreexplotación que los Estados imponen sobre los cuerpos migrantes cobra especial crueldad cuando se trata de cuerpos constituidos políticamente como femeninos.

Las mujeres que migramos para hallar territorios que nos permitan la subsistencia, lo hacemos muchas veces dejando hogares que tendrán que reformular sus relaciones. Los niños y ancianos que exigían nuestros cuidados tendrán que recibirlos ya de alguna otra mujer (hermana, prima) o quedarán a la deriva, pues ese rol muy pocas veces será asumido por un varón de la familia. Este proceso de reacomodación es lo que en economía feminista se ha denominado como crisis de los cuidados. Nosotras, por nuestra parte, deberemos hacer frente a nuevos conflictos. Los rasgos que antes no representaban mayor disputa en nuestros lugares de origen, ahora serán evidencia de una incómoda diferencia: nuestro tono de voz, nuestro color de piel, la textura de nuestros cabellos, nuestros rasgos faciales, volumen corporal, forma de vestir, gentilicio, etc.

Adicionalmente, el sistema cultural patriarcal, imperante en nuestras sociedades actuales, supone otras cadenas a nuestros cuerpos. Una mujer migrante es objeto de consumo para el capital y también para el macho masificado. El cuerpo de una mujer migrante se considera mercancía también para los puteros construidos por el sistema económico imperante. Por ello, las primeras ofertas de “trabajo” que se nos colocarán en frente serán las de puta, sea atendiendo una barra en minifaldas, bailando y desvistiéndonos en locales nocturnos o poniendo las piernas para que algún varón disfrute su “café”. Se acercarán varones ofreciendo un techo, alimentos, estabilidad, seguridad, protección, a cambio de nuestro cuerpo siempre disponible para su goce. Otros no elevarán ese paternalismo nefasto sino que se mostrarán meros depredadores, intentando servirse de nuestros cuerpos porque se sienten con el pleno derecho a hacerlo, porque cómo se nos ocurrió abandonar nuestra zona de seguridad, será que algo andamos buscando y la que busca, encuentra, ¿no?

Para las migrantes negras la explotación se multiplica más aún. Además de que sus cuerpos son empleados para la generación de plusvalía, además de que son hipersexualizados por el patriarcado imperante, además de ello, son más fácilmente desdeñados porque son cuerpos negros. El racismo estructural se materializa cotidianamente en la vida de una mujer negra migrante, desde que sube al transporte público para ir al lugar en el que le roban la vida, hasta que vuelve a su hogar empobrecido y marginal en el que la espera un hombre que canalizará en ella toda la violencia que también sobre él deposita el sistema.

Hoy muchas mujeres venezolanas hemos sido desplazadas por un reacomodo capitalista materializado en un conflicto político, económico y social que nos empujó a migrar. Muchas de nosotras llegamos a Chile sin apoyo alguno y a veces con la carga de los hijos, confiando en que el camino nos procuraría una nueva red de solidaridades, posibilidades de subsistencia y mejoras a nuestra calidad de vida, golpeada brutalmente por la lógica de la política patriarcal militarista. Atrás dejamos un país sumido en la más profunda crisis que haya conocido su historia y dejamos también nuestra entrañable geografía y nuestros más auténticos afectos. Desterritorializadas y solas, en una ciudad que nos ha recibido con el mote de “venesueltas” y que mira en nuestros cuerpos un objeto de disfrute y asume como “ligera y fácil” el menor gesto de nuestra cortesía, observamos impávidas cómo los medios de comunicación chilenos alientan ese prejuicio cosificador en una sociedad evidentemente racista. Las más vulnerables entre nosotras debemos lidiar con las consecuencias materiales de esa política.

El día 4 de noviembre de 2017, una joven mujer venezolana fue asesinada por su pareja en un departamento arrendado en la ciudad de Santiago. En una urbe plagada de edificios de paredes tan frágiles que se escucha hasta la respiración de tu vecina, ningún vecino fue capaz de alertar sobre el conflicto que se desarrollaba en el departamento en el que un femicida asentó sus puñaladas sobre el cuerpo de Susjes Mesías. Transcurrió apenas una semana cuando nos alcanzó la noticia de la violación de otra joven trabajadora venezolana que debió recibir en su cuerpo la violencia materializada de una estructura social podrida que mira en las mujeres migrantes, objetos de consumo y desecho. Esta mujer fue violada, quemada con aceite caliente y encerrada por un hombre que la hostigaba en su lugar de trabajo. Son realidades que nos alcanzan y con las que debemos lidiar cuando los Estados nos colocan en situación de mayor vulnerabilidad.

La violencia machista y racista de la sociedad chilena cobró su mayor expresión en agosto de 2017 con el asesinato por parte del Estado de Joane Florvil, quien fue apresada y separada de su bebé acusada de abandono en un contexto en el que ella era víctima de un robo y su no dominio del idioma español fue la excusa perfecta para que las fuerzas represivas hicieran de ella una cifra más en las estadísticas de migrantes muertas en Chile. Este vergonzoso episodio pocas o ningunas palabras mereció de un movimiento feminista corporativizado, capaz de colmar La Alameda cuando un músico famoso golpea a una muchacha de la clase media acomodada, pero incapaz de pronunciarse contra los asesinatos de nosotras, las mujeres pobres, migrantes, negras. La sonrisa de Joane podrá ser pintada en mil paredes para alivianar las culpas de esta sociedad racista, pero la rabia de las mujeres migrantes que aún lidiamos con esta realidad, esa no podrán maquillarla.

Hemos debido renunciar a un territorio devastado por la violencia y nos negamos a continuar padeciéndola en la sociedad chilena. Es por eso que la invitación que mejor podemos formular es a fortalecer las organizaciones de mujeres abrazadas a un feminismo interseccional y autónomo, consolidar redes de apoyo mutuo que nos permitan a las migrantes una existencia digna en estos territorios que también deberemos defender en el marco del contexto capitalista actual y que además nos permitan ponernos a salvo de la violencia machista y racista que hoy nos amenaza.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Mujer haitiana es asesinada por el Estado chileno




Joane Florvil era una joven mujer haitiana de 28 años residenciada en Santiago. De acuerdo a versiones compartidas por la comunidad haitiana en Chile, el día 30 de agosto ella acudió con su bebé de dos meses y conducida por un hombre chileno aún no identificado, a las Oficinas de Protección de Derechos de la Infancia, en la comuna de Lo Prado, para solicitar una cooperación ante su difícil situación de desempleo. Estando ya en el antejardín de las oficinas, el hombre que la había conducido hasta allí se retira portando el bolso de la mujer, bolso que contenía todos los documentos que para cualquier persona en condición migrante constituyen “su vida”. Joane dejó a su bebé dentro del cochecito, apostado frente a estas oficinas, y salió detrás del hombre para tratar de recuperar sus documentos. No obstante, sucedió que las personas de esas oficinas, al ver al bebé, no pensaron sino que era víctima de abandono por parte de su madre y llamaron a Carabineros para denunciar a esta mujer. Joane no habló jamás castellano y quienes la acusaron de abandono no se ocuparon en buscar a alguien que pudiera fungir de intérprete para escuchar primero la versión de esta mujer, que apareció ante las cámaras esposada, bañada en lágrimas, abrazada por una angustia infernal.

Joane fue secuestrada por el Estado y separada de su bebé, que a su vez fue recluido en dependencias del Sename, institución tristemente célebre por su trato abusivo contra la infancia. Según la versión policial, dentro de la celda en que recluyeron a Joane, la angustia ocupó tanto espacio que ella comenzó a dar de cabezazos a las paredes. Con tal fuerza, que se produjo lesiones graves. Fue trasladada a la Posta Central donde falleció el día de hoy, 30 de septiembre.

Wilfrid, el marido de Joane y padre del bebé que continúa secuestrado, hoy exige verdadera justicia. El racismo que se impuso entre quienes acusaron a Joane de abandonar a su bebé y el de las instituciones del Estado chileno, fue el causante de la muerte de esta joven mujer migrante y el causante además de que un bebé hoy no cuente con el amor y sostén de sus padres, sino que haya sido recluido en un lugar lúgubre como el responsable de la muerte de tantos niños pobres de la sociedad chilena. Criminalizaron y asesinaron a una mujer por ser negra, migrante, pobre y haitiana. ¿Puede haber expresión mayor del racismo institucional chileno?

La agresividad que cada día evidencia la sociedad chilena contra los migrantes negros es enorme. No gusta a los dueños del Mall Vivo Los Trapenses que los negros que construyen sus edificios, limpian sus pisos y cargan la basura de sus ferias de comida chatarra, conversen a plena luz del sol en los jardines del lugar sólo destinado al goce y consumo de las clases pudientes de Chile. Y hasta el pequeño burgués de la verdulería prefiere al negro cargando y descargando que atendiendo al público y en contacto con las monedas de su caja.

Lamentamos el asesinato de Joane. Lamentamos que nuestros hermanos haitianos hoy tengan que lidiar con las cadenas que impone el capitalismo a estas tierras indoamericanas.

El llamado es a fortalecer la organización de la comunidad inmigrante sin distingo de gentilicios. La comunidad haitiana debe fortalecerse en apoyo mutuo con la comunidad inmigrante en general y todos debemos asumir el compromiso por servir de apoyo a quienes se ven obligados a migrar como consecuencia de la desterritorialización que nos imponen los Estados y el capitalismo.

APOYO MUTUO Y SOLIDARIDAD ENTRE LOS PUEBLOS
POR UN MUNDO SIN FRONTERAS

lunes, 20 de junio de 2016

Carlos Taibo, de paso por Santiago


La casa Volnitza abrió sus puertas al encuentro con uno de los pensadores anarquistas contemporáneos más lúcidos en materia de ecología social y prácticas libertarias. El día viernes 17 de junio, nos reunimos atendiendo a una inesperada convocatoria: el profesor Carlos Taibo se encontraba de paso por la región chilena y estaba dispuesto a compartirnos su palabra.

Unas ciento cincuenta personas nos reunimos en el reducido espacio de la casa para atender a la exposición del orador y autor de una prolífica obra historiográfica y de análisis político. Y si la intervención del compañero Taibo fue esclarecedora, las intervenciones que se sucedieron en la ronda de preguntas fueron aún más demostrativas de que en esta región que habitamos, no sólo hay una sed de reunión y de encuentro sino de asumir los aportes ideológicos para adaptarlos a una lucha con identidad e historia propia. En este sentido, la mayoría de las y los jóvenes asistentes hicieron énfasis en la comprensión de un contexto de desarrollismo extractivista que impone el priorizar la lucha en defensa de los territorios. Esto supone, sin dudas, un considerar las prácticas y formas organizativas autonómicas de nuestras comunidades originarias.

Compañeros de distintas iniciativas libertarias se hicieron presente en este encuentro con la palabra. Así, cabe mencionar a los compañeros de la Editorial Eleuterio, La Conquista del Pan, el Sindicato de Oficios Varios de Santiago y otras organizaciones cercanas al sindicalismo revolucionario. Entre todos construimos un ambiente distendido y de grata retroalimentación, el más propicio para atender a nuestras diversas perspectivas. Por esa noche, la capital del cielo nublado de gases que no ha podido con los pulmones de tantos jóvenes sedientos de libertad, se rindió ante el ceremonioso silencio de una muchachada que atiende a los encuentros formativos que reconoce verdaderamente emancipatorios. Así, un evento que entre las blancas paredes de un cláustro pudiese ser considerado protocolarmente académico, en los espacios de la casa Volnitza se puede tornar en práxis de educación libertaria, una educación que es capaz de reunir a estudiantes y trabajadoras en formas organizativas que plantean un horizonte sin jerarquías.

Es por ello que apelamos a la multiplicación de estas iniciativas. La educación es un proceso de socialización. Y esa socialización debemos procurárnosla con criterios propios, prestando atención a nuestro contexto y ejerciendo la crítica transformadora. Si los centros que se pretenden educativos (y ejercen mero adoctrinamiento), privados y/o estatales, cierran sus puertas a nuestra formación integral, forjemos nuestra humanidad más digna al margen de toda estructura opresiva, en el seno de iniciativas libertarias que logren federarse y apuntalar una profunda y verdadera transformación social. Construyamos anarcosindicalismo en cada centro de trabajo, forjemos idea transformadora en cada toma, avancemos hacia la libertad, que es la libertad de todos y todas.

Lo que sigue es una grabación de aquel encuentro que produjo a Taibo una grata impresión. Ojalá se repita. Y ojalá en esa repetición, la voz de nuestras compañeras se sobreponga a los esfuerzos invisibilizadores del ego macho para explicar por qué, en estas regiones, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar.

Nos lo debemos, compañeras.

Salud y Anarquía


martes, 7 de junio de 2016

Las yanaconas verde olivo


Una mujer transita, agobiada por los trámites de la cotidianidad, por calles que exhudan hedor a gases, que vibran al ritmo de una ardorosa lucha protagonizada por el movimiento estudiantil de la región chilena. Ella transita sin saber que su vientre también forja rebeldías silenciosas. Sin embargo es capaz de mirar de frente el grito de quienes pugnan por sostener su digna existencia, y atendiendo a su sentido de la justicia, acude en defensa de los niños agredidos por la policía. Es entonces cuando otra mujer, una que no está allí para forjar nada sino para reducirlo todo, una que jamás supo de dignidades ni de rebeldías... esa, una que se hizo policía, se planta ante la mujer con sed de justicia y a patadas fractura la vida que crecía en el vientre de María Paz, la mujer que transitaba por las calles de la injusticia.

Tiare Vergara es el nombre de la funcionaria de Carabineros de Chile que causó un aborto a María Paz Cajas. Tiare Vergara es el vivo ejemplo de lo que ningún ser humano con mínimo sentido de la justicia y respeto por la dignidad humana querría ser, una mujer policía, un perro guardían de la clase dominante, una bestia cebada con la sangre de los pobres. Es bueno mirar de frente a estos seres, saber sus nombres y ver cómo se empequeñecen ante nuestros ojos, condenarles con nuestro más absoluto desprecio, que es el desprecio de quienes nos resistimos a la corrupción que supone el ejercicio del poder político.

No pasó una semana de este penoso evento hasta que tuvimos noticias de que un contingente de Carabineros de Chile intentó desalojar de forma violenta una toma en colegios de Ñuñoa, hiriendo a dos niñas con balines de goma con centros de metal. La rápida intervención del director de uno de los colegios en toma, evitó que las bestias verde olivo se ensañaran contra los cuerpos de las niñas.

Pero la euforia de los represores no conoce frenos. El día sábado 4 de junio, Carabineros de Chile asistió al desalojo de la toma del liceo de niñas de Concepción y allí se ensañó contra una joven que recién cumplía la mayoría de edad. Constanza Vargas fue golpeada, vejada, insultada y torturada por funcionarias de Carabineros de Chile. Las motivaciones lesbofóbicas que prevalecieron en el trato que las carabineras dieron a Constanza, no sólo evidencian la profunda misoginia que abraza a estas funcionarias, sino que develan el funcionamiento de toda una estructura patriarcal capitalista que no habrá de ofrecer tregua jamás a quienes se le resistan. Tan es así, que hoy Constanza Vargas está siendo formalizada por 'maltrato a Carabineros'. Sí, en el mundo del revés, los pájaros le disparan a las escopetas y una niña reducida por la fuerza policial, 'maltrata' a todo un contingente de torturadoras verde olivo. El manotazo que en medio de la resistencia a la opresión de su brazo, dejara caer Constanza contra el cuerpo de la funcionaria Tatiana Melo, valdría que la injusticia chilena viera en la víctima a una cruel agresora.

“Me decían ‘hácete la chora ahora’ […] Yo tenía un aro en la nariz que primero intentaron sacármelo con un corta uñas. Al no lograrlo probaron con un alicate tirándome el aro, de manera que me sangró la nariz y mientras me recogía en el suelo, se burlaban y se reían. Me tuvieron en eso alrededor de 20 a 25 minutos, además se acercaban a mí con amenazas de que me iban a pegar si yo me hacía la chorita, y si decía algo más, me sacarían la cresta entre las cuatro. Cerca del lugar había una capitana que solo estaba viendo la situación y no hizo nada, a pesar de que me vio llorando del dolor”.

Y nada haría la mujer que aspiró conquistar la igualdad mediante el derecho a matar. ¿Qué podría hacer una capitana sino avalar con su silencio y gestión, el ejercicio torturador de las bestias que habitan el corral que le dieron a administrar? La moral de capitana, esa que no tuvo María Cajas, es la que debemos expulsar de nuestra sociedad. Por ello, las mujeres con conciencia feminista nos concentraremos este miércoles 4 de junio a las 18 hrs en Paseo Ahumada para elevar nuestro grito antipatriarcal y anticapitalista contra una institución inherentemente machista como lo es Carabineros de Chile. Que escuchen todas las funcionarias y funcionarios que en esa institución reptan:

¡NINGUNA AGRESIÓN SIN RESPUESTA!

sábado, 21 de mayo de 2016

Yo también soy inmigrante y evado el Transantiago




El día que me siente junto a una señora racista que venga a descargar sobre mi cuerpo de trabajadora inmigrante la culpa ficticia de que una empresa del neoliberalismo no esté recibiendo las suficientes ganancias, ese día juro le recitaré a gritos mis razones:

Evado el Transantiago como evadiría el Metro de Caracas, el Transmilenio Bogotá o el Subte en Buenos Aires. Y lo haría con plena conciencia de que ante cualquiera de esas empresas, es la misma clase capitalista la que nos esquilma por sin distinto nacional.

Evado el Transantiago porque lo que me pagan por trabajar de lunes a sábado y dos domingos al mes es un salario mínimo, del cual se me descuentan cotizaciones a una AFP que habrá de dejarnos en la miseria a usted y a mí.

Evado el Transantiago porque si lo pagara, tendría que destinarle a Metro Sociedad Anónima el equivalente aproximado a un 20% de mi salario de trabajador inmigrante. Y yo pendeja no soy, ¿usted sí?

Evado el Transantiago porque si no lo hiciera, no alcanzaría a pagar el costo del arriendo del cuarto en el que duermo unas pocas horas antes de ir a trabajar cada día.

Evado el Transantiago porque con esos setecientos pesos le compro una marraqueta al trabajador que vende en la esquina y me voy desayunada a la pega.

Evado el Transantiago porque me niego a ser esclava enajenada de la clase capitalista que se enriquece cobrándonos por trasladarnos a los lugares en donde nos roba la vida.

Evado el Transantiago y lo seguiré haciendo, tal como lo hace el resto de la clase trabajadora en Chile que tiene plena conciencia de que los ladrones no somos los inmigrantes sino la clase dominante.

Evado el Transantiago porque defiendo mi salario.
Y eso, lo aprendí en Santiago.

viernes, 26 de junio de 2015

Yo canto a la diferencia



Este mi relato es una ofrenda a la conciencia
de mis compañeras de viaje en bus,
de mi compañero de viaje
y de quienes me han despedido
en las terminales


Antes del punto y la raya, moverse era lo común. Migrar no era ni un acto para presumir valentía ni una razón para la cursilería. Sólo tras la constitución de los estados-naciones, las fronteras, los pasaportes y visados se hicieron la norma. Quedamos así supeditados a los límites impuestos por las burguesías que se suceden en el poder y atendemos a ellos en nombre del escudo, la bandera, el himno o cualquier iconografía nacionalista promovida desde la escuela. Cantamos y lloramos una ficción nacional. Fuimos hijos de la tierra. Somos hijos del papel sellado.

Decidí partir. Por muchas razones partimos.
'Partimos para ver el otro lado de la aurora', canta el poeta árabe.

No planifiqué convertirme en migrante. Y sin embargo los eventos se sucedieron de modo que me vi con mi mochila y una almohada en la terminal de Rutas de América, en Caracas. A mi alrededor, hombres y mujeres, trabajadores todos, alistaban los últimos detalles para su embarque, besaban a quienes dejaban en la vorágine caraqueña y lloraban una partida tal vez definitiva a sus lugares de origen. La Venezuela de Chávez, que en un principio acogió tan bien a todo 'hermano latinoamericano' ya no anda tan bondadosa (ni con el propio ni) con el foráneo, ni siquiera con el que gusta del 'turismo revolucionario'. Por eso el hombre que va sentado a mi derecha se regresa a su Perú natal tras 20 años de trabajo en Venezuela. Siente que ya no puede estirar su salario de obrero para mantenerse y dar apoyo a la mujer y los hijos que deja. “Yo los mando a buscar en lo que me instale”, se promete en voz leve.

A mi izquierda viaja un hombre venezolano que irá a Quito -de paso- por razones que no alcanza a explicarme con certeza. Es un hombre de unos cincuenta y cinco años y me explica desde “el mérito de mi formación como ingeniero”, todo el descalabro de la industria eléctrica nacional. “La culpa es del chavismo -sentencia- que no atiende al principio de la meritocracia”. Mi ignorancia en lo que a la historia de la industria eléctrica se refiere es mucho mayor que yo, pero no desconozco los muchos casos de corrupción protagonizados y avalados por el chavismo que dieron al traste con diversas empresas e iniciativas colectivas. Pienso que el viaje promete ser largo y no quisiera lidiar con los efectos de un conflictivo debate sobre la meritocracia y su carácter principal a toda desigualdad social. Así que opto por escuchar sus razones y contener las líneas de expresión en mi rostro. El chavismo nos robó la razón a todos, en un momento u otro, en mayor o menor grado. ¿Quién puede afirmar que salió ileso del chavismo?

La guardia nacional bolivariana hizo bajar del bus a una mujer joven con documentos colombianos. Su 'falta' era no portar la tarjeta de vacunación, eso le argumentaron. Sin embargo, cuando la mujer volvió al bus y los pasajeros indagaron la causa del retraso que a todos nos afectaba, ella contestó: “Nada, que soy colombiana. Me habrán visto cara de guerrillera”. Esa misma muchacha nos contó que su infancia fue testigo de los horrores del desplazamiento. Tanto el ejército como la guerrilla llegaban a los pueblos sirviéndose de lo que estos producían, desde las legumbres hasta los hijos. Venezuela también expulsa a 'la hermana Colombia' entre eufóricos alaridos de xenofobia institucionalizada. ¿El Orinoco y el Magdalena se abrazarán entre canciones de selvas?

El señor Manuel pertenece a la flota Rutas de América. Por lo bajo, achicando el tono segundos antes festivo, este hombre nos cuenta-confiesa que sólo una vez en muchos años de viaje, la guerrilla colombiana detuvo un bus en tránsito por el 'atajo' que tomaba la empresa. “Nos bajaron a todos, nos dieron una charla y, rifle en mano, nos pidieron una colaboración voluntaria.” Quien ha sido tocado por las 'sutilezas' del autoritarismo, suele contarlo siempre en voz muy baja. Pero un día la palabra romperá nubes.

Antes de cruzar la frontera Colombia-Ecuador, sentí descender la sangre de mi útero. Fui al baño del puesto migratorio colombiano, pero la mujer que vendía papel higiénico frente al lugar me impidió la entrada. “No tengo dinero, pero necesito el baño con urgencia”, le dije sinceramente. Ella se atravesó en la puerta y me dijo: “Acá las cosas no son así. Si no paga, no entra”. “¿Y es que no es este un baño público?”, le repuse. “Es público, pero no gratuito”. Me sangró hasta la conciencia de clase. Llegué a Ecuador partida por la mitad.

“Últimamente vienen muchos compatriotas suyos. Por ese tema de las divisas”, me dice sonriente el dueño del hostel quiteño en el que decidí pasar la noche. Supongo que querrá saber si vengo por las mismas razones. Supongo que querrá ofrecerme algún lugar idóneo para 'raspar cupo'. Sólo entonces y como reacción defensiva de lo que tontamente considero íntegro, verbalizo mi verdad sin dolor alguno: Yo estoy emigrando.

El taxista que me llevó hasta la terminal de Quitumbe me habló del sueño integrador de Bolívar y dijo que le dolía mucho la situación de Venezuela, que era el momento justo para demostrar 'solidaridad latinoamericana'. “Los venezolanos acá son bienvenidos” dijo y dibujó para mí los más gratos panoramas que su imaginación pudiera brindar, “por si usted, mija, quisiera instalarse acá”. Si todos los discursos usaron la vocación solidaria de los pueblos para elevar al mismo tiempo promesas y traiciones, ¿cuántas otras vueltas dará la noria? ¿No será acaso el momento justo para comenzar a descreer para crear? ¿La solidaridad de los pueblos puede estar en consonancia con los intereses de las burguesías que nos gobiernan? Que ningún discurso 'latinoamericanista' nos estafe de vuelta. La integración que quieren los de arriba se llama IIRSA y a nosotros nos basta con sabernos hijos de un mismo despojo. Yo abracé la inocencia de Vinicio, el taxista quiteño, pero supe que ella no nos salvaría.

En el bus que parte de Lima hay una clara mayoría de migrantes colombianos. Entre ellos destaca una pareja de recién casados. Tienen la piel tan negra y brillante como el azabache y se les nota en constante nerviosismo. Una amiga de ellos se acerca a mí para conversar y no puede evitar hacer referencia a los jóvenes: “Tienen miedo de que no los dejen pasar. ¿Te has fijado cómo los miran?” Y sí, aquel par lograba arrastrar consigo las miradas de quienes poca negrura han visto en sus playas. La amiga colombiana, trabajadora de una empresa de diseño gráfico, me habló con dolor del racismo vivido en la región chilena: “Creen que una emigra porque se está muriendo de hambre y quieren tratarnos como a putas.” Entonces sentí que había cuota de exageración en aquella dolorosa exclamación. Luego me asomé a un 'Café con piernas', escuché hablar de 'las culombianas que colman las noches de Santiago', miré las crónicas del fútbol Venezuela Vs Colombia en la televisión pública chilena (Se trataba de medir qué cuerpos se ajustaban mejor al estereotipo aceptado, si el de las mujeres venezolanas o el de las colombianas) y constaté la asquerosa estereotipación de la mujer caribeña en el sur. Un racismo que sumado al sexismo, multiplica el hedor.

La mujer alta y delgada que trabaja de camarera regresa a Chile con los dos hijos que ocho meses atrás había dejado a cargo de la abuela en Colombia. Ahora que ha logrado estabilizarse, vuelve a ser la cuidadora de los suyos. En la mirada que deja reposar sobre sus niños hay algo de asombro conjugado con mucha ternura. A su niña le está cambiando el cuerpo y ya la escualidez empieza a cobrar redondeces. Y a su niño le cuesta serenar la angustia de un viaje tan largo. Además los agobia el mareo y el dolor de panza. Les ofrezco una manzana y la sonrisa es breve, de justa cortesía, como las palabras reverenciales de aquella tonada vecina.

Mientras pasábamos la costa peruana, una de mis compañeras de viaje verbalizó mi justo pensamiento: “¡Qué mar tan feo!” Juzgábamos así, con nuestros ojos caribe, las aguas que nos dieron a probar el más delicioso ceviche. Nadie es inmune al terruño. Ahora descendíamos del bus y quizá de tácito y común acuerdo ninguna se animaba a mirar el cielo para evitarnos el juicio. Sería el cielo de Santiago nuestro nuevo cobijo, con sus grises y sus chisgarabíses. Tendríamos, como la Violeta, que elevar un canto a la diferencia.