sábado, 30 de mayo de 2026

El punitivismo y la sociedad cangreja

Desde hace bastante rato ya, el punitivismo está poniendo el mantel para la construcción de sociedades más conservadoras y por ende, menos libres. Son innumerables los espacios sociales resquebrajados por la falta de diálogo transparente y cuotas de confianza. Y es que el temor a decir lo considerado políticamente incorrecto y ser castigado con un veto o un escrache, se asentó en no pocas personas y primó el instinto de supervivencia ante la necesidad de socializar para transformar.
Ante este contexto, es fundamental que el feminismo anarquista eleve con mayor fortaleza los principios antiautoritarios que orienten a la construcción del diálogo, la coeducación y la reparación colectiva sin recurrir a la lógica del castigo que, como bien señaló en su momento la maestra anarquista Antonia Maymón, ni mejora ni educa; aparta moralmente y cultiva la hipocresía.
Resulta difícil no señalar que la influencia de un feminismo institucionalista y burgués, que demanda protección de las fuerzas represivas de los Estados, ha hecho mella en diversos espacios de construcción social. Esa consigna “nos matan y nadie hace nada” promueve el rol pasivo de la víctima y demanda proteccionismo. Las anarquistas hemos reivindicado desde siempre la acción directa y la autodefensa como mecanismos para hacer frente a las agresiones a que nos vemos expuestas. En ese sentido, es fundamental asumir que la puesta en práctica de estos principios debe ser cotidiana. El feminismo que promovemos, y con el que aspiramos nutrir los espacios de participación social, no es un feminismo acusica y castigador sino uno que, a través de la confrontación de ideas, impulsa la destrucción de prácticas segregacionistas para la construcción de una plena igualdad social.
Y es que el punitivismo es cómplice del neoliberalismo en la medida en que desconoce las condiciones y el entramado de opresiones estructurales para apelar a la comprensión de responsabilidades individuales sujetas al castigo, siendo a su vez funcional a la lógica criminalizadora de los Estados contra la población empobrecida. Además de orientarse a la demanda de reformas en los códigos penales, se ha caracterizado también por su amor a las cárceles. Y si somos capaces de observar la realidad, no podremos negar que éstas han servido sólo como un espacio de reproducción de la violencia contra las clases oprimidas. ¿Realmente construyendo más cárceles o encerrando a más personas, se lograrán reparaciones sociales?
El punitivismo también dispensa al capitalismo y al patriarcado. Y es que en la medida en que apela a la individuación de faltas y castigos, omitiendo el entramado de opresiones y explotación, es capaz de ampliar el poder de éstas. Un ejemplo de ello ha sido el resultado del enfoque punitivo asumido en distintas regiones para hacer frente al acoso callejero: la mayor policialización de los espacios públicos.
La ideología punitivista a su vez otorga un carácter identitario y no circunstancial a la víctima. Esto es que la persona agredida debe asumirse como vulnerable y necesitada de protección. ¿Debemos las personas definirnos desde lo que nos ha ocurrido, desde el dolor que se nos ha causado, asumirnos como seres vulnerables y demandar siempre la protección de las instituciones del Estado? ¿O debemos, contrariamente, elevar nuestra potestad transformadora, de autodefensa individual y colectiva?
Es entonces evidente que el punitivismo apela a sembrar el miedo. Dentro de los círculos feministas, esta ideología se ha manifestado a través de diversas prácticas. Una de ellas fue la aplicación del llamado “feministómetro”. Mujeres que se reivindicaban feministas, castigaban a otras por no serlo lo suficiente bajo los criterios impuestos por la lógica de la filiación irrestricta, incapaz de comprender que el feminismo no es una manifestación homogénea ni homogeneizante sino un movimiento constituido en su seno por varias corrientes del pensamiento.
Como ya lo hemos mencionado más arriba, el hecho de que gran parte del movimiento feminista se haya dedicado férreamente a la demanda de marcos jurídicos para hacer frente a la incorporación de las mujeres y diversidades sexuales en espacios de la administración estatal, así como para hacer frente a las distintas formas de violencia sexual, evidencia una ideología castigadora que abre camino a la consolidación de sociedades carcelarias. Pero si esto se hace absolutamente evidente, hay otras manifestaciones de la ideología punitivista que no resultan tan fáciles de develar. Un ejemplo concreto de ello son las llamadas funas o escraches.
Y es que las funas o escraches tienen su origen en la protesta concertada de grupos y colectivos contra agentes del poder y gobernantes que han sido o fueron partícipes de prácticas regresivas (en contexto de dictaduras) o de corrupción administrativa (en contexto neoliberal). Por esta razón, el concepto viene arropado de una cabal comprensión de justicia y autodefensa, pues es la respuesta de los oprimidos ante el poder.
Y es a su vez incuestionable que la funa o el escrache en el ámbito feminista ha sido una táctica en muchas ocasiones eficaz. Ha servido no sólo para visibilizar las distintas formas de violencia que padecemos, principalmente en el marco del régimen heterosexual, sino para prevenir de ellas a otras personas. Esa denuncia pública al agresor ha sido en ocasiones la forma en que muchas mujeres han puesto en resguardo su existencia.
Sin embargo, considerando el contexto de nuestras sociedades digitales y la gran crisis relacional que es fruto de éstas, muchas veces el enfoque personalista que caracteriza a las funas o escraches que circulan a través de las llamadas “redes sociales”, favorece la individuación de estas prácticas, como si éstas fuesen aisladas de una sociedad que las valida todos los días desde el seno familiar hasta la silla presidencial. El varón “funado” pasa a ser el bicho raro con nombre y apellido con el que sólo las y los incautos o los “cómplices” estarán dispuestos a socializar de nuevo. Y esto, desde cierto punto de vista, constituye una hipocresía política tremenda. Pues mientras aislamos al “funado”, seguimos tolerando y avalando prácticas similares y a veces peores entre otras personas de nuestro entorno.
La personalización también responde a criterios meritocráticos. La funa, para que sea difundida eficazmente en las redes sociales del feminismo hegemónico, debe hacerse sobre una persona reconocida en algún ámbito social compartido. Se funa al militante, al activista, al artista, al estudiante universitario, al escritor, al académico. (Cómo olvidar, por ejemplo, cuando las grandes alamedas de Santiago de Chile se repletaron para repudiar la agresión de “Tea Time” a quien fuera su pareja, al mismo tiempo en que el cuerpo descuartizado de una mujer inmigrante era sacado del río Mapocho bajo total silencio de la masa). Para ser merecedor de un escrache feminista, al parecer, se debe haber acumulado un cierto “capital cultural”. Y es que cuando el agresor no responde a este criterio meritocrático, parece que sus prácticas machistas no sorprenden ni son motivo de alarma, las damos por sentadas como un rasgo característico de su escasa educación.
Además de los rasgos meritocráticos que caracterizan a la funa feminista en redes sociales, está el hecho de su fugacidad. ¿Quién va a recordar el próximo año a Pedrito de Los Palotes, el machito funado en un post de Instagram? Pues sólo alguien que le siga la pista de cerca a Pedrito de Los Palotes. La mayoría de la gente lo olvidará a él y el motivo de la denuncia que lo implicaba en un post de redes sociales. Y él podrá volver a retomar sus prácticas y reconstruir sus vínculos sin tener que rendir cuentas a nadie sobre cuestionamientos propios o reparaciones, pues se supone que ya fue “castigado” a través de la funa. Y es que todo en el alcantarillado electrónico es fugaz, cae en un pozo sin fondo del que muy difícilmente pueda volver a emerger sin haber sufrido el desgaste de su rápida digestión.
Finalmente está el hecho de la sobreexposición de quien eleva la funa. En el fango del descrédito donde se revuelca el varón funado, también está quien le funa, untándose las manos con las heces de todo lo sufrido para pintarrajear la imagen del agresor. Ardua tarea que amerita no sólo valentía y esfuerzo sino un estómago de acero. Ni hablar de las cuotas de desconfianza y revictimización que luego recaen sobre “la funadora”.
Justo es aclarar que las funas feministas no son inventos de este siglo. Hoy son digitales, personalistas, meritocráticas y fugaces, pero en antaño implicaron —especialmente para las mujeres anarquistas—, la irrupción de sus cuerpos en espacios asamblearios constituidos mayoritariamente por varones para, a fuerza de voz en alto, señalar actitudes machistas y denunciar a agresores. De esto podemos tener referencia en Latinoamérica a través del trabajo editorial de Virginia Bolten en el periódico comunista anárquico La Voz de la Mujer, donde se da cuenta, entres otros cuestionamientos, de las denuncias a hombres anarquistas que ejercieron violencia machista contra compañeras. Ella los llamó “cangrejos”, señalando así que se negaban al progreso de las ideas cuando de su relación con la mujer, la familia y el sexo se trataba. De Virginia seguramente se habrá comentado mucho entre varones lo conflictiva que resultaba para todo el movimiento anarquista de la época.
Pero Virginia no tenía ni Instagram, ni Tik Tok ni Facebook. Virginia tenía su voz y su cuerpo. Y sacar la voz y poner el cuerpo no es lo mismo que alentar fuegos de un algoritmo digital. Las pantallas disfrazan, ocultan, tergiversan y agrandan hasta la deformidad. Ante una sociedad cangreja, la ideología punitivista sólo sirve para ratificar principios conservadores y autoritarios que la sostienen. Ante una sociedad cangreja, la autodefensa tiene necesariamente que pasar por detenernos, mirar a los ojos, sacar la voz y, si fuese necesario, devolver el golpe. Sólo la autodefensa como ejercicio material podrá devolvernos la integridad y un verdadero sentido de justicia que pueda conminarnos a forjar formas de reparación social.

Texto originalmente escrito para La Maraña (Abril, 2025)

lunes, 25 de mayo de 2026

La escuela chilena y los otros


Hace más de una década llegué a Chile y me convertí en inmigrante. Con el paso del tiempo y la superación de varios obstáculos burocráticos, pasé a ser considerada una profesora inmigrante. No sólo llegué a otro país y a otra escuela: ingresé a un régimen de clasificación y jerarquización, a una gramática tácita de pertenencias y exclusiones, a una pedagogía implícita que enseña quién puede ser considerado sujeto pleno dentro de la comunidad escolar.

Mi tránsito por escuelas particulares subvencionadas y municipales, como profesora de Lengua y Literatura formada en Venezuela, me permitió experimentar la docencia desde una posición de alteridad que no había habitado antes. Enseñar desde la extranjería no es solo enseñar con otro acento: es observar cómo la escuela se organiza para integrar a pesar de las reales voluntades, sin transformar, nombrando la diversidad como conflicto, reproduciendo jerarquías de enorme violencia simbólica.

La escuela chilena —como tantas instituciones modernas— es heredera directa del proyecto estatal-nacional. Fue concebida para producir ciudadanía homogénea, identidad disciplinada, lengua unificada, memoria seleccionada. Desde esa matriz, toda diferencia aparece como anomalía que debe ser corregida, neutralizada o folklorizada.

El discurso contemporáneo de la inclusión, de la interculturalidad y del multiculturalismo ha permitido cierto reconocimiento formal de esta tensión. Sin embargo, ese multiculturalismo opera muchas veces como adorno neoliberal: un dispositivo de cooptación que maquilla la desigualdad sin desmontar sus fundamentos.

La inclusión sin transformación estructural no es más que una pedagogía del simulacro. ¿Seremos capaces de inventar una escuela donde el nosotros venza al yo colonial?

Lo que sigue es un ejercicio reflexivo que al respecto acompañó mi experiencia como estudiante del Diplomado en Pedagogías Latinoamericanas. Y lo comparto:


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martes, 25 de febrero de 2025

Sobrevivir donde no te quieren


Vivir en un territorio en el que el grueso de la sociedad se empeña en expulsarte es una situación agobiante desde el punto de vista emocional. Lo sabemos quienes somos inmigrantes en Chile.

No pocas veces he recibido comentarios como “es que tú no pareces venezolana” o “es que tú acá pasas piola” para explicarme por qué pueden tolerarme a mí, pero despreciar a la comunidad a la que yo pertenezco. Esas personas no son en absoluto conscientes de la violencia solapada que esos comentarios ejercen. Se piensan en todo caso muy nobles en ese ejercicio de aceptación ladina. Y esto llega a unos límites tan hilarantes que recuerdo haber recibido la siguiente sugerencia de un compañero de trabajo: “No vayas a vacacionar al Norte, eso está lleno de extranjeros”. Lo miré de hito en hito. Ni se inmutó.

En otras ocasiones, la violencia ha sido más abierta. Y recuerdo que la primera expresión de ella fue justamente en una Feria del Libro Anarquista, cuando un fulano aseguró en una discusión que todos los inmigrantes éramos en esencia contrarrevolucionarios. Recuerdo haber participado con alguna opinión al respecto. Posteriormente, en el viaje en bus al final de la jornada, otro de los asistentes al que seguramente no le gustó mi intervención, se dedicó a burlarse histriónicamente de mí, haciendo referencia a “arepas”, “maracas” y no sé qué otras tonteras bajo la complicidad masculina que suele darse en muchos espacios políticos. Armé tremendo peo en el bus, para qué decir más.

Comento esto porque quiero decir además que me consta la violencia xenófoba y racista que permea a la sociedad chilena incluso en sus espacios más “liberados”. Y empatizo profundamente con quienes viviendo en Chile en calidad de inmigrantes, deben seguir padeciendo la violencia que generan las estructuras políticas del Estado y que agudizan los medios de comunicación para forjar una sociedad cada día más separada y dispuesta a destruir al que es inmigrante y no se limita a servir, obedecer y sonreír.

Lamento mucho que la inexperiencia migratoria del pueblo venezolano nos haya arrojado a cometer gruesos errores en nuestro encuentro con otros pueblos. Lamento esta suerte de “arrogancia caribeña” que nos acusan y que muchas veces va de atolondrada por los caminos, sin detenerse a observar, escuchar y comprender. Y lamento que esa torpeza condicione la experiencia de los más vulnerables entre nosotros. Lamento que desde el poder, los esfuerzos por estereotipar sean tan sólidos que busquen a figuras tan nefastas como George Harris para que “corrobore” el prejuicio social sobre el “venezofacho”; para que al mirarlo, quienes se sienten distintos y superiores, vivan una catarsis que les ayude a justificar el odio y el desprecio que sienten por otros; para que al señalar la misoginia, vulgaridad, aporofobia, racismo y clasismo del bufón, puedan sentirse mejores personas, tranquilos de odiar esos valores que él canaliza y que se cree son los que portamos los casualmente nacidos al norte del sur. Yo les invitaría a analizar la ideología profunda que los mueve… Se sorprenderían de hallar un pequeño Pinochet en el interior de muchos corazones pretendidamente progresistas.

En este laboratorio neoliberal llamado Chile, triunfó un capitalismo eficaz. Un capitalismo en serio, como lo quiso también la Kirchner. Uno que te exprime certeramente y te garantiza capacidad de consumo (por ahora). Uno que se paga con salud mental, con alegría, con purita humanidad. Tal vez muchos recurrimos a esta maquinaria en busca de lo mínimo para vivir con mediana dignidad después del secuestro de nuestras aspiraciones más igualitarias. Y algunos pueden ponerle fecha de término a esa experiencia. Pero no todo mundo tiene ocasión de salir de donde no es querido, de donde no se le permite ser persona… A veces, es más difícil devolverse que seguir... Así que cruzo los dedos porque en algún punto de este abrupto choque cultural, impere el deseo de comprender al otro y no el impulso por degradarlo. Que el individualismo neoliberal tropiece sin ocasión de levantarse y deje camino libre para que las gentes puedan narrarse, dialogar y reconocerse. Cruzo los dedos porque un día estos pueblos asuman que somos hijos del mismo ultraje y que estaremos mejor hermanados en auténtica solidaridad (que no es en absoluto el ejercicio de depositarle a Don Francisco para su Teletón).

sábado, 16 de diciembre de 2023

El armazón del racismo en la región chilena



En abril del año 2021, cuando aún lidiábamos con la dura sobrevivencia pandémica, fue aprobada la ley 21.325, la nueva ley de migración y extranjería. El resultado más inmediato que pudimos testificar fue la presencia de decenas de personas en un limbo entre las fronteras de Bolivia y Chile, pues la nueva ley chilena supuso un portazo en las narices y un proceso de reconducción que dejó en evidencia y por lo bajo, que aquella ley no fue hecha para resguardar los derechos de las personas migrantes, sino que se ajustó de forma racista a las necesidades del desarrollo capitalista. Y es que la puesta en marcha de la nueva ley propició aún más la inmigración considerada “irregular” por el Estado, lo que a su vez ha implicado sumar a cientos de miles de inmigrantes a una explotación con peores salarios y menos derechos de los que cuentan quienes poseen un RUT y permiso laboral. Es decir, este marco legal brindó todo lo que necesita la clase dominante para acumular más capital y a su vez profundizar la división entre los oprimidos. Una división sin dudas apuntalada por la propaganda nacionalista que canalizan los medios de comunicación. A través de estos últimos, el inmigrante ya no es expuesto como un “aporte multicultural” sino como un enemigo interno al cual hay que reprimir y expulsar.

No obstante, y curiosamente, al tiempo que a los inmigrantes se les criminaliza bajo estereotipos totalizantes, poderosas empresas del retail, a diferencia de algunos años atrás, no dudan en explotar a través de agencias subcontratistas a inmigrantes sin papeles, pagando sueldos equivalentes al part-time pero extendiendo la jornada laboral a ocho, doce y más horas. Hecha la ley, dictada la trampa. No habrá jornada de 40 horas para quien no tiene papeles en este país en donde al forastero sí que saben querer y abrazar.

Que la nueva ley de migraciones resultó una trampa ha sido señalado incluso por los mismos que la promovieron, es decir, por los académicos chilenos de vocación promigrante y por la tecnocracia importada que ocupa puestos de representación de las comunidades inmigrantes en Chile. Pero que los mismos que sentaron la demanda de una nueva ley hoy acusen su no pertinencia nos debe conducir a reflexiones mayores sobre el rol que cumplen las leyes en determinados contextos sociales y sobre el papel de la representatividad como un mecanismo de suplantación servil ante los intereses de los Estados.

En un contexto global de cierre de fronteras, cuando hemos podido testificar el endurecimiento de leyes migratorias en todo el mundo y especialmente en Europa, al progresismo chileno se le ocurrió la brillante idea de exigir una nueva ley de migraciones para dar solución a lo que entonces era sólo un problema burocrático: el retraso administrativo de los visados que estaban otorgándose con mayor o menor dificultad. El resultado al día de hoy es más complejo aún: Chile ha cerrado sus puertas para los pueblos vecinos que buscan subsistencia y refugio en su territorio; la cantidad de habitantes sin papeles y sin derechos laborales se ha incrementado y esta mano de obra precarizada se ve sometida a una sobreexplotación con sueldos miserables por jornadas extenuantes. Ante este panorama, los académicos promigrantes siguen dictando sus costosos diplomados sobre racismo y migración. Y quienes dijeron representar a las comunidades migrantes, se dedicaron a vivir desde el silencio, la sonrisa y los fondos concursables.

Aunado a estas medidas estatales, el discurso racista se fortalece y multiplica desde la institucionalidad a través de personeros de gobierno que son capaces de referirse al tema migratorio como indisoluble del tema delincuencial. Y en este sentido, todos los espectros políticos abrazados al nacionalismo ejercen similares discursos y prácticas racistas. Es un mito de los sectores progresistas el acusar la existencia de discursos racistas sólo en el ala derecha del espectro político. Desde tendencias como el PC-AP, desde donde se reivindican posiciones antiimperialistas y antifascistas, plegados sin embargo al gobierno milico y autocrático de Nicolás Maduro, no han faltado nunca agresiones contra las comunidades de venezolanos inmigrantes. De hecho, durante un tiempo estuvieron asistiendo a la embajada de este país para procurar provocaciones que no pocas veces derivaron en confrontaciones verbales y físicas con quienes allí hacían largas filas para gestionar documentaciones. Esas situaciones, no fueron desaprovechadas por sectores de ultraderecha, quienes acudieron a su vez para dirigir entre los inmigrantes cánticos anticomunistas que atentaban contra la memoria de todos los represaliados y asesinados por la dictadura de Augusto Pinochet. Que sectores partidistas hayan empleado a algunos inmigrantes venezolanos como un objeto en disputa para alentar confrontaciones entre dos extremos del espectro ideológico chileno, situación que fue incluso televisada, dio pie al mote de “venezofacho” que en sectores populares por donde transita el despojado, va siendo de uso corriente y constituye una agresión xenófoba con la que muchos inmigrantes venezolanos deben lidiar.

Los discursos racistas que cobran auge entre las clases oprimidas de esta región legitiman a su vez una nueva realidad: El gatillo fácil instaurado a partir de la aprobación de la ley Naín Retamal apunta sus disparos y sospechas sobre los cuerpos racializados sin distingo de nacionalidades. No obstante, resulta evidente que se ha incrementado la cifra de inmigrantes represaliados y/o asesinados y son escasas las voces que se alzan para denunciar o protestar. Sólo algunos canales de información a través de redes sociales, administrados por inmigrantes, van haciendo visible un registro de estos casos que no son televisados. Y es que ningún abrazo a la diferencia brinda la sociedad chilena decidida a replicar los discursos de odio que dictan los poderosos con la intención de dividir a los oprimidos.

La condición inmigrante supone haber vivido el despojo de recursos, el sostenerse única y exclusivamente a través de la fuerza de la mano de obra propia. Esto difiere de la realidad de extranjeros que logran asentarse en un país gracias al traslado de sus capitales o a la incorporación a instituciones y estructuras de poder imperantes. Comprender esto es fundamental para que consignas orientadas a invisibilizar estas diferencias, no tengan cabida en el imaginario social. No podemos permitirnos forjar relaciones de semejanza entre inmigrantes despojados y extranjeros acumuladores. Y por mucho que nos cueste, también debemos comprender las diferencias entre esta clase despojada que somos los inmigrantes y la clase obrera chilena. Porque el Estado chileno y su marco jurídico, no garantiza los mismos derechos para todos. Los trabajadores inmigrantes estamos hoy acorralados por el Estado chileno.

Quienes desde nuestra condición de inmigrantes hemos hecho intentos por organizarnos desde las clases oprimidas en esta región, sabemos certeramente que lo primero a lo que se debe hacer frente es al prejuicio xenófobo que pesa sobre nosotros. Debemos “convencer” a quienes se deciden a escucharnos, que no somos fachos, que la nuestra no es una experiencia de aspiraciones consumistas frustradas en contexto comunista, sino una experiencia de aspiraciones libertarias truncadas por gobiernos militaristas. Que el nuestro no es un mero despecho anticomunista sino un profundo descreimiento político. Y aún así, aunque logremos convencer a veces, va siendo difícil que nos hagamos bien acompañar.

Hasta el momento, la persona migrante sigue siendo vista por sectores progresistas como un objeto de estudio y jamás como un otro con el cual organizarse. Este paternalismo e instrumentalización lo aprendieron en las universidades y lo replican hasta en los espacios que se pretenden más liberados. Será necesario desterrar a las instituciones y sus discursos racistas y xenófobos para que nuestras prácticas al margen de ellas puedan desembarazarse de toda lógica autoritaria destinada a separarnos en función de cualquier diferencia. Será necesario asumir nuestras diferencias como un motor del aprendizaje, de la construcción colectiva y del deseo por comprendernos en un nosotros auténticamente íntegro. De otro modo, habrá triunfado la ficción militar que, dibujada con puntos y rayas en los mapas, separa nuestros anhelos de la más plena libertad social.