viernes, 20 de abril de 2018

Mujeres Migrantes: Organizadas en Feminismo Autónomo e Interseccional



Los procesos de desterritorialización se agudizan cuando el capitalismo desespera por generar nuevas formas de acumulación. Las tensiones políticas dentro y fuera de los límites de los Estados-naciones pueden ser un termómetro de ese proceso, pero la consecuencia más dramática se materializa en el desplazamiento de las comunidades hacia otras geografías en donde estas puedan garantizar su existencia. Este desplazamiento implica, para quienes asumimos la identidad migrante, una serie de condicionamientos jurídicos y sociales que resultan altamente opresivos.  Pero la sobreexplotación que los Estados imponen sobre los cuerpos migrantes cobra especial crueldad cuando se trata de cuerpos constituidos políticamente como femeninos.

Las mujeres que migramos para hallar territorios que nos permitan la subsistencia, lo hacemos muchas veces dejando hogares que tendrán que reformular sus relaciones. Los niños y ancianos que exigían nuestros cuidados tendrán que recibirlos ya de alguna otra mujer (hermana, prima) o quedarán a la deriva, pues ese rol muy pocas veces será asumido por un varón de la familia. Este proceso de reacomodación es lo que en economía feminista se ha denominado como crisis de los cuidados. Nosotras, por nuestra parte, deberemos hacer frente a nuevos conflictos. Los rasgos que antes no representaban mayor disputa en nuestros lugares de origen, ahora serán evidencia de una incómoda diferencia: nuestro tono de voz, nuestro color de piel, la textura de nuestros cabellos, nuestros rasgos faciales, volumen corporal, forma de vestir, gentilicio, etc.

Adicionalmente, el sistema cultural patriarcal, imperante en nuestras sociedades actuales, supone otras cadenas a nuestros cuerpos. Una mujer migrante es objeto de consumo para el capital y también para el macho masificado. El cuerpo de una mujer migrante se considera mercancía también para los puteros construidos por el sistema económico imperante. Por ello, las primeras ofertas de “trabajo” que se nos colocarán en frente serán las de puta, sea atendiendo una barra en minifaldas, bailando y desvistiéndonos en locales nocturnos o poniendo las piernas para que algún varón disfrute su “café”. Se acercarán varones ofreciendo un techo, alimentos, estabilidad, seguridad, protección, a cambio de nuestro cuerpo siempre disponible para su goce. Otros no elevarán ese paternalismo nefasto sino que se mostrarán meros depredadores, intentando servirse de nuestros cuerpos porque se sienten con el pleno derecho a hacerlo, porque cómo se nos ocurrió abandonar nuestra zona de seguridad, será que algo andamos buscando y la que busca, encuentra, ¿no?

Para las migrantes negras la explotación se multiplica más aún. Además de que sus cuerpos son empleados para la generación de plusvalía, además de que son hipersexualizados por el patriarcado imperante, además de ello, son más fácilmente desdeñados porque son cuerpos negros. El racismo estructural se materializa cotidianamente en la vida de una mujer negra migrante, desde que sube al transporte público para ir al lugar en el que le roban la vida, hasta que vuelve a su hogar empobrecido y marginal en el que la espera un hombre que canalizará en ella toda la violencia que también sobre él deposita el sistema.

Hoy muchas mujeres venezolanas hemos sido desplazadas por un reacomodo capitalista materializado en un conflicto político, económico y social que nos empujó a migrar. Muchas de nosotras llegamos a Chile sin apoyo alguno y a veces con la carga de los hijos, confiando en que el camino nos procuraría una nueva red de solidaridades, posibilidades de subsistencia y mejoras a nuestra calidad de vida, golpeada brutalmente por la lógica de la política patriarcal militarista. Atrás dejamos un país sumido en la más profunda crisis que haya conocido su historia y dejamos también nuestra entrañable geografía y nuestros más auténticos afectos. Desterritorializadas y solas, en una ciudad que nos ha recibido con el mote de “venesueltas” y que mira en nuestros cuerpos un objeto de disfrute y asume como “ligera y fácil” el menor gesto de nuestra cortesía, observamos impávidas cómo los medios de comunicación chilenos alientan ese prejuicio cosificador en una sociedad evidentemente racista. Las más vulnerables entre nosotras debemos lidiar con las consecuencias materiales de esa política.

El día 4 de noviembre de 2017, una joven mujer venezolana fue asesinada por su pareja en un departamento arrendado en la ciudad de Santiago. En una urbe plagada de edificios de paredes tan frágiles que se escucha hasta la respiración de tu vecina, ningún vecino fue capaz de alertar sobre el conflicto que se desarrollaba en el departamento en el que un femicida asentó sus puñaladas sobre el cuerpo de Susjes Mesías. Transcurrió apenas una semana cuando nos alcanzó la noticia de la violación de otra joven trabajadora venezolana que debió recibir en su cuerpo la violencia materializada de una estructura social podrida que mira en las mujeres migrantes, objetos de consumo y desecho. Esta mujer fue violada, quemada con aceite caliente y encerrada por un hombre que la hostigaba en su lugar de trabajo. Son realidades que nos alcanzan y con las que debemos lidiar cuando los Estados nos colocan en situación de mayor vulnerabilidad.

La violencia machista y racista de la sociedad chilena cobró su mayor expresión en agosto de 2017 con el asesinato por parte del Estado de Joane Florvil, quien fue apresada y separada de su bebé acusada de abandono en un contexto en el que ella era víctima de un robo y su no dominio del idioma español fue la excusa perfecta para que las fuerzas represivas hicieran de ella una cifra más en las estadísticas de migrantes muertas en Chile. Este vergonzoso episodio pocas o ningunas palabras mereció de un movimiento feminista corporativizado, capaz de colmar La Alameda cuando un músico famoso golpea a una muchacha de la clase media acomodada, pero incapaz de pronunciarse contra los asesinatos de nosotras, las mujeres pobres, migrantes, negras. La sonrisa de Joane podrá ser pintada en mil paredes para alivianar las culpas de esta sociedad racista, pero la rabia de las mujeres migrantes que aún lidiamos con esta realidad, esa no podrán maquillarla.

Hemos debido renunciar a un territorio devastado por la violencia y nos negamos a continuar padeciéndola en la sociedad chilena. Es por eso que la invitación que mejor podemos formular es a fortalecer las organizaciones de mujeres abrazadas a un feminismo interseccional y autónomo, consolidar redes de apoyo mutuo que nos permitan a las migrantes una existencia digna en estos territorios que también deberemos defender en el marco del contexto capitalista actual y que además nos permitan ponernos a salvo de la violencia machista y racista que hoy nos amenaza.

domingo, 4 de febrero de 2018

Sobre la nostalgia del machismo nacional


El contexto fue una cena de gerentes que a su vez son relatores en una institución que entrena a estafadores del sector financiero. La nueva relatora, venezolana, con estudios de posgrado en Economía, residencia previa en Panamá y un vestido despampanante, me dice:

-Es primera vez que no reconozco inmediatamente a otra venezolana. Ay, chica, tú que tienes más tiempo aquí, dime algo. ¿Son sinceros los hombres chilenos?

La miré desconcertada. Hacía tiempo que no me planteaban una conversación de esa naturaleza. Mis amigas saben que nunca las conversaciones sobre varones o relaciones amorosas se me han dado con fluidez. Me cuesta asumirlas y las llevo como en tránsito por senderos tortuosos. Entonces le devolví el balón:

-¿A qué te refieres específicamente?

-Bueno, si tienen muchas oscuridades, tú sabes…

-Todos tenemos luces y sombras, profe. Le digo tratando de evadir al máximo la que se me venía.

Justo entonces aparece otra relatora, chilena y goleadora. Enseguida le dio curso a una conversación penosa en la que fui testigo silente (el silencio es imposición del yugo salarial, en este caso, pues de otro modo me hubiese retirado del lugar). De todo lo que alcancé a escuchar me quedó claro algo que ya había escuchado de otras voces coterráneas, que “el hombre chileno es machista”.

A esta mujer no le iba yo a plantear en aquel contexto, una conversación como las que he tenido con compañeras migrantes sobre el asunto. Pero indudablemente es cosa de reflexionar el hecho de que el machismo parece resentirse más para algunas de nosotras cuando vienen acompañados de su variante regional. Algunas mujeres de mi región parecen no sentirse vulneradas por el machismo caribeño, caracterizado por su cosificación del cuerpo femenino al punto de que muchos hombres suelen referirse abiertamente a sus parejas mujeres como “jevita”, “culito”, etc. Parece que la altísima tasa de mujeres muertas en cirugías estéticas no es producto de una concepción machista del cuerpo femenino sino de algún impulso “natural” por “verse sexys”. El Miss Venezuela para estas mujeres es un motivo de orgullo nacional y no una ocasión para reflexionar en relación con los estereotipos impuestos para nosotras. Parece que ese rol de bomba sexy que merece los más caros ropajes, restaurantes, viajes y demás caprichos, es una cosa inherente al gentilicio y no a alguna estructuración cultural patriarcal. O que ese “tronco de mujer” es una vocación loable naturalmente desarrollada por las venezolanas y no el fruto de una sobreexplotación patriarcal de la fuerza de trabajo de las mujeres.

El joven macho venezolano, el común, ciertamente no suele obsesionarse con la posesión permanente del cuerpo femenino. Para él, este cuerpo es desechable o bien de uso común. En ese sentido, muchos son capaces de hacer uso de él y aceptar el hecho de que ese cuerpo será usado por otro, en el turno que le corresponde o que se haya ganado, digamos (y aquí me refiero a relaciones que surgen en una población joven y que además siente mucho menos apego con el añejo ritual matrimonial). Además, el macho venezolano ratifica su condición de macho en su capacidad para procurar placer a la mujer y esta variante cultural machista puede resultar bastante “aceptable” para muchas de nosotras. El rol proveedor del macho en muchos casos no ha sido transgredido y vemos con buenos ojos al “caballero” que sostiene la puerta para que nosotras pasemos, al que corre la silla para que nos sentemos y al que nos lleva a pasear y costea nuestros antojos.

Todo esto viene a cuento porque ciertamente en este momento muchas mujeres migrantes estamos siendo acorraladas por otra variante del machismo latinoamericano. Esta nos encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad porque nuestras familias están lejos y ellas son el más inmediato soporte cuando te has embarcado en una relación que no marcha bien y necesitas asilo materno. Es difícil quemar las naves cuando andas cansada de naufragar y no tienes ya un lugar al cual llegar. Quedamos entonces a merced de un macho controlador que tiene juguete nuevo: un cuerpo caribeño (y bien que se ha encargado la industria publicitaria y pornográfica de convertir al cuerpo de la mujer caribeña en el fetiche de muchos).

Necesitamos construir juntas un refugio. Pero también necesitamos fortalecernos individualmente y erradicar todos los mitos en relación con un machismo cómodo y otro opresivo. Se necesitó mucho coraje para hacer las maletas y arrancar, se necesitará mucho más para construir autonomía feminista en condición migrante.

Que este trabajo no nos espante. Hay labores enteramente necesarias.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Mujer haitiana es asesinada por el Estado chileno




Joane Florvil era una joven mujer haitiana de 28 años residenciada en Santiago. De acuerdo a versiones compartidas por la comunidad haitiana en Chile, el día 30 de agosto ella acudió con su bebé de dos meses y conducida por un hombre chileno aún no identificado, a las Oficinas de Protección de Derechos de la Infancia, en la comuna de Lo Prado, para solicitar una cooperación ante su difícil situación de desempleo. Estando ya en el antejardín de las oficinas, el hombre que la había conducido hasta allí se retira portando el bolso de la mujer, bolso que contenía todos los documentos que para cualquier persona en condición migrante constituyen “su vida”. Joane dejó a su bebé dentro del cochecito, apostado frente a estas oficinas, y salió detrás del hombre para tratar de recuperar sus documentos. No obstante, sucedió que las personas de esas oficinas, al ver al bebé, no pensaron sino que era víctima de abandono por parte de su madre y llamaron a Carabineros para denunciar a esta mujer. Joane no habló jamás castellano y quienes la acusaron de abandono no se ocuparon en buscar a alguien que pudiera fungir de intérprete para escuchar primero la versión de esta mujer, que apareció ante las cámaras esposada, bañada en lágrimas, abrazada por una angustia infernal.

Joane fue secuestrada por el Estado y separada de su bebé, que a su vez fue recluido en dependencias del Sename, institución tristemente célebre por su trato abusivo contra la infancia. Según la versión policial, dentro de la celda en que recluyeron a Joane, la angustia ocupó tanto espacio que ella comenzó a dar de cabezazos a las paredes. Con tal fuerza, que se produjo lesiones graves. Fue trasladada a la Posta Central donde falleció el día de hoy, 30 de septiembre.

Wilfrid, el marido de Joane y padre del bebé que continúa secuestrado, hoy exige verdadera justicia. El racismo que se impuso entre quienes acusaron a Joane de abandonar a su bebé y el de las instituciones del Estado chileno, fue el causante de la muerte de esta joven mujer migrante y el causante además de que un bebé hoy no cuente con el amor y sostén de sus padres, sino que haya sido recluido en un lugar lúgubre como el responsable de la muerte de tantos niños pobres de la sociedad chilena. Criminalizaron y asesinaron a una mujer por ser negra, migrante, pobre y haitiana. ¿Puede haber expresión mayor del racismo institucional chileno?

La agresividad que cada día evidencia la sociedad chilena contra los migrantes negros es enorme. No gusta a los dueños del Mall Vivo Los Trapenses que los negros que construyen sus edificios, limpian sus pisos y cargan la basura de sus ferias de comida chatarra, conversen a plena luz del sol en los jardines del lugar sólo destinado al goce y consumo de las clases pudientes de Chile. Y hasta el pequeño burgués de la verdulería prefiere al negro cargando y descargando que atendiendo al público y en contacto con las monedas de su caja.

Lamentamos el asesinato de Joane. Lamentamos que nuestros hermanos haitianos hoy tengan que lidiar con las cadenas que impone el capitalismo a estas tierras indoamericanas.

El llamado es a fortalecer la organización de la comunidad inmigrante sin distingo de gentilicios. La comunidad haitiana debe fortalecerse en apoyo mutuo con la comunidad inmigrante en general y todos debemos asumir el compromiso por servir de apoyo a quienes se ven obligados a migrar como consecuencia de la desterritorialización que nos imponen los Estados y el capitalismo.

APOYO MUTUO Y SOLIDARIDAD ENTRE LOS PUEBLOS
POR UN MUNDO SIN FRONTERAS

lunes, 20 de junio de 2016

Carlos Taibo, de paso por Santiago


La casa Volnitza abrió sus puertas al encuentro con uno de los pensadores anarquistas contemporáneos más lúcidos en materia de ecología social y prácticas libertarias. El día viernes 17 de junio, nos reunimos atendiendo a una inesperada convocatoria: el profesor Carlos Taibo se encontraba de paso por la región chilena y estaba dispuesto a compartirnos su palabra.

Unas ciento cincuenta personas nos reunimos en el reducido espacio de la casa para atender a la exposición del orador y autor de una prolífica obra historiográfica y de análisis político. Y si la intervención del compañero Taibo fue esclarecedora, las intervenciones que se sucedieron en la ronda de preguntas fueron aún más demostrativas de que en esta región que habitamos, no sólo hay una sed de reunión y de encuentro sino de asumir los aportes ideológicos para adaptarlos a una lucha con identidad e historia propia. En este sentido, la mayoría de las y los jóvenes asistentes hicieron énfasis en la comprensión de un contexto de desarrollismo extractivista que impone el priorizar la lucha en defensa de los territorios. Esto supone, sin dudas, un considerar las prácticas y formas organizativas autonómicas de nuestras comunidades originarias.

Compañeros de distintas iniciativas libertarias se hicieron presente en este encuentro con la palabra. Así, cabe mencionar a los compañeros de la Editorial Eleuterio, La Conquista del Pan, el Sindicato de Oficios Varios de Santiago y otras organizaciones cercanas al sindicalismo revolucionario. Entre todos construimos un ambiente distendido y de grata retroalimentación, el más propicio para atender a nuestras diversas perspectivas. Por esa noche, la capital del cielo nublado de gases que no ha podido con los pulmones de tantos jóvenes sedientos de libertad, se rindió ante el ceremonioso silencio de una muchachada que atiende a los encuentros formativos que reconoce verdaderamente emancipatorios. Así, un evento que entre las blancas paredes de un cláustro pudiese ser considerado protocolarmente académico, en los espacios de la casa Volnitza se puede tornar en práxis de educación libertaria, una educación que es capaz de reunir a estudiantes y trabajadoras en formas organizativas que plantean un horizonte sin jerarquías.

Es por ello que apelamos a la multiplicación de estas iniciativas. La educación es un proceso de socialización. Y esa socialización debemos procurárnosla con criterios propios, prestando atención a nuestro contexto y ejerciendo la crítica transformadora. Si los centros que se pretenden educativos (y ejercen mero adoctrinamiento), privados y/o estatales, cierran sus puertas a nuestra formación integral, forjemos nuestra humanidad más digna al margen de toda estructura opresiva, en el seno de iniciativas libertarias que logren federarse y apuntalar una profunda y verdadera transformación social. Construyamos anarcosindicalismo en cada centro de trabajo, forjemos idea transformadora en cada toma, avancemos hacia la libertad, que es la libertad de todos y todas.

Lo que sigue es una grabación de aquel encuentro que produjo a Taibo una grata impresión. Ojalá se repita. Y ojalá en esa repetición, la voz de nuestras compañeras se sobreponga a los esfuerzos invisibilizadores del ego macho para explicar por qué, en estas regiones, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar.

Nos lo debemos, compañeras.

Salud y Anarquía