Mi tránsito por escuelas particulares subvencionadas y municipales, como profesora de Lengua y Literatura formada en Venezuela, me permitió experimentar la docencia desde una posición de alteridad que no había habitado antes. Enseñar desde la extranjería no es solo enseñar con otro acento: es observar cómo la escuela se organiza para integrar a pesar de las reales voluntades, sin transformar, nombrando la diversidad como conflicto, reproduciendo jerarquías de enorme violencia simbólica.
La escuela chilena —como tantas instituciones modernas— es heredera directa del proyecto estatal-nacional. Fue concebida para producir ciudadanía homogénea, identidad disciplinada, lengua unificada, memoria seleccionada. Desde esa matriz, toda diferencia aparece como anomalía que debe ser corregida, neutralizada o folklorizada.
El discurso contemporáneo de la inclusión, de la interculturalidad y del multiculturalismo ha permitido cierto reconocimiento formal de esta tensión. Sin embargo, ese multiculturalismo opera muchas veces como adorno neoliberal: un dispositivo de cooptación que maquilla la desigualdad sin desmontar sus fundamentos.
La inclusión sin transformación estructural no es más que una pedagogía del simulacro. ¿Seremos capaces de inventar una escuela donde el nosotros venza al yo colonial?
Lo que sigue es un ejercicio reflexivo que al respecto acompañó mi experiencia como estudiante del Diplomado en Pedagogías Latinoamericanas. Y lo comparto:
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