viernes, 26 de junio de 2015

Yo canto a la diferencia



Este mi relato es una ofrenda a la conciencia
de mis compañeras de viaje en bus,
de mi compañero de viaje
y de quienes me han despedido
en las terminales


Antes del punto y la raya, moverse era lo común. Migrar no era ni un acto para presumir valentía ni una razón para la cursilería. Sólo tras la constitución de los estados-naciones, las fronteras, los pasaportes y visados se hicieron la norma. Quedamos así supeditados a los límites impuestos por las burguesías que se suceden en el poder y atendemos a ellos en nombre del escudo, la bandera, el himno o cualquier iconografía nacionalista promovida desde la escuela. Cantamos y lloramos una ficción nacional. Fuimos hijos de la tierra. Somos hijos del papel sellado.

Decidí partir. Por muchas razones partimos.
'Partimos para ver el otro lado de la aurora', canta el poeta árabe.

No planifiqué convertirme en migrante. Y sin embargo los eventos se sucedieron de modo que me vi con mi mochila y una almohada en la terminal de Rutas de América, en Caracas. A mi alrededor, hombres y mujeres, trabajadores todos, alistaban los últimos detalles para su embarque, besaban a quienes dejaban en la vorágine caraqueña y lloraban una partida tal vez definitiva a sus lugares de origen. La Venezuela de Chávez, que en un principio acogió tan bien a todo 'hermano latinoamericano' ya no anda tan bondadosa (ni con el propio ni) con el foráneo, ni siquiera con el que gusta del 'turismo revolucionario'. Por eso el hombre que va sentado a mi derecha se regresa a su Perú natal tras 20 años de trabajo en Venezuela. Siente que ya no puede estirar su salario de obrero para mantenerse y dar apoyo a la mujer y los hijos que deja. “Yo los mando a buscar en lo que me instale”, se promete en voz leve.

A mi izquierda viaja un hombre venezolano que irá a Quito -de paso- por razones que no alcanza a explicarme con certeza. Es un hombre de unos cincuenta y cinco años y me explica desde “el mérito de mi formación como ingeniero”, todo el descalabro de la industria eléctrica nacional. “La culpa es del chavismo -sentencia- que no atiende al principio de la meritocracia”. Mi ignorancia en lo que a la historia de la industria eléctrica se refiere es mucho mayor que yo, pero no desconozco los muchos casos de corrupción protagonizados y avalados por el chavismo que dieron al traste con diversas empresas e iniciativas colectivas. Pienso que el viaje promete ser largo y no quisiera lidiar con los efectos de un conflictivo debate sobre la meritocracia y su carácter principal a toda desigualdad social. Así que opto por escuchar sus razones y contener las líneas de expresión en mi rostro. El chavismo nos robó la razón a todos, en un momento u otro, en mayor o menor grado. ¿Quién puede afirmar que salió ileso del chavismo?

La guardia nacional bolivariana hizo bajar del bus a una mujer joven con documentos colombianos. Su 'falta' era no portar la tarjeta de vacunación, eso le argumentaron. Sin embargo, cuando la mujer volvió al bus y los pasajeros indagaron la causa del retraso que a todos nos afectaba, ella contestó: “Nada, que soy colombiana. Me habrán visto cara de guerrillera”. Esa misma muchacha nos contó que su infancia fue testigo de los horrores del desplazamiento. Tanto el ejército como la guerrilla llegaban a los pueblos sirviéndose de lo que estos producían, desde las legumbres hasta los hijos. Venezuela también expulsa a 'la hermana Colombia' entre eufóricos alaridos de xenofobia institucionalizada. ¿El Orinoco y el Magdalena se abrazarán entre canciones de selvas?

El señor Manuel pertenece a la flota Rutas de América. Por lo bajo, achicando el tono segundos antes festivo, este hombre nos cuenta-confiesa que sólo una vez en muchos años de viaje, la guerrilla colombiana detuvo un bus en tránsito por el 'atajo' que tomaba la empresa. “Nos bajaron a todos, nos dieron una charla y, rifle en mano, nos pidieron una colaboración voluntaria.” Quien ha sido tocado por las 'sutilezas' del autoritarismo, suele contarlo siempre en voz muy baja. Pero un día la palabra romperá nubes.

Antes de cruzar la frontera Colombia-Ecuador, sentí descender la sangre de mi útero. Fui al baño del puesto migratorio colombiano, pero la mujer que vendía papel higiénico frente al lugar me impidió la entrada. “No tengo dinero, pero necesito el baño con urgencia”, le dije sinceramente. Ella se atravesó en la puerta y me dijo: “Acá las cosas no son así. Si no paga, no entra”. “¿Y es que no es este un baño público?”, le repuse. “Es público, pero no gratuito”. Me sangró hasta la conciencia de clase. Llegué a Ecuador partida por la mitad.

“Últimamente vienen muchos compatriotas suyos. Por ese tema de las divisas”, me dice sonriente el dueño del hostel quiteño en el que decidí pasar la noche. Supongo que querrá saber si vengo por las mismas razones. Supongo que querrá ofrecerme algún lugar idóneo para 'raspar cupo'. Sólo entonces y como reacción defensiva de lo que tontamente considero íntegro, verbalizo mi verdad sin dolor alguno: Yo estoy emigrando.

El taxista que me llevó hasta la terminal de Quitumbe me habló del sueño integrador de Bolívar y dijo que le dolía mucho la situación de Venezuela, que era el momento justo para demostrar 'solidaridad latinoamericana'. “Los venezolanos acá son bienvenidos” dijo y dibujó para mí los más gratos panoramas que su imaginación pudiera brindar, “por si usted, mija, quisiera instalarse acá”. Si todos los discursos usaron la vocación solidaria de los pueblos para elevar al mismo tiempo promesas y traiciones, ¿cuántas otras vueltas dará la noria? ¿No será acaso el momento justo para comenzar a descreer para crear? ¿La solidaridad de los pueblos puede estar en consonancia con los intereses de las burguesías que nos gobiernan? Que ningún discurso 'latinoamericanista' nos estafe de vuelta. La integración que quieren los de arriba se llama IIRSA y a nosotros nos basta con sabernos hijos de un mismo despojo. Yo abracé la inocencia de Vinicio, el taxista quiteño, pero supe que ella no nos salvaría.

En el bus que parte de Lima hay una clara mayoría de migrantes colombianos. Entre ellos destaca una pareja de recién casados. Tienen la piel tan negra y brillante como el azabache y se les nota en constante nerviosismo. Una amiga de ellos se acerca a mí para conversar y no puede evitar hacer referencia a los jóvenes: “Tienen miedo de que no los dejen pasar. ¿Te has fijado cómo los miran?” Y sí, aquel par lograba arrastrar consigo las miradas de quienes poca negrura han visto en sus playas. La amiga colombiana, trabajadora de una empresa de diseño gráfico, me habló con dolor del racismo vivido en la región chilena: “Creen que una emigra porque se está muriendo de hambre y quieren tratarnos como a putas.” Entonces sentí que había cuota de exageración en aquella dolorosa exclamación. Luego me asomé a un 'Café con piernas', escuché hablar de 'las culombianas que colman las noches de Santiago', miré las crónicas del fútbol Venezuela Vs Colombia en la televisión pública chilena (Se trataba de medir qué cuerpos se ajustaban mejor al estereotipo aceptado, si el de las mujeres venezolanas o el de las colombianas) y constaté la asquerosa estereotipación de la mujer caribeña en el sur. Un racismo que sumado al sexismo, multiplica el hedor.

La mujer alta y delgada que trabaja de camarera regresa a Chile con los dos hijos que ocho meses atrás había dejado a cargo de la abuela en Colombia. Ahora que ha logrado estabilizarse, vuelve a ser la cuidadora de los suyos. En la mirada que deja reposar sobre sus niños hay algo de asombro conjugado con mucha ternura. A su niña le está cambiando el cuerpo y ya la escualidez empieza a cobrar redondeces. Y a su niño le cuesta serenar la angustia de un viaje tan largo. Además los agobia el mareo y el dolor de panza. Les ofrezco una manzana y la sonrisa es breve, de justa cortesía, como las palabras reverenciales de aquella tonada vecina.

Mientras pasábamos la costa peruana, una de mis compañeras de viaje verbalizó mi justo pensamiento: “¡Qué mar tan feo!” Juzgábamos así, con nuestros ojos caribe, las aguas que nos dieron a probar el más delicioso ceviche. Nadie es inmune al terruño. Ahora descendíamos del bus y quizá de tácito y común acuerdo ninguna se animaba a mirar el cielo para evitarnos el juicio. Sería el cielo de Santiago nuestro nuevo cobijo, con sus grises y sus chisgarabíses. Tendríamos, como la Violeta, que elevar un canto a la diferencia.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Acoso callejero y Estado policial



La masa enardecida en hora pico me arrastró hasta el fondo del vagón. Cuando el tren emprendió su marcha y hube logrado hacerme de un espacio propicio, saqué mi libro y continué la lectura. Dejé de atender agudamente al texto para fijarme que el roce que sentía contra mis nalgas fuese sólo el del bolso de algún pasajero, de algún igual. No vi bolsos, pero tampoco actitudes sospechosas en los hombres que viajaban a mis espaldas, así que traté de retomar la lectura. No obstante, el roce continuó pasados unos minutos y esta vez lo dejé avanzar para corroborar mis sospechas. La mano se coló hasta rozar mi vulva y fue entonces cuando me volteé ya segura de la agresión y golpeé la espalda del infame, le arranqué los audífonos con los que fingía abstraerse de su entorno, lo insulté y le deseé una muerte violenta. Aunque grité para todo el vagón el porqué de mi arrebato, nadie se solidarizó conmigo. Todos me miraron como si yo fuese una desequilibrada y aquel hombre, la víctima indefensa de una loquita violenta.

Ese día lloré hasta llegar a la oficina en la que trabajaba. Cuando comenté lo que me había ocurrido recibí comentarios que iban desde “es lo normal, nos pasa a todas” a “eso te pasa por andar tan bonita”. Entonces sentí que el ultraje era continuado, que la agresión no paraba allí, porque resulta sumamente violento no encontrar solidaridad por parte de tus pares sino esa increíble tendencia a naturalizar las agresiones machistas o a considerarlas consecuencia de una provocación que causas por el simple hecho de ser mujer o tener determinados rasgos físicos o vestirte de cierto modo. No podía ser de otra manera, yo trabajaba en una oficina donde las agresiones machistas eran el pan de cada día porque la estructura organizativa y jerárquica estaba minada de vicios patriarcales. Llegado a ese punto, yo no sólo había sufrido “acoso callejero” sino algo mucho más complejo: yo había sido víctima de la violencia machista. Una violencia machista que ejerció no sólo el hombre que metió su mano entre mis piernas sino que ejercieron todos los pasajeros del vagón que optaron por desatender mi reclamo y mirarme con desprecio. Violencia machista que también ejercieron mis compañeras de la oficina al naturalizar aquel evento o al culpabilizarme por él. Queda perfectamente claro que a las mujeres jamás nos alcanzará con elevar consignas contra el llamado “acoso callejero” si no damos la pelea por desmontar toda una estructura de violencia patriarcal.

Pero, ¿cuál es la primera imagen que se viene a nuestras mentes cuando escuchamos la frase “acoso callejero”? Lo más seguro es que nuestro imaginario se colme de agresiones verbales a mujeres transeúntes por parte de los trabajadores de la construcción o, efectivamente, tocamientos no autorizados entre usuarios del transporte público. Lo cierto es que las consignas contra el acoso callejero casi siempre dejan de lado un análisis estructural de la violencia y se limitan a una perspectiva altamente clasista en donde el machismo del obrero, del trabajador que usa el metro, es el único que hay que combatir. Nada se dice del machismo institucional, del machismo que ejercen funcionarios, patrones, gerentes, militares. Sobre ese jefe de oficina que recluta mujeres jóvenes para manipularlas emocional y psicológicamente, llevarlas a su cama y hacerlas luego cómplices de actos de corrupción, nada se dirá en las protestas contra el acoso callejero. Las consignas contra el acoso callejero dejan de lado el necesario cuestionamiento sobre la violencia a la que son sometidas muchas mujeres trabajadoras, deja de lado la violencia sexista que afecta a la infancia, a la lesbiana por ser lesbiana, al gay por ser gay, al transexual por ser transexual. Reducir la lucha contra la violencia machista a la batalla contra el acoso callejero es un acto profundamente clasista que termina por desvirtuar la imagen del verdadero objetivo a destruir, que no es otro que el sistema capitalista patriarcal.

Los prejuicios clasistas que soportan muchas de las campañas contra el acoso callejero también permiten que surjan publicidades como la titulada “Hungry Builders” de Snickers, que básicamente asocia el comportamiento machista con el hambre de los trabajadores. O los “experimentos sociales” en los que una mujer “se disfraza de obrero” para piropear a hombres transeúntes. ¿Podemos las feministas libertarias ser partidarias de este tipo de razonamientos? Honestamente, no lo creo. Los prejuicios clasistas también dan pie al surgimiento de iniciativas como las de los vagones sólo para mujeres, que representan la certeza de que la convivencia popular en respeto es imposible y por tanto toca separarnos en el orden binario que impone la misma sociedad héteropatriarcal y capitalista que soporta la violencia que padecemos. Los prejuicios clasistas también permiten la policialización de los sistemas de transporte público, como es el caso del Transmilenio de Bogotá, en el que mujeres policías vestidas de civil asumen que “la idea es ser una tentación” para poder identificar, individualizar y judicializar a posibles agresores sexuales. ¿Acaso las mujeres debemos esperar que las fuerzas represivas de los Estados, instituciones inherentemente patriarcales, sean las que nos defiendan de agresiones machistas? ¿Esta lógica policial es coherente con las luchas que las mujeres elevamos desde una perspectiva feminista o será el acoso sexual callejero la excusa con la que los Estados pretenden agudizar sus mecanismos de control e intimidación contra la población y la clase trabajadora en especial (que es la que mayoritariamente usa el servicio de transporte público)?

Que nuestras consignas contra el acoso callejero estén siendo empleadas por los Estados para consolidar mecanismos represivos debería llamarnos a la revisión, pues resulta por lo menos sospechoso que de repente se destinen cuantiosas sumas de dinero para “combatir el acoso callejero”. ¿Quién determinó que las prioridades de las mujeres eran justamente esas? En el contexto latinoamericano las llamadas leyes “antiterroristas”, requisitos del FMI y el BM para garantizar confianza entre las burguesías, están sirviendo para avalar montajes contra luchadores sociales y criminalizar cualquier tipo de protesta. Incluso en países como Venezuela, en donde hay un gobierno que se dice socialista y que en algún momento gozó de un considerable apoyo popular, esta legislación fue aprobada y ha servido al gobierno para criminalizar las huelgas obreras, promover la infiltración de “informantes anónimos” y convalidar montajes judiciales. En Venezuela hay más de dos mil quinientos dirigentes campesinos, trabajadores, activistas comunitarios y luchadores judicializados gracias a esta ley. Las feministas latinoamericanas no podemos darnos el lujo de desatender esta realidad y avalar campañas o iniciativas que con la excusa de combatir el acoso callejero puedan servir para criminalizar a la clase trabajadora. Por eso es preocupante que en Chile, la directora ejecutiva del Observatorio contra el Acoso Callejero, María Francisca Valenzuela, se pronuncie en favor de las “brigadas anti-manoseos” de Transmilenio-Bogotá y sugiera que “claramente debería ser considerada por las autoridades del país” (1). ¿Acaso esta funcionaria desconoce todas las denuncias que han hecho las mujeres de su país contra las agresiones sexuales que han recibido por parte de Carabineros de Chile en el marco de protestas sociales? (2) Parece increíble que se pueda dar la espalda a la realidad en nombre de una campaña financiada por la ONU y la UE. ¿Increíble? Qué va… de lo que se trata es de mantener las subvenciones y los convenios empresariales, por supuesto.

Y de hecho, más recientemente la OCAC Chile se ha colocado sobre la palestra pública no sólo con la participación directa en la redacción de proyectos legislativos, sino en campañas que incentivan el consumo de los servicios prestados por empresas privadas que dicen estar al servicio de la lucha antipatriarcal otorgando a las mujeres “respeto y seguridad”. (3) Y así, al tiempo en que engorda la columna de ingresos de SaferTaxi, la OCAC garantiza su participación en la consolidación del Estado policial al dictar formación a las fuerzas represivas. En este sentido, el mismo carabinero que persigue a las mujeres inmigrantes que se buscan la vida en la calle vendiendo ensaladas, tejidos o sopaipillas… el mismo que otorga palizas bestiales a los hombres inmigrantes de la clase trabajadora cuando el color que llevan en la piel es demasiado oscuro para el sentido estético que legó el Pinochetismo… ese mismo carabinero podrá decirse al servicio del feminismo OCAC. (4)

Todas estas campañas promovidas por la institucionalidad burguesa se sustentan sobre la idea de que la mujer es un ser vulnerable y pasivo que demanda la protección de las fuerzas represivas del Estado. Por ello son funcionales al sistema capitalista y patriarcal y por ello debemos hacerles frente con ojo crítico y desmontar toda la carga opresiva que suelen traer consigo.

Lo que trato de acotar en estas líneas es que el tema de las agresiones machistas no debe dejar de lado una perspectiva de clase que nos permita profundizar en mecanismos de combate mucho más efectivos. Corresponde entonces cuestionar desde la raíz. Y la raíz siempre nos conmina a empinar el tallo. Somos las mujeres las que debemos garantizar nuestra propia defensa, nada debemos esperar de las instituciones represivas.

Las mujeres debemos tomar consciencia de nosotras y para nosotras. Cuando el cuerpo de una mujer es expuesto por vallas publicitarias bajo cánones sexistas, las expuestas somos todas. Cuando el cuerpo de una mujer es comprado para satisfacer apetencias sexuales, las compradas somos todas. Cuando el cuerpo de una mujer es violentado por el simple hecho de ser un cuerpo de mujer y ocupar un espacio público, las violentadas somos todas. Por ello, uno de los mecanismos colectivos de defensa que debemos comenzar a desarrollar tiene que ser bajo esta certeza. En la medida en que seamos solidarias las unas con las otras, que salgamos en defensa de la mujer que también somos, en esa medida iremos construyendo sólidas formas de resistencia ante el sistema héteropatriarcal. Que ninguna mujer naturalice la violencia contra otra mujer, que ninguna culpe a otra de portar “tentaciones” en su cuerpo. Ya basta de multiplicar el machismo estructural y ocupemos los espacios públicos con la determinación de la defensa.

Una disposición individual y colectiva para la defensa ante las agresiones machistas en todos los ámbitos del quehacer social tendría que garantizar el desarrollo de estrategias para la autodefensa. Confrontar al acosador es necesario. Sea el obrero de la construcción o el gerente patrón, ese hombre deberá recibir la solidez de nuestras miradas y la altivez de nuestras voces sin miedo. Deberá escucharnos decir en alta voz que su opinión sobre nuestros cuerpos no nos interesa, que sus actos han vulnerado nuestros espacios y que deberá crecerse en autocontrol si querrá convivir en sociedad. El machista ha sido educado para concebir a la mujer como un cuerpo que pasa. Y nuestro silencio evasivo no ayuda. Así que lo mejor será detenernos y hacernos escuchar. Las feministas no queremos “brigadas anti-manoseos”, pero estamos dispuestas a ser pandilla justiciera. Exigimos respeto y lo forjaremos por cuenta propia.



Notas




miércoles, 1 de enero de 2014

El antifeminismo de Rafael Correa: Los límites de los gobiernos “progre”



El 28 de diciembre y como para sorprender a los inocentes que aún creen en el supuesto carácter progresista del gobierno de Rafael Correa, el mandatario ecuatoriano acudió a su acostumbrado mitin sabatino para dar rienda suelta a toda su homofobia y antifeminismo. Alegando que son "fundamentalismos" los que pretenden incorporar la perspectiva de género en la educación, Rafael Correa sentencia que "a los niños hay que dejarlos en paz".

El Presidente ecuatoriano dice apoyar al "movimiento feminista por igualdad de derechos" pero… "¡De repente hay unos excesos, unos fundamentalismos en los que se proponen cosas absurdas: ya no es igualdad de derechos, sino igualdad en todos los aspectos, que los hombres parezcan mujeres y las mujeres hombres: ¡ya basta!". Evidentemente, Correa desconoce que todo feminismo aboga por la igualdad de derechos entre los seres humanos y antepone sus prejuicios para con el término cuando cataloga de "exceso" al necesario cuestionamiento de los roles que se asignan en función del sexo biológico. Rafael Correa seguramente se sentiría más cómodo en medio de un feminismo más parecido al que propugnaba Hugo Chávez, uno en el que los roles de género no fuesen cuestionados, los estereotipos siguiesen intactos, las mujeres de la cocina al tocador y los "hombres que parecen hombres", ¡en la política, sí señor!

Correa no pudo evitar dar gracias a su dios macho, blanco y heterosexual en medio de tanta efervescencia católica: "¡Porque somos, gracias a Dios, hombres y mujeres diferentes! ¡Complementarios! ¡Y no es que se trate de imponer estereotipos! Pero ¡qué bueno que una mujer guarde sus rasgos femeninos! ¡Qué bueno que un hombre guarde sus rasgos masculinos! ¿No? Y bueno, todo el mundo es libre… el hombre de ser afeminado, y la mujer de ser varonil. Pero ¡yo prefiero la mujer que parece mujer! ¡Y creo que las mujeres prefieren hombres que parecemos hombres!" Tampoco puede, en medio de semejante discurso, dejar de anteponer su ego y las preferencias que le motivan. Ello, de por sí, no estaría mal si no se tratase de una figura presidencial que desde las cumbres del poder constituido se cree con el derecho de conducir las preferencias de las personas a las cuales gobierna y además colocar peros a las libertades de sus ciudadanos y ciudadanas.

Días antes, el 13 de diciembre, ese mismo Rafael Correa se había reunido con ocho miembros del colectivo LGBT de Guayaquil. Ante estas personas se comprometió entonces a defender los derechos de la población lésbica, homosexual, bisexual, transgénero e intersexual. Por supuesto, no dejó de hacer hincapié en que era esa la primera vez que un Presidente se reunía con representantes de dicho sector. (¡Dense con una piedra en los dientes, por favor, más agradecimiento!) Correa también se comprometió entonces a establecer una comisión que siga la pista de varios asesinatos cometidos contra miembros del colectivo, a someter a revisión las leyes enviadas a la Asamblea en torno a la salud, educación y empleo, a promover mediáticamente los derechos de la diversidad sexual y a formar servidores públicos con perspectiva de género. Por supuesto, nada de esto trascendió el mero palabrerío, una foto con banderita arcoíris y una muy forzada y masculina sonrisita, por si acaso. Quince días después, el Presidente mandaría a volar sus conversaciones con aquella agrupación LGBT y daría rienda suelta a su profundo desprecio por lo que él cataloga despectivamente como "ideología de género".

Para Correa, son "barbaridades" aquellos postulados según los cuales el rol de género no es determinado por su sexo biológico. "¡No son teorías, es pura y simple ideología!", afirma impetuoso mientras el Siglo XX vacila bajo sus pies. Por eso se posiciona convencido contra la educación de niñas y niños desde perspectivas de género y asume que hay que tener mucho cuidado con esas cosas: "Yo respeto mucho eso. Pero lo que tampoco es correcto es que lo traten de imponer sus creencias a todos, el que básicamente no existe hombre y mujer natural, el que el sexo biológico no determina al hombre y a la mujer, sino las ‘condiciones sociales’. Y que uno tiene ‘derecho’ a la libertad de elegir incluso si uno es hombre o mujer. ¡Vamos, por favor! ¡Eso no resiste el menor análisis! ¡Es una barbaridad que atenta contra todo!".

Correa asume también su defensa ante las reacciones que sabe ha de generar su encendido discurso antifeminista: “¿Me van a decir conservador por creer en la familia? Pues creo en la familia, y creo que esta ideología de género, que estas novelerías, destruyen la familia convencional, que sigue siendo y creo que seguirá siendo la base de nuestra sociedad.”

Son prejuicios morales los que enarbola Rafael Correa, prejuicios morales sostenidos sobre la base de una formación católica. Esos prejuicios, a estas alturas de la historia humana, chocan flagrantemente contra la aspiración de sociedades más justas, más libres. Que Rafael Correa considere a la familia "convencional" (heteronormada) como base de la sociedad, está bien. Pero que como gobernante asuma que es su perspectiva religiosa la que debe imponerse, ese es un gravísimo despropósito. Él exige no sea impuesta una "ideología de género", pero se cree con derecho a imponer sus prejuicios a toda la sociedad ecuatoriana.

Hay algo en lo que Correa tiene total razón: Ha sido la familia "convencional" la "base de la sociedad". Y cuando hablamos de la sociedad que conocemos, tenemos que referirnos a su carácter capitalista y patriarcal. Entonces, ciertamente, esa familia ha cumplido la función, en primera instancia, de forjar los valores claves para la constitución de sujetos para el capitalismo. En el seno de la familia "convencional" se nos enseña una distribución de roles que va a naturalizarse de lleno gracias a lo que aprenderemos en la escuela. Y la escuela, a su vez, nos "enseñará" según seamos niñas o niños: Las niñas podrán formarse para ser maestras, enfermeras, secretarias… Los niños recibirán una formación idónea para ser médicos, empresarios, politólogos, arquitectos. La mayoría, en definitiva, mano de obra para sostener el sistema capitalista.

En este sentido, si somos capaces de cuestionar el carácter opresivo de las instituciones capitalistas, ¡por supuesto que esa familia "convencional" debe ser cuestionada! Deben ser cuestionados esos valores que desde los hogares van preparándonos para una distribución injusta de los roles sociales. Esa familia "convencional" en la que la madre se ocupa de la cocina, el padre lee la prensa, el niño juega con carritos y la niña con muñecas… ¡esa familia debe ser cuestionada! Y sin duda alguna, nuestra sociedad debe integrar definitivamente a las diversas constituciones familiares que en la realidad se hacen presentes. ¡Son mayoría los hogares de madres solteras! ¿Por qué habríamos de resistirnos a reconocer como familia a la pareja de homosexuales o lesbianas que han decidido convivir y que un día quieren asumir roles de crianza? ¿Por qué nos habríamos de resistir ante el derecho que tienen los seres humanos a forjar una familia con base en lazos de afecto, sea esa familia constituida por dos, tres o más personas de distinto o mismo sexo? ¿Quién es Rafael Correa para imponer su particular creencia religiosa como la norma de lo que debe o no debe ser una familia?

En definitiva, el reto que se presenta ante los movimientos feministas del continente es enorme. Los gobiernos que han querido presentarse como "progresistas", cada día instauran más claros límites entre ese "progresismo" y las aspiraciones de emancipación de nuestros pueblos. En la medida en que seamos capaces de reconocer esos límites y procurarnos estrategias de abordaje en una lucha signada por la defensa de las conquistas sociales, obtenidas en los últimos años, y el enfrentamiento cabal contra las políticas conservadoras que ellos mismos son capaces de propugnar, estaremos avanzando con certeza hacia la construcción de sociedades menos injustas. Pero si por el contrario cedemos en la lucha ante los límites que imponen estos gobiernos, si somos dóciles y conformistas, no sólo estaremos poniendo en riesgo las pocas conquistas sociales obtenidas sino que garantizaremos nuestra plena derrota histórica.

Publicado originalmente en: LaClase.info

viernes, 6 de diciembre de 2013

Carmen Fernández: “Las mujeres discuten más que los hombres”

Entrevista a Carmen Fernández Romero, cacica de la comunidad de Kuse


La primera vez que vi a Carmen, ella andaba de la mano de su hija Ana María. Pocos días antes habían matado a Alexander (su hijo) y quienes desde la capital nos movilizamos bajo un grito de protesta, topamos con el corazón resentido y triste de “Anita”, que así llaman a la cacica. Se apoyaba, sin dudas, sobre el coraje de una hija que antes había dicho que no era bueno andar peleando tierras y que ahora sentía la necesidad de continuar la lucha por la que perdió a su hermano. “Nos beberemos la sangre de todos tus hermanos”, le dijeron los sicarios -ligados a los cuerpos policiales- a Ana María, y ella alzó a su madre en un puño y se fue a pelear a Caracas. La voz de Carmen, ante los burócratas que nos recibieron entonces en la Comisión de Asuntos Indígenas de la Asamblea Nacional, no tembló jamás. Ella narró los hechos relacionados con el brutal asesinato de su hijo sin que se le quebrara la voz. Cuando terminó de hablar, sólo el soplo de narices se escuchaba en una sala en la que nos habían sido arrebatadas las lágrimas y nos había bañado la vergüenza. No obstante, el crimen contra Alexander y dos yukpas más en la Hacienda Las Flores sería cubierto por el manto de la impunidad bajo la anuencia de esas mismas autoridades, para que menos de un año después algunos de estos sicarios fueran contratados nuevamente para asesinar a Sabino Romero.

Hoy me vuelvo a encontrar con “Anita”, que esta vez regresa a Mérida para alzar su voz en nombre de la lucha por la autodemarcación de los territorios para su comunidad. Camina con la lucha, con Sabinito y con Lusbi Portillo. Son guerreros que colman con su sola presencia los espacios de discusión, pues nadie puede dejar de reconocer la trascendencia de la lucha yukpa en el marco de los conflictos por el territorio indígena. Cuando el simposio sobre demarcación territorial indígena organizado por el Grupo de Trabajo Sobre Asuntos Indígenas de la ULA está por terminar, invito a Carmen a que nos retiremos un rato para grabar una entrevista. Le explico, antes de empezar, que así como creí siempre en la fortaleza y dignidad de Sabino, creo hoy en la fortaleza y la dignidad de sus hijas, de ella y de todas las mujeres que hoy sostienen esa justa lucha. Carmen asiente y sonríe. Esta entrevista con “Anita” es una invitación a forjar el tiempo del corazón materno…

CG: ¿Qué papel han cumplido las mujeres de tu comunidad en la lucha por el territorio? ¿Cómo es la lucha de las mujeres de tu comunidad?
CF: Bueno, nosotras las mujeres allá en la comunidad somos unidas todas las mujeres de allá de la comunidad. Y con Guillermina, Zenaida, Lucía, Marilín… Entre Chaktapa y Kuse estamos unidas las mujeres. Nosotros peleamos unidos. No desunidos, sino unidos en la demarcación de las tierras. Peleamos con los ganaderos, con los campesinos, y así estamos entre las mujeres. Si viene alguien allá adonde nosotros, las mujeres son las que discuten más que los hombres. Y bueno, así estamos.

CG: Carmen, cuéntanos cómo llegaste tú a ser cacica, por qué te nombraron a ti como cacica y qué es lo que te toca hacer por la comunidad kuse.
CF: Ah, bueno, a mí me nombraron ser cacique porque el primer cacique de allá, llamado Salvador Romero, él se fue de la comunidad a otra comunidad. Y nos quedamos nosotros ahí, la familia. Entonces otra cacique mayor que yo, llamada Reina, entonces ella me dijo: “¿Cuál es la cacique de esa comunidad?” Y yo le dije: “No, el cacique de ahí se fue”. Y ella me dijo: “Bueno. Si él se fue, tú tienes que quedar como cacique ahora, porque esa comunidad no puede quedar sin cacique.” Mi papel como cacique es que tengo que estar luchando, así como ahora, por la demarcación, la lucha por las tierras. Eso es lo que me toca a mí.

CG: Así como tú perdiste a Alexander y a José Luis, dos hijos, en la lucha por la autodemarcación, así otras mujeres han perdido a sus compañeros. ¿Cómo es la situación tuya, de ellas, ahora que esos hombres no están? ¿En qué ayudaban ellos a la comunidad?
CF: Ellas quedaron solas y ahora ellas tienen que trabajar para mantener a sus hijos. Porque ellas antes no trabajaban, quienes trabajaban eran los hombres. Los hombres se encargan de la cosecha. Cuando a José Luis lo mataron, él estaba haciendo un curso de enfermería. Y Alexander, él sembraba. Tenía una siembra de cacao. Después que lo mataron esas siembras se quedaron así y tú sabes que yo como madre, yo tengo que estar viajando y quedaron esas siembras allá. Nadie se está encargando de eso.

CG: Nos contaste que dos de tus hijos y uno de tus nietos, el hijo de José Luis, están estudiando en un internado en Barquisimeto. Recién ahora, en las vacaciones de diciembre, podrás estar con ellos. ¿Por qué debiste enviarlos tan lejos de tu comunidad?
CF: Porque allá donde estoy yo, no hay colegio. Bueno, sí hay colegio, pero piden muchas cosas. Piden colaboraciones. Entonces nosotros no tenemos cobres como dar la colaboración todas las semanas. Y en ese internado, allá no piden nada. Ellos allá tienen comida, tienen todo. Más bien allá nos dijeron que cobres no se les podía dar a ellos porque agarran otro vicio.

CG: ¿Cuáles son los problemas más graves que enfrentan todos los días las mujeres indígenas en medio de esta lucha histórica por el territorio?
CF: El problema de todos los días era con los muchachos, pero como los muchachos ya están lejos ya de ahí y solamente tenemos que buscarlos cuando les den las vacaciones… entonces está el trabajo de nosotros ahí, que tenemos que ir a ver la siembra, lo que sembramos. Si es yuca, si es plátano… bueno, para el servicio de ahí mismo. Esa es la tarea.

CG: Échame un cuento… si allá una mujer no quiere tener hijos, ¿cómo hace, toma pastillas o ustedes tienen sus hierbas?
CF: Bueno, ahora sí, ahora las mujeres de allá se están cuidando con pastillas. Pero antes no. Ni pastillas ni nada. Tú sabes que ahora está la de Chávez, ¿cómo es que se llama? ¡El CDI! Ahí a veces las dan. Otras veces las compramos también. Pero sí hay hierbas porque yo, después que nació Coromoto, yo me tomé unas hierbas. Pero eso es como líquida, hay que tomarlo todos los días y hasta que se termine ese frasco. Pero ya las mujeres no usan de eso, sólo las pastillas. Allá hay mujeres que no quieren tener hijos pero no por… es por la necesidad de la comida, del alimento, cuando se enferman, la ropa, el estudio… así como me está pasando con Coromoto, que no tengo ni para eso. Pero así me queda bien que ella esté retirado porque si están cerca me piden de todo, de todo, todo piden. En cambio allá… yo tengo una ahí, en cuarto grado. No me piden nada, solamente los pasajes para irlos a buscar.

CG: Supimos que cuando Alexander y Sabino estaban presos y ustedes los iban a visitar, los militares le faltaban el respeto a las mujeres. ¿Cómo fue eso?
CF: Sí, cuando nosotras íbamos para allá a Fuerte Macoa, en el batallón de Machiques, no nos dejaban entrar, nos quitaban la comida de Alexander y de Sabino. A las mujeres las metían en un cuarto a desnudar toda, a ver qué llevaban. Y nosotras decíamos que no llevábamos nada y todo nos registraban. Entonces nosotros peleábamos ahí, la familia de Sabino y yo, con la guardia. Y bueno, a veces entrábamos y a veces no entrábamos. A la familia de Sabino sí le faltaron el respeto.

CG: Tú sabes, Carmen, que así como hay un Ministerio de Asuntos Indígenas, hay también un Ministerio de Asuntos para la Mujer. ¿Ese Ministerio se ha acercado a ustedes? ¿Las ha apoyado en algo? ¿Conocen a la Ministra?
CF: No, nada. Nada, nada.

CG: ¿Qué le dirías tú a las mujeres watías para que sean solidarias con la lucha de las mujeres yukpa?
CF: Que nos acompañen en la lucha cada vez que vamos, así como ahora, para Mérida… Si vamos para Caracas… Si vamos para otra ciudad, otra nación, que nos acompañen, que luchen con nosotros, así como estamos nosotros luchando. Ahora se han acercado más indígenas ahora y también watías, como decimos. Ahora hay más indígenas, así como yo estoy viendo, pero nosotros primero estábamos solos nada más con Sabino y la lucha, no había más indígena. Las que nos apoyan bastante es en Caracas, la gente de Caracas. Nos apoya en Caracas Tibisay, un poco de mujeres nos apoya allá en todo, en la comida, en el colchón, en las sábanas. Ellas nos apoyan en eso, las mujeres de Caracas.

Carmen también me contó que aunque lo que siembran ella y los suyos sirve mayoritariamente para alimentar a esa comunidad, cuentan además con algunas vacas -otorgadas por un crédito del Estado- que de vez en cuando dan leche suficiente para hacer quesos que van a vender a Machiques. Es muy poco, dice, pero de eso viven. Algunas veces la siembra es un poco más grande y logran vender en los mercados. Logró sacar alguna vez dos sacos enormes de ají dulce, pero los revendedores se los compraron por un precio ofensivo que tuvo que aceptar porque no tenía más opción.

Así, el pueblo pobre, campesino, indígena y trabajador, sigue resistiendo los embates de una crisis económica producto de un gobierno profundamente corrupto. Y en el caso de los pueblos indígenas, esa resistencia es también ante las mil formas en que se expresa su histórica exclusión del quehacer nacional. A pesar de que continúa el cerco contra la lucha yukpa, y los crímenes contra Sabino y los hijos de Carmen siguen sin ser investigados, aunque el Plan de la Patria contemple la entrega de los territorios indígenas a las transnacionales y a pesar de manipulaciones y traiciones, la lucha yukpa está dignamente de pie con el impulso de aguerridas mujeres como Carmen Fernández.