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lunes, 20 de junio de 2016

Carlos Taibo, de paso por Santiago


La casa Volnitza abrió sus puertas al encuentro con uno de los pensadores anarquistas contemporáneos más lúcidos en materia de ecología social y prácticas libertarias. El día viernes 17 de junio, nos reunimos atendiendo a una inesperada convocatoria: el profesor Carlos Taibo se encontraba de paso por la región chilena y estaba dispuesto a compartirnos su palabra.

Unas ciento cincuenta personas nos reunimos en el reducido espacio de la casa para atender a la exposición del orador y autor de una prolífica obra historiográfica y de análisis político. Y si la intervención del compañero Taibo fue esclarecedora, las intervenciones que se sucedieron en la ronda de preguntas fueron aún más demostrativas de que en esta región que habitamos, no sólo hay una sed de reunión y de encuentro sino de asumir los aportes ideológicos para adaptarlos a una lucha con identidad e historia propia. En este sentido, la mayoría de las y los jóvenes asistentes hicieron énfasis en la comprensión de un contexto de desarrollismo extractivista que impone el priorizar la lucha en defensa de los territorios. Esto supone, sin dudas, un considerar las prácticas y formas organizativas autonómicas de nuestras comunidades originarias.

Compañeros de distintas iniciativas libertarias se hicieron presente en este encuentro con la palabra. Así, cabe mencionar a los compañeros de la Editorial Eleuterio, La Conquista del Pan, el Sindicato de Oficios Varios de Santiago y otras organizaciones cercanas al sindicalismo revolucionario. Entre todos construimos un ambiente distendido y de grata retroalimentación, el más propicio para atender a nuestras diversas perspectivas. Por esa noche, la capital del cielo nublado de gases que no ha podido con los pulmones de tantos jóvenes sedientos de libertad, se rindió ante el ceremonioso silencio de una muchachada que atiende a los encuentros formativos que reconoce verdaderamente emancipatorios. Así, un evento que entre las blancas paredes de un cláustro pudiese ser considerado protocolarmente académico, en los espacios de la casa Volnitza se puede tornar en práxis de educación libertaria, una educación que es capaz de reunir a estudiantes y trabajadoras en formas organizativas que plantean un horizonte sin jerarquías.

Es por ello que apelamos a la multiplicación de estas iniciativas. La educación es un proceso de socialización. Y esa socialización debemos procurárnosla con criterios propios, prestando atención a nuestro contexto y ejerciendo la crítica transformadora. Si los centros que se pretenden educativos (y ejercen mero adoctrinamiento), privados y/o estatales, cierran sus puertas a nuestra formación integral, forjemos nuestra humanidad más digna al margen de toda estructura opresiva, en el seno de iniciativas libertarias que logren federarse y apuntalar una profunda y verdadera transformación social. Construyamos anarcosindicalismo en cada centro de trabajo, forjemos idea transformadora en cada toma, avancemos hacia la libertad, que es la libertad de todos y todas.

Lo que sigue es una grabación de aquel encuentro que produjo a Taibo una grata impresión. Ojalá se repita. Y ojalá en esa repetición, la voz de nuestras compañeras se sobreponga a los esfuerzos invisibilizadores del ego macho para explicar por qué, en estas regiones, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar.

Nos lo debemos, compañeras.

Salud y Anarquía


martes, 9 de abril de 2013

Toallitas de tela, misoginia y politiquería en Venezuela



Medios de difusión entre los que cabe mencionar a La Patilla, El Propio, Notitarde, Noticiero Digital, Primicia, entre otros, se hicieron eco de una campaña de tergiversación de la información que vincula un antiguo microemprendimiento adelantado por un grupo de mujeres desde los andes venezolanos, con una supuesta imposición gubernamental para sustituir el uso de toallas sanitarias desechables. Los titulares fueron “El gobierno lanzó las nuevas toallas sanitarias reusables”, “Socialistas revolucionan las toallas sanitarias y las convierten en ecológicas”, “¡Insólito! Estas son las toallas sanitarias socialistas”. Las escuetas notas se limitan a difundir el video grabado en el marco del programa Consumo Cuidado de Vive Tv y alientan a un público prejuicioso y polarizado a hacer comentarios agresivos y a replicar aquello como un intento gubernamental más por “cubanizar” la realidad venezolana. Por supuesto, no faltaron personajes como Rafael Osío Cabrices e Ibeyise Pacheco, quienes difundieron la mofa desde sus cuentas en redes sociales, develando y promoviendo un tratamiento no sólo politiquero de un tema tan sensible e interesante, sino además caracterizado por esa aversión hacia el cuerpo femenino y sus procesos psico-biológicos tan vinculado a la misoginia. Ninguno de estos personajes realizó alguna indagación formal sobre el tema antes de dar crédito a la “noticia”, atentando contra cualquier ética periodística. En este sentido, ante la invitación de varias mujeres a profundizar en el tema, @osiocabrices expresó “¿Cómo me debo educar, según usted? ¿Vuelvo a la primaria, o me cambio de sexo para "menstruar en tela"?”. Por su parte, los “médicos” que hacen vida desde @IMPROSEXUAL pretendieron dar un tratamiento igualmente ligero al asunto, expresando que “El Derecho a disfrutar de los beneficios de los avances científicos es un Derecho Humano”, a la vez que intentaron posicionar etiquetas como #NoAlRetroceso #NoALaInvolución.

Por su parte, Naky Soto, en una nota publicada en Prodavinci y titulada “Las toallas sanitarias y el capitalismo salvaje”, difundió un micro-reportaje en el que mujeres cubanas refieren sus dificultades para acceder a las toallas sanitarias desechables. En este micro se evidencia, además, que el uso de toallas de tela no es una constante en Cuba y que de hecho no se han dedicado a promocionar su uso ni discutido la opción como de empleo permanente. Al mismo tiempo, Soto expresó: “Es curioso que se promocione ahora [la toalla de tela], cuando la inflación, la escasez, la reducción de marcas por falta de materiales para su producción o la reducción de importación, han marcado tan severamente la oferta de toallas sanitarias disponibles en nuestros mercados. La ecología se convierte en el argumento para maquillar las fallas en economía.” Naky se equivoca en su enfoque. Quienes recurrimos a las toallas de tela, las confeccionamos y promocionamos, no lo hacemos con intención de disfrazar las posibles disfunciones del sistema (no tenemos ese poder ni el interés siquiera). Lo hacemos porque comprendimos el grave impacto ambiental que generan las opciones predominantes en el mercado y porque además perdimos el miedo y nos animamos a salir de la dependencia, nos enamoramos de los resultados y estamos dispuestas a defender esa autonomía alcanzada, nuestro derecho a vivir nuestra menstruación como nos venga en gana y a ayudar a otras mujeres a reconciliarse con sus ciclos, fluidos, cuerpos, sexualidad. La politiquería nunca nos ha brindado un enfoque lo suficientemente amplio como para comprender las tantísimas motivaciones de nuestro hacer en sociedad. Creemos que esta propuesta de uso de alternativas ecológicas para la menstruación merece un tratamiento serio alejado de cualquier manipulación con fines electorales y la seriedad de ese tratamiento dependerá siempre de una sustentación de los argumentos a favor o en contra de la propuesta, jamás de mitos, supuestos, falacias, apego a costumbres y/o hábitos.

Algún asomo de curiosidad dejó entrever la periodista Milagros Socorro, quien desde Código Venezuela dio difusión a su nota titulada “Polarización y toalla sanitaria”. En la nota, la periodista -quien se adscribe a la tendencia partidista de la MUD- reconoce que las toallas de tela no son un invento “socialista”, que éstas se distribuyen en varios países latinoamericanos (quizá desconozca que la propuesta está en todo el mundo y que se comercializa con mayor solidez en Norteamérica y Europa) y que el tratamiento dado al tema en los medios de difusión y redes sociales puede tener mucho de misógino. Alega la periodista que “es posible encontrarle ventajas a la toalla sanitaria de tela”. No profundiza, sin embargo, en esas ventajas simplemente porque no las conoce (ella evidentemente nunca las ha usado). No obstante afirma que una toalla de tela contamina tanto como una desechable porque para su lavado requiere de agua y jabón. Este razonamiento ingenuo ha sido debatido ampliamente en foros promovidos por mujeres que avalan el uso de las toallas de tela. Hacer una toalla desechable requiere de una utilización de agua muy superior a la que requerirá el lavado de una toalla de tela. Y evidentemente, la toalla desechable será empleada sólo una vez y luego irá a ríos, mares, vertederos, a seguir contaminando espacios. Las toallitas de tela son las que garantizan el menor impacto ambiental.

Socorro también asume el riesgo de tocar muy superficialmente el difícil tema del “tiempo libre” para sostener el argumento de que por cuestiones de tiempo, las toallas de tela no son una opción viable. Quienes conocemos la dinámica de utilización y reutilización de toallas de tela sabemos que la demanda de tiempo que nos hace el lavado de nuestras prendas absorbentes no es superior al que nos demanda el lavado de nuestra ropa íntima. El día que empecemos a usar ropa interior desechable “por falta de tiempo”, allí podremos sentenciar que el sistema opresivo capitalista definitivamente nos ha aplastado.

Socorro expresa: “El punto es que la polarización, la misoginia, la pereza y los prejuicios no nos impidan analizar las cosas y sacar de ellas lo que pueden tener de bueno.” En ello coincidimos totalmente con la periodista y nuestro llamado es a acercarnos a estos temas y discutirlos siempre desde el respeto a las distintas perspectivas que nos representan y a la condición femenina que nos configura.

A estas alturas del embrollo mediático, necesario es reconocer que la escuela moderna incorpora el estudio de nuestro cuerpo y sus procesos desde una perspectiva netamente biologicista que no aborda los aspectos psicológicos vinculados y muchas veces limita la comprensión cabal de las relaciones que guardamos con estos procesos desde la cotidianidad. El hogar promedio actual, por su parte, aporta una comprensión casi siempre prejuiciosa y plagada de tabúes en las que el silencio y/o la desacralización constituyen el pivote de las relaciones intrafamiliares. De allí que nuestra formación en materia de salud reproductiva y sexualidad en general sea prácticamente nula.

En este sentido, la comprensión de la menstruación que nos aporta la escuela, tiende a ser limitada al desprendimiento de un óvulo no fertilizado que se evidencia en el sangrado. Y en el hogar, el primer sangrado menstrual es una advertencia de fertilidad, un yugo moral que obliga nuevas formas de comportamiento y/o una experiencia que rompe en gran sentido las relaciones de la niña con su entorno y demás miembros familiares.

Ha sido, sin duda, la configuración patriarcal de nuestras sociedades la responsable de que esto ocurra del modo en que viene ocurriendo. El marco social que habitamos hace dolorosa y traumática la experiencia de la menstruación y lo hace así no sólo como mecanismo de control para con las mujeres sino porque además de este modo puede también vender la vergüenza que promociona su estereotipada publicidad del usar y tirar.

Las mujeres menstruantes llegamos a pagar por compresas blanqueadas y perfumadas, contenedoras de celulosa, geles y aditivos químicos que prometen hacernos sentir verdaderamente cómodas con nuestra “inestable feminidad”, “limpias”, “blancas”, libres de nuestro “hedor”, y que además generan un impacto ambiental terrible y no pocas alteraciones a la salud de quien las usa (irritaciones, hongos, por decir las más comunes). Se nos ha negado así la posibilidad de comprender del todo que nuestra sangre no es sucia ni fuente de contaminación alguna. Se nos ha enseñado a sentir asco ante nuestros propios fluidos. Y así, nuestro nivel de dependencia de estos productos desechables ha llegado a ser tan grosero que en muchas ocasiones ellos son considerados parte de una “cesta básica”, es decir, “indispensables en el hogar”, elementos permanentes del presupuesto familiar mensual.

A finales de 2010, la mayor parte de los empresarios venezolanos comenzó a jugar con nuestra terrible dependencia de toallas sanitarias y pañales desechables. Una supuesta escasez escondió intenciones de acaparamiento y especulación que pusieron contra la espada y la pared a casi toda la población. Extrañamente (hablar de la menstruación sigue siendo un tabú), las voces que se alzaron en la denuncia fueron casi siempre masculinas: padres, compañeros, esposos que eran “enviados hacia la búsqueda desesperada” de los productos faltantes y se encontraron impotentes ante la ausencia o el altísimo costo de lo hallado tras mucho andar. Exigieron entonces “opciones alternativas” para liberarse de aquella manipulación. (Esa participación masculina pudiera considerarse sintomática de un proceso de transformación de nuestras relaciones sociales. Deben quedar atrás los tiempos oscuros en los que había temas que sólo podían ser abordados por públicos determinados. En la medida en que nuestros compañeros hagan parte de discusiones en temas de sexualidad femenina, crianza, etc., estaremos dando un paso al frente hacia la construcción de las necesarias nuevas masculinidades.) Estoy segura de que más de una mujer pensó entonces en su abuela, en los trapitos que usó la abuela, pero entonces sintió miedo. Sí, nos han enseñado a desconfiar del conocimiento ancestral, heredado, extra-académico, en nombre de un mentado “progreso” que apenas llega a ser grillete y cadena disfrazados de “comodidad”. En este sentido es necesario expresar que quienes vinculan el uso de alternativas ecológicas con “atraso” e “involución” manejan una concepción bastante confusa del bienestar y la vida digna en general. Desconocen que la experiencia, el abandonar las opciones desechables para volver a la tela, garantiza una transformación íntima en la mujer que no tiene marcha atrás. La naturaleza de esta transformación es sumamente difícil de explicar, quizá imposible. Hay que vivirlo: se trata de reconocimiento y aceptación. Se trata de autonomía y dignidad. Se trata de vencer el miedo, romper la dependencia, recuperar el vínculo sagrado con nuestro cuerpo, nuestra sangre y muy especialmente con nuestro útero -segundo corazón, adormecido y rígido por tantos años de cultura patriarcal-. El llamado es entonces a indagar, hurgar entre los testimonios de mujeres que se han atrevido al cambio. Son ellas las únicas que podrían ofrecer una voz transparente de cara a un asunto tan delicado como el que hoy nos ocupa.

Actualmente, la propuesta del uso de alternativas ecológicas para la menstruación pugna por hacerse escuchar en nuestro país. Es meritorio el trabajo de varias mujeres que se han dado a la tarea de distribuir la maravillosa copa menstrual, un dispositivo de colocación intravaginal elaborado con silicona médica cuya función es recolectar el flujo de sangre. Quienes usamos la copa y aprendimos con ella a conocer nuestro cuerpo y ciclo, no dudamos un instante en recomendar su uso y apoyar cualquier campaña que promueva su distribución masiva.
 
También han empezado a ejecutarse los talleres de elaboración de toallitas femeninas de tela, un espacio en el que se conversan temas vinculados a la menstruación y al uso de alternativas ecológicas y en el que cada participante tiene la posibilidad de confeccionar su propia compresa absorbente para usar durante los días de sangrado.

La distribución de toallitas femeninas de tela en nuestro país nunca ha sido a través de alguna iniciativa gubernamental. Ella hoy se da a través de las iniciativas de mujeres creadoras, autónomas y autogestionadas, cuyo trabajo se enmarca en el pequeño comercio artesanal de nuestra ciudad capital. Acudir a ellas es, en gran sentido, dar un paso al frente por la construcción de una nueva conciencia del hacernos. Ningún afán politiquero y/o misógino podrá impedir que las voces de las mujeres que somos, se haga escuchar en la Venezuela de hoy.

jueves, 24 de mayo de 2012

Menstruación consciente: La alternativa urgente


En principio...
Ilustración de Paulina Díaz

La mayoría de quienes nos asumimos como mujeres, menstruamos. Menstruar no es sólo desprenderse de un óvulo no fertilizado una vez por mes y hacerlo evidente en el sangrado. Menstruar implica el hecho innegable de que todos nuestros actos, sentimientos y sensaciones se acoplan a un ciclo cuyas características serían mucho más sencillas de identificar, si nos mostrarán más que una visión biologicista del proceso o, lo que es peor aún, una perspectiva estereotipada según la cual las mujeres somos gracias a nuestro ciclo: “inestables”, “chifladas”, “incomprensibles”, etc., etc., etc.

Seguramente, si nos dedicáramos a realizar una revisión histórica de la menstruación y cómo esta ha sido asimilada por las distintas culturas, nos sorprendería encontrar evidencias de que ella no siempre fue el sucio estigma con el que cargamos las mujeres. Mucho antes de que las religiones impusieran una espiritualidad patriarcal que subyuga la naturaleza femenina, la menstruación era vista en diversas culturas originarias como una cualidad más que como un “defecto biológico” o una “impureza espiritual”. A ella se la llegó a considerar el vínculo sagrado que unía a la humanidad toda con la naturaleza en la medida en que hermanaba su ciclo al de la luna y garantizaba el justo equilibrio entre los seres humanos y el universo. Hoy esa concepción no es la que prima y en muchos espacios puede llegar a parecer ridícula. Ciertamente, la mayoría de nosotras ha sido tan bien formada en pro del desconocimiento de nuestra naturaleza, que la menstruación es algo que se sufre, que da asco, vergüenza, y que aún no termina de comprenderse y aceptarse. En el marco de la sociedad capitalista patriarcal, menstruar duele…

En este contexto

Resulta imperioso reconocer que así como la tarea de dominación de los poderosos ha sido constante y eficaz en gran medida, la lucha de resistencia que desde siempre han mantenido nuestros pueblos ha sido también meritoria y, de hecho, la única razón por la cual aún podemos albergar alguna confianza en el futuro, en otro mundo posible.

Desde diversos rincones del planeta surgen movimientos populares que abrazan nuevas prácticas y proponen nuevas formas de relaciones más armónicas y más respetuosas del espacio que habitamos. De poco serviría teorizar al respecto (aunque resulta interesante acercarse a conceptos como “ecofeminismo” y su impronta en la región suramericana), lo importante será siempre acompañar esas prácticas con la conciencia de que sólo los actos transformadores lograrán ayudarnos a avanzar en la construcción de una nueva sociedad. Una de esas prácticas es la del uso de alternativas ecológicas para el acompañamiento del sangrado menstrual, práctica que desde principios del año 2000 se ha ido multiplicando silenciosa pero férreamente entre mujeres de todo el mundo. Podría tratarse, sin duda alguna, de los primeros pasos de una ecorrevolución que avanza empujada por las necesidades cada vez más urgentes que exigen una transformación de nuestros hábitos de consumo.

Pero… ¿Por qué habríamos de desechar las opciones que impone el mercado?

Visto desde distintas perspectivas, las razones para darle la espalda a los productos desechables que ofrece el gran mercado son muchas. Desde el punto de vista ecológico, debemos hacer consciente el hecho de que estas compañías ofrecen productos elaborados con algodón y rayón, blanqueados con dioxin, aromatizados con cualquier cantidad de químicos tóxicos y portadores de geles y polvos químicos altamente dañinos para la salud y el ambiente. Nos dicen, aún así, que debemos confiar en su higiene pero… ¿quién no se ha topado con pegamento derramado sobre la capa de algodón-rayón que entrará en contacto con nuestras pieles? No, no son productos higiénicos. Son elaboraciones altamente tóxicas que se convierten en desechos sólidos cuyo destino es el tacho de la basura y posteriormente años y años en vertederos, mares, ríos y lagos; nos dicen además que nuestra sangre menstrual es digna de eso. Se trata, ni más ni menos, de productos altamente contaminantes y no degradables que ponen en riesgo nuestro presente y nuestro futuro. Todos esos elementos desechables que compramos, usamos y tiramos, tendrán una existencia superior a la nuestra y además, seguirán comprometiendo la salud de nuestros hijos y nietos. Cada toallita que tiramos al tacho permanecerá sobre la faz de la tierra entre 200 y 500 años… ¿Son una herencia digna para las futuras generaciones?

Desde un punto de vista que ponga en alta estima la salud humana, las toallitas y tampones desechables constituyen elementos de gravísimo impacto. Aunque casi todas las compañías encargadas de su fabricación han conseguido permisos sanitarios (el dios dinero todo lo puede en el mundo capitalista), se hace evidente en la falta de información que ofrecen estos productos en sus respectivos empaques y en la incapacidad contraargumental y exposiciones contradictorias, que los elementos químicos utilizados para su fabricación pueden llegar a ser nocivos para la salud de la mujer que los usa. Dioxinas, rayón y plástico son los elementos más comunes contenidos en estos objetos de consumo. Sus efectos están vinculados con infecciones, hongos, endometriosis, cáncer cervical, infertilidad y síndrome de shock tóxico. Además, mucho se ha dicho sobre la posibilidad de que en algún momento empresas fabricantes de toallas y tampones hayan incorporado asbesto en sus productos con la finalidad de provocar más sangrado y por ende, mayor demanda y consumo.

Razones económicas que abogan por buscar nuevas opciones aducen que debemos romper con la dependencia que hemos asumido de este tipo de elementos. No es lógico que una mujer destine parte importante de su presupuesto familiar mensual a adquirir productos desechables por una razón tan natural como lo es el ciclo menstrual. No deberíamos pagar por ser mujeres. No deberíamos sacar dinero de nuestros bolsillos para costear daños a nuestra salud, daños a nuestro ecosistema y daños incluso a nuestra propia salud mental (los descartables son producto de una escasa comprensión de la naturaleza femenina y por ende reproducen la no aceptación en las mujeres que los usan; han generado y sostenido el tabú alrededor de la menstruación para vender productos que tienden a estigmatizar la sangre menstrual, vinculándola con una situación típica femenina de incomodidad, desagrado e inestabilidad.). Teniendo a mano y desde siempre opciones naturales reutilizables, el presupuesto familiar bien podría liberarse de estos gastos que actualmente han llegado a considerarse groseramente una “necesidad básica”.

Finalmente, desde el punto de vista ideológico es necesario hacer referencia al hecho incuestionable de que la mujer ha sido una víctima fácil para la industria de la estética, la moda y la higiene. A través de los publicistas, la vehemente tarea de estereotipar la feminidad ha rendido sus frutos: Hoy muchas mujeres se miran al espejo y se juzgan según parámetros impuestos que cercenan su naturaleza y amor propio. Las publicidades de productos para la menstruación, específicamente, ofrecen una representación femenina siempre ingenua, frágil, inestable, sin claridad de objetivos, hipersensible y en permanente confrontación con su cuerpo y ciclo menstrual. Cuando compramos-usamos-tiramos productos publicitados de esta forma, financiamos su sostén, aceptamos el estereotipo y favorecemos su consolidación.

Opciones ecológicas para el consumo responsable…

La copa menstrual es un dispositivo elaborado con silicona médica. No genera ningún tipo de reacción alérgica y cumple la función de recoger el flujo de sangre sin pérdidas, adaptándose de forma perfecta a las paredes vaginales. No contiene geles absorbentes o desodorantes ni blanqueadores ni ningún producto químico. Se limita a ser mero recipiente, por lo que no absorbe las defensas naturales ni deja fibras en la pared vaginal. Se coloca de la misma forma en que se colocan los tampones (de colocación intravaginal) y resulta sumamente sencillo pues se dobla y hace totalmente manejable.

Esta excelente opción ecológica es tan antigua como los tampones. Sin embargo, no fue comercializada a gran escala y seguramente las razones se encontrarán en el hecho de que con las copas menstruales la mujer debe explorar su cuerpo más que con los tampones para encontrar una colocación apropiada a su comodidad. En la época en la que surgieron ambos no era aceptable tocarse y explorarse, por lo que se frenó su producción y consumo (Aún hoy el temor a la exploración del cuerpo sigue vigente y no pocas mujeres miran esta opción con asombro y desagrado). Otra razón -quizá la de mayor peso- por la cual las copas menstruales no se comercializaron de forma extensiva, está en el hecho de ser reutilizables. Una mujer sólo necesita una copa y ella le puede servir durante un promedio de diez años. Al no ser un producto desechable, no responde a las reglas del mercado y no interesa comercializarlo, no deja tanto margen de beneficio como los desechables tampones y toallas sanitarias. Su consumo no permanente afectaría los grandes intereses capitalistas.

Las toallitas femeninas de tela son compresas hechas casi siempre con fibras de algodón y cumplen la función de absorber el flujo menstrual. Constituyen el producto de una conjunción entre la herencia ancestral de nuestras abuelas y los diseños más prácticos que nos ha permitido la actualidad. Toman de las toallitas descartables la única aportación tecnológica digna de reconocimiento: las alitas. Existen diversos modelos de toallitas de tela, todas funcionan perfectamente bien ajustándose a la bombacha, tal como las descartables. Son prendas reutilizables que se lavan del mismo modo en que se lavan las prendas íntimas, incorporando un remojo previo de entre cuatro y ocho horas (el agua del remojo puede reutilizarse para la fertilización de plantas). En ningún caso retienen malos olores y aunque puede ocurrir que con el uso y paso del tiempo se manchen un poco, esto forma parte del reto por un cambio de paradigmas: nos hemos dejado convencer de que nuestras manchas de sangre son despreciables y en ese afán de “blanquear” hemos permitido que envenenen nuestros cuerpos. Actualmente, esta opción es distribuida en muchos países a través de mujeres y/o grupos de mujeres que confeccionan en el marco de microemprendimientos que abogan no sólo por un consumo más consciente sino por una formación para la comprensión de los procesos propios de las mujeres menstruantes.

Razones para el cambio…

Las opciones ecológicas para el acompañamiento de la menstruación ofrecen la posibilidad de ejercer un control consciente sobre nuestros propios cuerpos, sus procesos e higiene. Constituyen una opción alternativa a ese mercado injusto y globalizado que perpetúa estereotipos y masifica la basura. Además, son cómodas, atractivas, altamente eficientes y, a mediano y largo plazo, resultan muchísimo más económicas. Ellas nos permiten dignificar nuestro ciclo menstrual y establecer un contacto armónico y respetuoso con la tierra que habitamos.

Recurriendo a las alternativas ecológicas, minimizamos el impacto ambiental que nuestros cuerpos generan durante los días del sangrado menstrual, al tiempo que participamos de una economía justa y solidaria. Reutilizamos y gastamos menos, mucho menos dinero. Le decimos adiós a las infecciones, los hongos, las irritaciones, picazones, feos olores, etc. Le damos la bienvenida a un flujo menstrual distinto, más leve, más digno, infinitamente más amable. Volvemos a lo natural sin renunciar a los beneficios de los diseños prácticos y atractivos. Ganamos amor por nosotras, nuestros cuerpos y la tierra que también somos.


Nota 1: Este artículo fue escrito para la Revista Proyecto Aire, de Buenos Aires.
Nota 2: Para mayor información sobre prácticas de menstruación consciente, visite nuestro fan page Flor de Cayena.