sábado, 12 de abril de 2014

El Manual Introductorio a la Ginecología Natural y su aporte a una Educación Sexual Autónoma



Pabla Pérez San Martín, joven mujer habitante de la región chilena, comenzó su labor hace siete años y partiendo de su experiencia y necesidades inmediatas. Se observó, indagó y tomó decisiones en función de recuperar la autonomía sobre su salud sexual. En ese camino se creció como investigadora y educadora de sí y de (nos)otras y logró sistematizar todo ese proceso en un libro que hoy se presenta bajo el título de Manual Introductorio a la Ginecología Natural. Que el instinto de Pabla asumiera un claro enfoque inductivo en la investigación, se complementó con el hecho de que ésta se desarrollase también de forma independiente, que no mediaran contra ella las camisas de fuerza que suele colocar la academia. Esto constituyó una garantía del compromiso de la autora para con su forma de construir el conocimiento que hoy nos comparte. Al reconocer eso, también nos corresponde dar cabida a un respeto profundo por el trabajo de esta compañera. Y casi siempre es así -no por vocaciones meritocráticas alternativas- sino precisamente porque este trabajo de Pabla logra conmover las fibras de nuestra experiencia personal:

Cursando yo el segundo año de secundaria, durante las clases de Educación para la Salud, mi profesor manifestó sentir asco por el tema de estudio que nos correspondía entonces (Método de Billings). Y como un nutrido grupo de estudiantes le acompañaran en su desagrado e incomodidad, el docente dio ‘materia vista’ y saltó hacia el siguiente contenido del programa de estudios. Recuerdo que en aquel momento uno de mis compañeros se dirigió especialmente a mí y a la compañerita a mi lado, e hizo un comentario soez en relación con nuestro flujo vaginal. Yo guardé silencio ante la agresión del docente, guardé silencio ante la agresión de mi compañero y a esos dos silencios sumé la vergüenza. Ambos agravios, ocurridos en un mismo día, marcaron durante mucho tiempo mi relación con mi cuerpo y sus procesos.

Fue a mis veinticinco años e interesada por vivir un consumo más responsable, que topé con las toallitas de tela como opción reutilizable de bajo impacto ambiental. Los cambios físicos y psicológicos que se sucedieron en mí tras esa experiencia de menstruar sobre tela, fueron tan conmovedores que decidí dedicarme a la confección y promoción de estas alternativas. Fue mientras hacía esto que se acercó Pabla a mis días.

En el marco de la 4ta Conferencia Internacional de Partería en Córdoba, Argentina, Pabla me obsequió su presencia en mi hogar. En esos momentos de compartir, ella puso en mis manos su libro. Me emocionó entonces incluso las texturas de aquella obra. Esa edición artesanal, autogestionada, imperfecta, me pareció simplemente hermosa. Me dediqué durante las horas siguientes a leer aquel libro. No lo hice con los afanes correctores de la docente-editora que puedo ser sino con la curiosidad maravillada de la niña a la que siempre se le negó la educación sexual. Fue sin dudas una lectura que activó experiencias previas, que me hizo cuestionar la formación recibida en mi hogar, en mi escuela, e incluso la forma en que asumía mi sexualidad en el marco de una vida en pareja que entonces experimentaba. Fueron horas de fortísimas y dolorosas reflexiones. A la mañana siguiente le dije a Pabla que aquel trabajo me había resultado admirable y ella ni sonrió siquiera, me miró incrédula y agradeció que si tenía correcciones, se las hiciera notar para sumarlas a una siguiente edición. Esa incredulidad de Pabla fue para mí respaldo de su labor verdaderamente comprometida con la profundización del estudio. Nada susceptible al halago, a las rendiciones del ego escritural, Pabla es una investigadora en el mayor sentido de la palabra.

El Manual Introductorio a la Ginecología Natural es un documento de enorme valía entre quienes sentimos la necesidad de superar los obstáculos que nos ha impuesto nuestra punitiva socialización y recuperar los conocimientos ancestrales que la vida occidental, urbana, nos ha arrebatado. No se trata, en absoluto, de que el libro otorgue todas las razones, todas las soluciones, no. El libro que Pabla nos ofrenda es apenas una amena invitación que logra movilizar todos nuestros esquemas, nos permite poner en duda nuestra formación y avanzar hacia un proceso de recuperación de nuestra salud y autonomía. Es, a su vez, un libro de consulta permanente que siempre nos llama para buscar entre sus páginas alguna receta para nuestra hermana, amiga, prima, conocida. Nos invita, constantemente, a socializarlo. Se reconoce parte de los fuegos que nos robaron, hojas que intentan devolvernos el corazón materno que nos arrancaron.

Son cuatro los pilares que -desde mi punto de vista- sostienen este libro maravilloso: El reconocimiento de la opresión patriarcal-capitalista sobre los cuerpos y la salud de las mujeres; la compresión del valor de una sana alimentación; el registro de la importancia de recuperar el conocimiento sobre nuestros cuerpos-procesos y las plantas medicinales; así como el respeto por la madre Tierra.

Según la autora de este Manual Introductorio a la Ginecología Natural, “cultural y genéricamente [las mujeres] hemos sido la negación y al mismo tiempo el miedo de una sociedad patriarcal-falocéntrica, que nos ha visto como un enemigo insurgente…” Esta afirmación posee asidero en una historia que también nos ha sido negada. Es la historia de una era matriarcal que fue arrasada por la emergencia de religiones patriarcales. Los símbolos que enaltecían el poder creador-transformador de las mujeres fueron condenados al olvido, criminalizados en su mínimo asomo. De la criminalización surge el miedo y por ello, cada iniciativa que tomemos por recuperar lo perdido (la lucha por la despenalización del aborto, por el poder decidir cómo, cuándo, dónde y con quién-es parir), tendrá que enfrentarse a los poderes de la Iglesia, de los Estados y del Mercado. Comprender esto es vital para, al decir de Pabla, “unirnos, desearnos y querernos como serpientes, como úteros que palpitan al sonido de la rebelión del gigante dragón que arrasará con este horrible sistema capitalista y patriarcal.”

También será entonces necesario hacernos cargo de lo que consumimos. Forjar una comprensión de nuestras necesidades más básicas: aire puro, agua cristalina, y alimentos libres de tóxicos. Comprender esto es una tarea urgente si de verdad deseamos construir nuestra autonomía desde los actos cotidianos. En este sentido, Pabla nos ratifica que somos lo que comemos y bajo ese criterio sugiere un consumo saludable, rico en vitaminas y minerales, libre de cafeína, nicotina, alcohol y azúcar refinado. Cuando asumimos que “lo natural es mejor”, corresponde ejercer ese criterio con la mayor prestancia posible.

Por otra parte, el estudio de nuestros cuerpos y sus procesos, en pro de que el conocimiento acumulado se desprenda de todas las falacias patriarcales, también viene a ser parte ineludible de un proceso de recuperación de la sabiduría ancestral arrebatada. Por eso Pabla nos invita desde las páginas de su libro a, primeramente, autoexplorarnos, hurgar nuestro cuerpo, saborearlo, olerlo y aprender a reconocerlo. Se trata, en este sentido, de aceptar que ese cuerpo que habitamos es también un territorio de lucha en el que debemos dar la pelea por merecernos. Se impone de este modo una reinterpretación de procesos como la menstruación, la menopausia, el parto y el aborto. También se incluye un estudio en torno al útero, cómo recuperar la sensibilidad en él y cómo tratar ciertas molestias que le aquejan. No podría faltar, por supuesto, un apartado en relación con la fertilidad y los métodos naturales para la anticoncepción, el placer y el tratamiento las enfermedades de transmisión sexual.

Finalmente, el libro de Pabla incluye un breve herbolario cuya introducción nos remite a una serie de sugerencias que nacen de una vinculación armoniosa con la naturaleza. Nos invita, entre otras cosas, a construir nuestro propio huerto de plantas medicinales y a informarnos sobre cada una de las plantas, su siembra, cultivo, recolección, propiedades y formas de uso.

Hasta aquí, el trabajo de investigación que contiene el Manual Introductorio a la Ginecología Natural se presenta como un valioso aporte a la construcción de un nuevo enfoque de la sexualidad femenina, un enfoque desprendido de la patologización y medicalización propias de la industria farmacéutica que financia y orienta la formación de los médicos con los que hoy contamos. Este trabajo, estamos seguras, continuará profundizándose no sólo gracias a la voluntad de su autora sino al intercambio nutritivo que ella pueda tener con las comunidades de mujeres indígenas, campesinas y trabajadoras que compartan las mismas ansias de volver al origen, de transitar este camino para hurgar en la raíz.

miércoles, 1 de enero de 2014

El antifeminismo de Rafael Correa: Los límites de los gobiernos “progre”



El 28 de diciembre y como para sorprender a los inocentes que aún creen en el supuesto carácter progresista del gobierno de Rafael Correa, el mandatario ecuatoriano acudió a su acostumbrado mitin sabatino para dar rienda suelta a toda su homofobia y antifeminismo. Alegando que son "fundamentalismos" los que pretenden incorporar la perspectiva de género en la educación, Rafael Correa sentencia que "a los niños hay que dejarlos en paz".

El Presidente ecuatoriano dice apoyar al "movimiento feminista por igualdad de derechos" pero… "¡De repente hay unos excesos, unos fundamentalismos en los que se proponen cosas absurdas: ya no es igualdad de derechos, sino igualdad en todos los aspectos, que los hombres parezcan mujeres y las mujeres hombres: ¡ya basta!". Evidentemente, Correa desconoce que todo feminismo aboga por la igualdad de derechos entre los seres humanos y antepone sus prejuicios para con el término cuando cataloga de "exceso" al necesario cuestionamiento de los roles que se asignan en función del sexo biológico. Rafael Correa seguramente se sentiría más cómodo en medio de un feminismo más parecido al que propugnaba Hugo Chávez, uno en el que los roles de género no fuesen cuestionados, los estereotipos siguiesen intactos, las mujeres de la cocina al tocador y los "hombres que parecen hombres", ¡en la política, sí señor!

Correa no pudo evitar dar gracias a su dios macho, blanco y heterosexual en medio de tanta efervescencia católica: "¡Porque somos, gracias a Dios, hombres y mujeres diferentes! ¡Complementarios! ¡Y no es que se trate de imponer estereotipos! Pero ¡qué bueno que una mujer guarde sus rasgos femeninos! ¡Qué bueno que un hombre guarde sus rasgos masculinos! ¿No? Y bueno, todo el mundo es libre… el hombre de ser afeminado, y la mujer de ser varonil. Pero ¡yo prefiero la mujer que parece mujer! ¡Y creo que las mujeres prefieren hombres que parecemos hombres!" Tampoco puede, en medio de semejante discurso, dejar de anteponer su ego y las preferencias que le motivan. Ello, de por sí, no estaría mal si no se tratase de una figura presidencial que desde las cumbres del poder constituido se cree con el derecho de conducir las preferencias de las personas a las cuales gobierna y además colocar peros a las libertades de sus ciudadanos y ciudadanas.

Días antes, el 13 de diciembre, ese mismo Rafael Correa se había reunido con ocho miembros del colectivo LGBT de Guayaquil. Ante estas personas se comprometió entonces a defender los derechos de la población lésbica, homosexual, bisexual, transgénero e intersexual. Por supuesto, no dejó de hacer hincapié en que era esa la primera vez que un Presidente se reunía con representantes de dicho sector. (¡Dense con una piedra en los dientes, por favor, más agradecimiento!) Correa también se comprometió entonces a establecer una comisión que siga la pista de varios asesinatos cometidos contra miembros del colectivo, a someter a revisión las leyes enviadas a la Asamblea en torno a la salud, educación y empleo, a promover mediáticamente los derechos de la diversidad sexual y a formar servidores públicos con perspectiva de género. Por supuesto, nada de esto trascendió el mero palabrerío, una foto con banderita arcoíris y una muy forzada y masculina sonrisita, por si acaso. Quince días después, el Presidente mandaría a volar sus conversaciones con aquella agrupación LGBT y daría rienda suelta a su profundo desprecio por lo que él cataloga despectivamente como "ideología de género".

Para Correa, son "barbaridades" aquellos postulados según los cuales el rol de género no es determinado por su sexo biológico. "¡No son teorías, es pura y simple ideología!", afirma impetuoso mientras el Siglo XX vacila bajo sus pies. Por eso se posiciona convencido contra la educación de niñas y niños desde perspectivas de género y asume que hay que tener mucho cuidado con esas cosas: "Yo respeto mucho eso. Pero lo que tampoco es correcto es que lo traten de imponer sus creencias a todos, el que básicamente no existe hombre y mujer natural, el que el sexo biológico no determina al hombre y a la mujer, sino las ‘condiciones sociales’. Y que uno tiene ‘derecho’ a la libertad de elegir incluso si uno es hombre o mujer. ¡Vamos, por favor! ¡Eso no resiste el menor análisis! ¡Es una barbaridad que atenta contra todo!".

Correa asume también su defensa ante las reacciones que sabe ha de generar su encendido discurso antifeminista: “¿Me van a decir conservador por creer en la familia? Pues creo en la familia, y creo que esta ideología de género, que estas novelerías, destruyen la familia convencional, que sigue siendo y creo que seguirá siendo la base de nuestra sociedad.”

Son prejuicios morales los que enarbola Rafael Correa, prejuicios morales sostenidos sobre la base de una formación católica. Esos prejuicios, a estas alturas de la historia humana, chocan flagrantemente contra la aspiración de sociedades más justas, más libres. Que Rafael Correa considere a la familia "convencional" (heteronormada) como base de la sociedad, está bien. Pero que como gobernante asuma que es su perspectiva religiosa la que debe imponerse, ese es un gravísimo despropósito. Él exige no sea impuesta una "ideología de género", pero se cree con derecho a imponer sus prejuicios a toda la sociedad ecuatoriana.

Hay algo en lo que Correa tiene total razón: Ha sido la familia "convencional" la "base de la sociedad". Y cuando hablamos de la sociedad que conocemos, tenemos que referirnos a su carácter capitalista y patriarcal. Entonces, ciertamente, esa familia ha cumplido la función, en primera instancia, de forjar los valores claves para la constitución de sujetos para el capitalismo. En el seno de la familia "convencional" se nos enseña una distribución de roles que va a naturalizarse de lleno gracias a lo que aprenderemos en la escuela. Y la escuela, a su vez, nos "enseñará" según seamos niñas o niños: Las niñas podrán formarse para ser maestras, enfermeras, secretarias… Los niños recibirán una formación idónea para ser médicos, empresarios, politólogos, arquitectos. La mayoría, en definitiva, mano de obra para sostener el sistema capitalista.

En este sentido, si somos capaces de cuestionar el carácter opresivo de las instituciones capitalistas, ¡por supuesto que esa familia "convencional" debe ser cuestionada! Deben ser cuestionados esos valores que desde los hogares van preparándonos para una distribución injusta de los roles sociales. Esa familia "convencional" en la que la madre se ocupa de la cocina, el padre lee la prensa, el niño juega con carritos y la niña con muñecas… ¡esa familia debe ser cuestionada! Y sin duda alguna, nuestra sociedad debe integrar definitivamente a las diversas constituciones familiares que en la realidad se hacen presentes. ¡Son mayoría los hogares de madres solteras! ¿Por qué habríamos de resistirnos a reconocer como familia a la pareja de homosexuales o lesbianas que han decidido convivir y que un día quieren asumir roles de crianza? ¿Por qué nos habríamos de resistir ante el derecho que tienen los seres humanos a forjar una familia con base en lazos de afecto, sea esa familia constituida por dos, tres o más personas de distinto o mismo sexo? ¿Quién es Rafael Correa para imponer su particular creencia religiosa como la norma de lo que debe o no debe ser una familia?

En definitiva, el reto que se presenta ante los movimientos feministas del continente es enorme. Los gobiernos que han querido presentarse como "progresistas", cada día instauran más claros límites entre ese "progresismo" y las aspiraciones de emancipación de nuestros pueblos. En la medida en que seamos capaces de reconocer esos límites y procurarnos estrategias de abordaje en una lucha signada por la defensa de las conquistas sociales, obtenidas en los últimos años, y el enfrentamiento cabal contra las políticas conservadoras que ellos mismos son capaces de propugnar, estaremos avanzando con certeza hacia la construcción de sociedades menos injustas. Pero si por el contrario cedemos en la lucha ante los límites que imponen estos gobiernos, si somos dóciles y conformistas, no sólo estaremos poniendo en riesgo las pocas conquistas sociales obtenidas sino que garantizaremos nuestra plena derrota histórica.

Publicado originalmente en: LaClase.info

viernes, 6 de diciembre de 2013

Carmen Fernández: “Las mujeres discuten más que los hombres”

Entrevista a Carmen Fernández Romero, cacica de la comunidad de Kuse


La primera vez que vi a Carmen, ella andaba de la mano de su hija Ana María. Pocos días antes habían matado a Alexander (su hijo) y quienes desde la capital nos movilizamos bajo un grito de protesta, topamos con el corazón resentido y triste de “Anita”, que así llaman a la cacica. Se apoyaba, sin dudas, sobre el coraje de una hija que antes había dicho que no era bueno andar peleando tierras y que ahora sentía la necesidad de continuar la lucha por la que perdió a su hermano. “Nos beberemos la sangre de todos tus hermanos”, le dijeron los sicarios -ligados a los cuerpos policiales- a Ana María, y ella alzó a su madre en un puño y se fue a pelear a Caracas. La voz de Carmen, ante los burócratas que nos recibieron entonces en la Comisión de Asuntos Indígenas de la Asamblea Nacional, no tembló jamás. Ella narró los hechos relacionados con el brutal asesinato de su hijo sin que se le quebrara la voz. Cuando terminó de hablar, sólo el soplo de narices se escuchaba en una sala en la que nos habían sido arrebatadas las lágrimas y nos había bañado la vergüenza. No obstante, el crimen contra Alexander y dos yukpas más en la Hacienda Las Flores sería cubierto por el manto de la impunidad bajo la anuencia de esas mismas autoridades, para que menos de un año después algunos de estos sicarios fueran contratados nuevamente para asesinar a Sabino Romero.

Hoy me vuelvo a encontrar con “Anita”, que esta vez regresa a Mérida para alzar su voz en nombre de la lucha por la autodemarcación de los territorios para su comunidad. Camina con la lucha, con Sabinito y con Lusbi Portillo. Son guerreros que colman con su sola presencia los espacios de discusión, pues nadie puede dejar de reconocer la trascendencia de la lucha yukpa en el marco de los conflictos por el territorio indígena. Cuando el simposio sobre demarcación territorial indígena organizado por el Grupo de Trabajo Sobre Asuntos Indígenas de la ULA está por terminar, invito a Carmen a que nos retiremos un rato para grabar una entrevista. Le explico, antes de empezar, que así como creí siempre en la fortaleza y dignidad de Sabino, creo hoy en la fortaleza y la dignidad de sus hijas, de ella y de todas las mujeres que hoy sostienen esa justa lucha. Carmen asiente y sonríe. Esta entrevista con “Anita” es una invitación a forjar el tiempo del corazón materno…

CG: ¿Qué papel han cumplido las mujeres de tu comunidad en la lucha por el territorio? ¿Cómo es la lucha de las mujeres de tu comunidad?
CF: Bueno, nosotras las mujeres allá en la comunidad somos unidas todas las mujeres de allá de la comunidad. Y con Guillermina, Zenaida, Lucía, Marilín… Entre Chaktapa y Kuse estamos unidas las mujeres. Nosotros peleamos unidos. No desunidos, sino unidos en la demarcación de las tierras. Peleamos con los ganaderos, con los campesinos, y así estamos entre las mujeres. Si viene alguien allá adonde nosotros, las mujeres son las que discuten más que los hombres. Y bueno, así estamos.

CG: Carmen, cuéntanos cómo llegaste tú a ser cacica, por qué te nombraron a ti como cacica y qué es lo que te toca hacer por la comunidad kuse.
CF: Ah, bueno, a mí me nombraron ser cacique porque el primer cacique de allá, llamado Salvador Romero, él se fue de la comunidad a otra comunidad. Y nos quedamos nosotros ahí, la familia. Entonces otra cacique mayor que yo, llamada Reina, entonces ella me dijo: “¿Cuál es la cacique de esa comunidad?” Y yo le dije: “No, el cacique de ahí se fue”. Y ella me dijo: “Bueno. Si él se fue, tú tienes que quedar como cacique ahora, porque esa comunidad no puede quedar sin cacique.” Mi papel como cacique es que tengo que estar luchando, así como ahora, por la demarcación, la lucha por las tierras. Eso es lo que me toca a mí.

CG: Así como tú perdiste a Alexander y a José Luis, dos hijos, en la lucha por la autodemarcación, así otras mujeres han perdido a sus compañeros. ¿Cómo es la situación tuya, de ellas, ahora que esos hombres no están? ¿En qué ayudaban ellos a la comunidad?
CF: Ellas quedaron solas y ahora ellas tienen que trabajar para mantener a sus hijos. Porque ellas antes no trabajaban, quienes trabajaban eran los hombres. Los hombres se encargan de la cosecha. Cuando a José Luis lo mataron, él estaba haciendo un curso de enfermería. Y Alexander, él sembraba. Tenía una siembra de cacao. Después que lo mataron esas siembras se quedaron así y tú sabes que yo como madre, yo tengo que estar viajando y quedaron esas siembras allá. Nadie se está encargando de eso.

CG: Nos contaste que dos de tus hijos y uno de tus nietos, el hijo de José Luis, están estudiando en un internado en Barquisimeto. Recién ahora, en las vacaciones de diciembre, podrás estar con ellos. ¿Por qué debiste enviarlos tan lejos de tu comunidad?
CF: Porque allá donde estoy yo, no hay colegio. Bueno, sí hay colegio, pero piden muchas cosas. Piden colaboraciones. Entonces nosotros no tenemos cobres como dar la colaboración todas las semanas. Y en ese internado, allá no piden nada. Ellos allá tienen comida, tienen todo. Más bien allá nos dijeron que cobres no se les podía dar a ellos porque agarran otro vicio.

CG: ¿Cuáles son los problemas más graves que enfrentan todos los días las mujeres indígenas en medio de esta lucha histórica por el territorio?
CF: El problema de todos los días era con los muchachos, pero como los muchachos ya están lejos ya de ahí y solamente tenemos que buscarlos cuando les den las vacaciones… entonces está el trabajo de nosotros ahí, que tenemos que ir a ver la siembra, lo que sembramos. Si es yuca, si es plátano… bueno, para el servicio de ahí mismo. Esa es la tarea.

CG: Échame un cuento… si allá una mujer no quiere tener hijos, ¿cómo hace, toma pastillas o ustedes tienen sus hierbas?
CF: Bueno, ahora sí, ahora las mujeres de allá se están cuidando con pastillas. Pero antes no. Ni pastillas ni nada. Tú sabes que ahora está la de Chávez, ¿cómo es que se llama? ¡El CDI! Ahí a veces las dan. Otras veces las compramos también. Pero sí hay hierbas porque yo, después que nació Coromoto, yo me tomé unas hierbas. Pero eso es como líquida, hay que tomarlo todos los días y hasta que se termine ese frasco. Pero ya las mujeres no usan de eso, sólo las pastillas. Allá hay mujeres que no quieren tener hijos pero no por… es por la necesidad de la comida, del alimento, cuando se enferman, la ropa, el estudio… así como me está pasando con Coromoto, que no tengo ni para eso. Pero así me queda bien que ella esté retirado porque si están cerca me piden de todo, de todo, todo piden. En cambio allá… yo tengo una ahí, en cuarto grado. No me piden nada, solamente los pasajes para irlos a buscar.

CG: Supimos que cuando Alexander y Sabino estaban presos y ustedes los iban a visitar, los militares le faltaban el respeto a las mujeres. ¿Cómo fue eso?
CF: Sí, cuando nosotras íbamos para allá a Fuerte Macoa, en el batallón de Machiques, no nos dejaban entrar, nos quitaban la comida de Alexander y de Sabino. A las mujeres las metían en un cuarto a desnudar toda, a ver qué llevaban. Y nosotras decíamos que no llevábamos nada y todo nos registraban. Entonces nosotros peleábamos ahí, la familia de Sabino y yo, con la guardia. Y bueno, a veces entrábamos y a veces no entrábamos. A la familia de Sabino sí le faltaron el respeto.

CG: Tú sabes, Carmen, que así como hay un Ministerio de Asuntos Indígenas, hay también un Ministerio de Asuntos para la Mujer. ¿Ese Ministerio se ha acercado a ustedes? ¿Las ha apoyado en algo? ¿Conocen a la Ministra?
CF: No, nada. Nada, nada.

CG: ¿Qué le dirías tú a las mujeres watías para que sean solidarias con la lucha de las mujeres yukpa?
CF: Que nos acompañen en la lucha cada vez que vamos, así como ahora, para Mérida… Si vamos para Caracas… Si vamos para otra ciudad, otra nación, que nos acompañen, que luchen con nosotros, así como estamos nosotros luchando. Ahora se han acercado más indígenas ahora y también watías, como decimos. Ahora hay más indígenas, así como yo estoy viendo, pero nosotros primero estábamos solos nada más con Sabino y la lucha, no había más indígena. Las que nos apoyan bastante es en Caracas, la gente de Caracas. Nos apoya en Caracas Tibisay, un poco de mujeres nos apoya allá en todo, en la comida, en el colchón, en las sábanas. Ellas nos apoyan en eso, las mujeres de Caracas.

Carmen también me contó que aunque lo que siembran ella y los suyos sirve mayoritariamente para alimentar a esa comunidad, cuentan además con algunas vacas -otorgadas por un crédito del Estado- que de vez en cuando dan leche suficiente para hacer quesos que van a vender a Machiques. Es muy poco, dice, pero de eso viven. Algunas veces la siembra es un poco más grande y logran vender en los mercados. Logró sacar alguna vez dos sacos enormes de ají dulce, pero los revendedores se los compraron por un precio ofensivo que tuvo que aceptar porque no tenía más opción.

Así, el pueblo pobre, campesino, indígena y trabajador, sigue resistiendo los embates de una crisis económica producto de un gobierno profundamente corrupto. Y en el caso de los pueblos indígenas, esa resistencia es también ante las mil formas en que se expresa su histórica exclusión del quehacer nacional. A pesar de que continúa el cerco contra la lucha yukpa, y los crímenes contra Sabino y los hijos de Carmen siguen sin ser investigados, aunque el Plan de la Patria contemple la entrega de los territorios indígenas a las transnacionales y a pesar de manipulaciones y traiciones, la lucha yukpa está dignamente de pie con el impulso de aguerridas mujeres como Carmen Fernández.

viernes, 29 de noviembre de 2013

El falso feminismo de la burocracia roja


¿Feministas o porristas?

Hace pocos días, con motivo de la conmemoración del Día Internacional contra la Violencia de Género, el Ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género organizó un concierto cuyo público se estimó mayoritariamente femenino. En la reseña publicada por el diario Ciudad Caracas puede leerse: “El tercer invitado a la fiesta fue Hany Kauam quien levantó suspiros de las presentes. (…) Para concluir el evento, se subieron al escenario Servando y Florentino arropados por una ola de vítores y gritos de amor de sus fanes (sic) enamoradas”. Mientras en otros países de Latinoamérica, el 25 de noviembre es fecha propicia para elevar las banderas de la lucha feminista, en la Venezuela “revolucionaria”, lo que sugiere la propaganda gubernamental de MinMujer es hacer “tremenda fiesta en la Diego Ibarra” y seguir enajenando muchachitas con canciones “de amor”, pues no hay razón alguna que nos conmine a la lucha. Conténtense las mujeres venezolanas con las cancioncitas, los piropos, la cajita de chocolates y el ramito de flores: el socialismo feminista ya está dado. Fue -¿quién se atrevería a dudarlo?- parte del legado que nos dejó “nuestro amado Comandante Supremo”.
Desde instancias como el Ministerio para la Mujer y la Igualdad de Género, se asegura que “el gobierno bolivariano creó una nueva institucionalidad y un cuerpo legal para protegerlas [a las mujeres] de la discriminación, la pobreza y la violencia.” De la población LGBT nada dice este ministerio, pues “esos asuntos son muy complicados y además suponen un peso adicional a la difícil carga que portan las mujeres heterosexuales en nuestro país”. Así lo sugeriría María León, durante su gestión al frente de este ministerio, ante quienes le reclamaran mayor atención a los asuntos de la sexo-género-diversidad. Ante semejante aseveración una se atrevería a preguntarse cuál es esa nueva institucionalidad de la que tanto alarde hacen desde el gobierno y cuál es ese cuerpo legal que se supone existe, pues cualquiera que mire a su alrededor podrá aún ser testigo de la discriminación, de la pobreza y la violencia, todas expresiones de las cuales continúan siendo víctimas las mujeres venezolanas.
¿Será que esa nueva institucionalidad se reduce a un ministerio capaz de conmemorar el 25 de noviembre con conciertos para “fanáticas enamoradas” y muchachitas sumidas en “gritos de amor” y suspiros? ¿Será que esa nueva institucionalidad se reduce a un ministerio incapaz de cuestionar los roles de género, un ministerio que concibe a la mujer como una madre, paridora, cocinera y cuidadora? ¿Será que esa nueva institucionalidad se reduce a un ministerio capaz de imponer a espaldas de los poderes creadores del pueblo un Plan como el Mamá Rosa, documento por demás insulso que perpetúa el culto patriarcal a Hugo Chávez bajo la excusa de su abuela campesina? Un cuerpo legal, dicen… ¿Se referirán a la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia? ¿Ese papel con el que todas las instituciones de justicia se limpian los muros, ninguneando a la mayoría de las mujeres que lo elevan en un intento por defenderse de la realidad que las oprime? ¿Será que se refieren a esa letra muerta incapaz de ajustarse plenamente al contexto social que nos arropa y garantizar a las mujeres verdadera educación sexual, anticonceptivos gratuitos y el derecho al aborto seguro y gratuito cuando ellas lo decidan? Tal parece que hablar de feminismo, para el Ministerio que preside hoy Andreína Tarazón (cuyo nombramiento al frente de esa instancia gubernamental resultó además injustificado, pues se trata de una joven que jamás se ha caracterizado por estar vinculada a la lucha de las mujeres trabajadoras), se reduce a formular un cúmulo de alabanzas para el hombre que siendo presidente se aventuró a decirse feminista mientras sepultaba tales pretensiones con cheques otorgados a las misses que construye el monstruo Osmel Sousa y promocionan y patentizan los Cisneros.

Los límites del feminismo burgués del Psuv

Según las funcionarias del Ministerio para la Mujer, Hugo Chávez “siempre utilizó un lenguaje no sexista en sus alocuciones, promovió la incorporación de la mujer a la Fuerza Armada, propiciando su ascenso a los más altos niveles jerárquicos.” Esta aseveración puede leerse desde la web de la institución de gobierno. Una no puede dejar de preguntarse: ¿qué entenderán desde dicha institución por lenguaje no sexista? Porque la verdad, la mayoría de la población no puede olvidar la voz de Hugo Chávez sugiriendo a su entonces esposa que se preparara porque aquella noche le daba lo suyo. Y particularmente, aún me cuesta olvidar a aquel hombre dirigiéndose a un campesino del modo: “¡Manda a ligar a esa mujer!” Las palabras de Hugo Chávez, dirigidas al campesino ante el grávido cuerpo de la mujer que avergonzada miraba el suelo, jamás podrán permitirme asegurar que aquel hombre fue alguna vez un convencido feminista. Sin embargo, estos eventos parecen no hacer mella en las representaciones que del “eterno líder” se han hecho quienes hoy hacen vida en las instituciones del estado. Las funcionarias y los funcionarios del Ministerio para la Mujer se contentan con el mero hecho de que una mujer hoy asuma un puesto de poder en una institución inherentemente patriarcal como las fuerzas armadas, o que algunas mujeres pobres hoy sean beneficiarias de becas gubernamentales para paliar sus carencias y seguir asumiendo en silencio el rol de doblemente explotadas que le asigna el sistema capitalista que sostiene el Estado burgués venezolano.
En un excelente artículo titulado “El feminismo inconsistente de Chávez”, Tamara Pearson se refiere al entonces presidente y al “feminismo” que pregona:
“(…) su concepción del feminismo y de su propia identidad como feminista están limitadas al incremento de la participación de las mujeres en los consejos comunales, en las misiones, en la sociedad, y en las campañas electorales, en vez de formar un movimiento específico para defender sus asuntos particulares y ampliar sus derechos.
(…) El “feminismo” en la revolución bolivariana se traduce en algunas pocas ministras y legisladoras más en ejercicio, en una mayor cantidad de participación femenina en las bases (…). Ahora las madres tienen derecho a recibir un pequeño subsidio para continuar con la carga de tener que hacerse responsables ellas solas de la crianza de sus hijos. Este feminismo, de igual manera, significa oponerse a la violencia contra la mujer sin comprender que la división del trabajo por géneros y que la cosificación de la mujer a través de actos como los eventos de belleza y de la publicidad teñida de sexismo, contribuyen grandemente con la concepción de la mujer como persona de segunda clase, cosa que posibilita la violencia mencionada. Es un “feminismo” que ignora completamente el rol de la iglesia en el sexismo y, por lo tanto, se rehúsa a hablar siquiera del derecho a optar por el aborto, de que éste sea gratuito y que se pueda practicar sin peligro. Esta idea de feminismo carece de cualquier análisis histórico o económico acerca del rol del capitalismo en la generación del sexismo.”
Los cuestionamientos de Tamara Pearson son agudos y se formulan desde el seno del chavismo crítico, así que mal podrían erigirse los defensores de la política psuvista alegando que se trata de un ataque más contra la imagen del “amado Comandante Supremo”. Tales observaciones resultan de vital importancia para la comprensión del panorama político actual, pues la figura de aquel líder logró permear no sólo la actuación de sus funcionarios y de las instituciones que estos sostienen, sino también una representación social compartida por muchos de sus seguidores: el feminismo es sólo cuotas de participación y becas para las mujeres más pobres. Lo demás es mucho pedir, así que quien se atreva a reclamar más que eso, deberá confrontar el cerco del Estado burgués. Para muestra, un botón: Los colectivos de mujeres que este mismo año se organizaron para manifestar su repudio al Miss Venezuela, vieron vulnerado su derecho a la protesta cuando toparon con el cerco de la Policía Nacional que por órdenes de un ministro rojo rojito protegía el show de los Cisneros. Mientras este evento fue reseñado en medios de comunicación internacionales, los medios del estado optaron por silenciarlo o apenas le dedicaron unas cortas líneas para luego sepultarlo.
Las personas que desde un convencimiento honesto aún hoy hacen vida dentro de las filas del chavismo podrán decir que se trata de una inconsistencia más, propia de las contradicciones en el seno de la “revolución bolivariana”. A estas alturas, hechos como esos no pueden, desde nuestro punto de vista, catalogarse como meras inconsistencias. Cuando la inconsistencia, la inconsecuencia, son la regla y no la excepción, tenemos que valorarla como un rasgo característico. En este sentido se trata, ni más ni menos, de una política de Estado orientada hacia la manutención de un estado de cosas que cada día más favorece a los intereses de las burguesías nacionales e internacionales. ¿Contradicciones? Sólo en un discurso pretendidamente revolucionario que cada día deja ver más fácilmente sus costuras. Los hechos, por el contrario, se asumen de una coherencia sin igual. El chavismo gobierna para las mismas clases privilegiadas de siempre. Para ello, recurre a un discurso domesticador de las masas y de vez en cuando le lanza unas migajas con el objeto de distraerlas cuando las presiente capaz del voto castigo. Las medidas populistas de los últimos días, vinculadas con una “ofensiva económica contra la especulación”, son una muestra de ello. Mientras la población esté ocupada “vaciando los anaqueles” no tendrá tiempo para pensar demasiado sobre las causas estructurales de la actual crisis de nuestra economía capitalista.

Plan Mama Rosa: El machismo disfrazado

En este contexto, el feminismo que desde el chavismo se esgrime no constituye más que un recurso discursivo más para ganar las voluntades de las miles de mujeres. Dicho así, resulta de vital importancia acercarse desde una mirada crítica al denominado Plan para la Igualdad y Equidad de Género “Mamá Rosa”.
El documento institucional nos introduce a su lectura confesando que su denominación no responde directamente a la vinculación e identificación con la figura de una mujer que fue madre campesina y que se llamó Rosa, sino que la referencia a aquella mujer constituye una excusa para rendir culto a la figura patriarcal de Hugo Chávez: “Poco sabemos de Mamá Rosa, sólo las expresiones nostálgicas y amorosas que el Comandante Supremo Hugo Chávez mencionaba cada vez que recordaba su infancia (…)”. Partir de ese hecho es ya un equívoco. Desde el Ministerio para la Mujer, lejos de rescatar los nombres y ejemplos de las aguerridas mujeres venezolanas que han sido invisibilizadas por la historia, se recurre al culto a la personalidad del hombre y se emplea la imagen desconocida de su abuela para justificar el hecho. Mamá Rosa se retrata en este documento como madre, cocinera y criadora a través de citas que se formulan de las declaraciones anecdóticas de Hugo Chávez en relación con su infancia. A ninguna de las funcionarias del Ministerio se le ocurrió siquiera profundizar e indagar en torno a una semblanza de mujer que -desde otra perspectiva, no lo dudamos- habría podido dar la posibilidad de al menos retratar a una abuela -como la mayoría de nuestras abuelas- que pese a su restrictiva vida en los espacios domésticos continuaba siendo portadora de una sabiduría ancestral y un anhelo de libertad. Es una (1) la página que se dedica a la presentación de Mamá Rosa desde la voz de Hugo Chávez. En esa página, la foto de la mujer ocupa el mayor espacio. Además de presentar una redacción bastante pobre, el documento logra sorprendernos por el evidente salto que deja inconcluso el texto. ¡Tanto les importaba a las funcionarias de MinMujer retratar a Mamá Rosa!
Según la redactora del Plan Mamá Rosa, Virginia Aguirre, bastaría con que las instituciones del Estado manifiesten su voluntad de asumir una perspectiva de género en el desarrollo de sus políticas, elevando acaso sus cifras de cuotas de acceso y ascenso para las mujeres. Esto bastaría para despatriarcalizar las instituciones y erradicar las desigualdades de género. Se considera, desde este limitado enfoque que ello constituye “cambios estructurales” suficientes. El grave problema está en que al parecer ninguna de las funcionarias del MinMujer sabe con qué se come una “perspectiva de género”. De otro modo una no puede entender cómo es que en el mentado Plan, una de las líneas de acción perteneciente a la dimensión económica se propone “impulsar con las organizaciones y movimientos de mujeres la creación de guardería para las hijas e hijos de las trabajadoras y los trabajadores del sector público y privado” (sic). Lo cual además de poner en evidencia la misma concepción machista de la asignación de los roles entre hombres y mujeres, representa un grosero retroceso respecto de las leyes laborales vigentes, que asignan esa responsabilidad a los patronos, y no a las organizaciones de mujeres.
Para cualquier persona con un mínimo de formación en materia de género, resulta evidente que si no hay un cuestionamiento a los roles que se asignan en nuestras sociedades, que si no se garantiza una discusión capaz de ahondar en la realidad de la diversidad del sexo y el género como categorías constituyentes de la condición humana, si no se avanza -en definitiva- en la construcción de criterios feministas, jamás podrá hablarse de “transversalización de la perspectiva de género” en las políticas públicas.
En este sentido, la Introducción del Plan Mamá Rosa expone cifras vinculadas con la realidad ocupacional de las mujeres en Venezuela, pero es incapaz de analizar esas cifras a la luz de la perspectiva de género que dice debe desarrollarse desde las instancias públicas. Si bien reconoce que la ocupación de las mujeres está enfocada en el área comercial y de servicios (con excepción de los sectores de la construcción y el transporte) mientras los hombres acaparan el sector productivo del país, evade flagrantemente un análisis que permita profundizar en las razones culturales de esta segmentación del trabajo. El Plan Mamá Rosa carece de la perspectiva de género que reclama y se presenta como un documento más dispuesto para el “cumplo y miento” de la burocracia roja que nos arropa. Si el segundo Plan de Igualdad para las Mujeres Juana Ramírez “La Avanzadora” arrojó como saldo “positivo” la conformación del Ministerio para la Mujer, ¡vaya usted a saber qué adefesio burocrático habrá de parir Mamá Rosa!
Del mismo modo, el objetivo histórico que se plantea el Plan Mamá Rosa resulta poco menos que risible dadas las características del gobierno de Nicolás Maduro. ¿Cómo habremos de entender que desde el Ministerio para la Mujer se proponga “erradicar el patriarcado como expresión del sistema de opresión capitalista y consolidar la igualdad y la equidad de género con valores socialistas”, cuando en nuestro país el sistema capitalista cada día se fortalece más gracias a las políticas entreguistas del gobierno que pacta con Chevron, Nestlé, Samsung y cuanta transnacional se ofrezca “preñada de buenas intenciones” para contribuir -¡cómo no!- con la tan mentada “soberanía petrolera”, “soberanía alimentaria”, “soberanía tecnológica” o peor aún, para ayudarnos a convertirnos en “potencia”? Caramba, que hay que ser ingenuas (o consagradas burócratas y demagogas) para tragarse el cuento de que el feminismo socialista se alcanzará de la mano del gobierno capitalista y burgués que hoy tenemos.
En Venezuela, las mujeres no alcanzaremos verdadera autonomía ni plena igualdad de derechos hasta que no comprendamos que nuestros conflictos debemos reconocerlos fundamentalmente nosotras. Ningún patriarca -por muy “caballeroso” que sea- debe ser quien nos diga cuáles son los males que nos aquejan. Nuestra situación de opresión debemos denunciarla desde una voz de dignidad que reclame la verdadera elevación de criterios feministas. Y los criterios feministas no se construyen con financiamiento a la construcción de cuerpos sumisos al capital ni con complacencia ante los códigos estéticos patriarcales. Los lazos que Hugo Chávez estrechó con la organización Miss Venezuela, lo descalifican moralmente para erigirse como ejemplo alguno en la lucha anticapitalista y antipatriarcal. “Nuestro Chávez feminista” no existe, nunca existió. Desde este punto de vista, cualquier institución del Estado u organización en general que pretenda convencer a las mujeres en lucha de que el feminismo es eso que dejó Chávez como legado, no abraza más que una falacia, una abominable inconsistencia ideológica que sólo se traduce en mayores cadenas para las mujeres y para la población venezolana en general. El feminismo revolucionario, que se pretende verdaderamente socialista, debe abogar por definir plenamente los criterios que constituyen una perspectiva de género y comprender que la igualdad de derechos no se traduce únicamente en una inclusión paritaria en políticas dispuestas por un Estado machista.