martes, 25 de febrero de 2025

Sobrevivir donde no te quieren


Vivir en un territorio en el que el grueso de la sociedad se empeña en expulsarte es una situación agobiante desde el punto de vista emocional. Lo sabemos quienes somos inmigrantes en Chile.

No pocas veces he recibido comentarios como “es que tú no pareces venezolana” o “es que tú acá pasas piola” para explicarme por qué pueden tolerarme a mí, pero despreciar a la comunidad a la que yo pertenezco. Esas personas no son en absoluto conscientes de la violencia solapada que esos comentarios ejercen. Se piensan en todo caso muy nobles en ese ejercicio de aceptación ladina. Y esto llega a unos límites tan hilarantes que recuerdo haber recibido la siguiente sugerencia de un compañero de trabajo: “No vayas a vacacionar al Norte, eso está lleno de extranjeros”. Lo miré de hito en hito. Ni se inmutó.

En otras ocasiones, la violencia ha sido más abierta. Y recuerdo que la primera expresión de ella fue justamente en una Feria del Libro Anarquista, cuando un fulano aseguró en una discusión que todos los inmigrantes éramos en esencia contrarrevolucionarios. Recuerdo haber participado con alguna opinión al respecto. Posteriormente, en el viaje en bus al final de la jornada, otro de los asistentes al que seguramente no le gustó mi intervención, se dedicó a burlarse histriónicamente de mí, haciendo referencia a “arepas”, “maracas” y no sé qué otras tonteras bajo la complicidad masculina que suele darse en muchos espacios políticos. Armé tremendo peo en el bus, para qué decir más.

Comento esto porque quiero decir además que me consta la violencia xenófoba y racista que permea a la sociedad chilena incluso en sus espacios más “liberados”. Y empatizo profundamente con quienes viviendo en Chile en calidad de inmigrantes, deben seguir padeciendo la violencia que generan las estructuras políticas del Estado y que agudizan los medios de comunicación para forjar una sociedad cada día más separada y dispuesta a destruir al que es inmigrante y no se limita a servir, obedecer y sonreír.

Lamento mucho que la inexperiencia migratoria del pueblo venezolano nos haya arrojado a cometer gruesos errores en nuestro encuentro con otros pueblos. Lamento esta suerte de “arrogancia caribeña” que nos acusan y que muchas veces va de atolondrada por los caminos, sin detenerse a observar, escuchar y comprender. Y lamento que esa torpeza condicione la experiencia de los más vulnerables entre nosotros. Lamento que desde el poder, los esfuerzos por estereotipar sean tan sólidos que busquen a figuras tan nefastas como George Harris para que “corrobore” el prejuicio social sobre el “venezofacho”; para que al mirarlo, quienes se sienten distintos y superiores, vivan una catarsis que les ayude a justificar el odio y el desprecio que sienten por otros; para que al señalar la misoginia, vulgaridad, aporofobia, racismo y clasismo del bufón, puedan sentirse mejores personas, tranquilos de odiar esos valores que él canaliza y que se cree son los que portamos los casualmente nacidos al norte del sur. Yo les invitaría a analizar la ideología profunda que los mueve… Se sorprenderían de hallar un pequeño Pinochet en el interior de muchos corazones pretendidamente progresistas.

En este laboratorio neoliberal llamado Chile, triunfó un capitalismo eficaz. Un capitalismo en serio, como lo quiso también la Kirchner. Uno que te exprime certeramente y te garantiza capacidad de consumo (por ahora). Uno que se paga con salud mental, con alegría, con purita humanidad. Tal vez muchos recurrimos a esta maquinaria en busca de lo mínimo para vivir con mediana dignidad después del secuestro de nuestras aspiraciones más igualitarias. Y algunos pueden ponerle fecha de término a esa experiencia. Pero no todo mundo tiene ocasión de salir de donde no es querido, de donde no se le permite ser persona… A veces, es más difícil devolverse que seguir... Así que cruzo los dedos porque en algún punto de este abrupto choque cultural, impere el deseo de comprender al otro y no el impulso por degradarlo. Que el individualismo neoliberal tropiece sin ocasión de levantarse y deje camino libre para que las gentes puedan narrarse, dialogar y reconocerse. Cruzo los dedos porque un día estos pueblos asuman que somos hijos del mismo ultraje y que estaremos mejor hermanados en auténtica solidaridad (que no es en absoluto el ejercicio de depositarle a Don Francisco para su Teletón).

sábado, 16 de diciembre de 2023

El armazón del racismo en la región chilena



En abril del año 2021, cuando aún lidiábamos con la dura sobrevivencia pandémica, fue aprobada la ley 21.325, la nueva ley de migración y extranjería. El resultado más inmediato que pudimos testificar fue la presencia de decenas de personas en un limbo entre las fronteras de Bolivia y Chile, pues la nueva ley chilena supuso un portazo en las narices y un proceso de reconducción que dejó en evidencia y por lo bajo, que aquella ley no fue hecha para resguardar los derechos de las personas migrantes, sino que se ajustó de forma racista a las necesidades del desarrollo capitalista. Y es que la puesta en marcha de la nueva ley propició aún más la inmigración considerada “irregular” por el Estado, lo que a su vez ha implicado sumar a cientos de miles de inmigrantes a una explotación con peores salarios y menos derechos de los que cuentan quienes poseen un RUT y permiso laboral. Es decir, este marco legal brindó todo lo que necesita la clase dominante para acumular más capital y a su vez profundizar la división entre los oprimidos. Una división sin dudas apuntalada por la propaganda nacionalista que canalizan los medios de comunicación. A través de estos últimos, el inmigrante ya no es expuesto como un “aporte multicultural” sino como un enemigo interno al cual hay que reprimir y expulsar.

No obstante, y curiosamente, al tiempo que a los inmigrantes se les criminaliza bajo estereotipos totalizantes, poderosas empresas del retail, a diferencia de algunos años atrás, no dudan en explotar a través de agencias subcontratistas a inmigrantes sin papeles, pagando sueldos equivalentes al part-time pero extendiendo la jornada laboral a ocho, doce y más horas. Hecha la ley, dictada la trampa. No habrá jornada de 40 horas para quien no tiene papeles en este país en donde al forastero sí que saben querer y abrazar.

Que la nueva ley de migraciones resultó una trampa ha sido señalado incluso por los mismos que la promovieron, es decir, por los académicos chilenos de vocación promigrante y por la tecnocracia importada que ocupa puestos de representación de las comunidades inmigrantes en Chile. Pero que los mismos que sentaron la demanda de una nueva ley hoy acusen su no pertinencia nos debe conducir a reflexiones mayores sobre el rol que cumplen las leyes en determinados contextos sociales y sobre el papel de la representatividad como un mecanismo de suplantación servil ante los intereses de los Estados.

En un contexto global de cierre de fronteras, cuando hemos podido testificar el endurecimiento de leyes migratorias en todo el mundo y especialmente en Europa, al progresismo chileno se le ocurrió la brillante idea de exigir una nueva ley de migraciones para dar solución a lo que entonces era sólo un problema burocrático: el retraso administrativo de los visados que estaban otorgándose con mayor o menor dificultad. El resultado al día de hoy es más complejo aún: Chile ha cerrado sus puertas para los pueblos vecinos que buscan subsistencia y refugio en su territorio; la cantidad de habitantes sin papeles y sin derechos laborales se ha incrementado y esta mano de obra precarizada se ve sometida a una sobreexplotación con sueldos miserables por jornadas extenuantes. Ante este panorama, los académicos promigrantes siguen dictando sus costosos diplomados sobre racismo y migración. Y quienes dijeron representar a las comunidades migrantes, se dedicaron a vivir desde el silencio, la sonrisa y los fondos concursables.

Aunado a estas medidas estatales, el discurso racista se fortalece y multiplica desde la institucionalidad a través de personeros de gobierno que son capaces de referirse al tema migratorio como indisoluble del tema delincuencial. Y en este sentido, todos los espectros políticos abrazados al nacionalismo ejercen similares discursos y prácticas racistas. Es un mito de los sectores progresistas el acusar la existencia de discursos racistas sólo en el ala derecha del espectro político. Desde tendencias como el PC-AP, desde donde se reivindican posiciones antiimperialistas y antifascistas, plegados sin embargo al gobierno milico y autocrático de Nicolás Maduro, no han faltado nunca agresiones contra las comunidades de venezolanos inmigrantes. De hecho, durante un tiempo estuvieron asistiendo a la embajada de este país para procurar provocaciones que no pocas veces derivaron en confrontaciones verbales y físicas con quienes allí hacían largas filas para gestionar documentaciones. Esas situaciones, no fueron desaprovechadas por sectores de ultraderecha, quienes acudieron a su vez para dirigir entre los inmigrantes cánticos anticomunistas que atentaban contra la memoria de todos los represaliados y asesinados por la dictadura de Augusto Pinochet. Que sectores partidistas hayan empleado a algunos inmigrantes venezolanos como un objeto en disputa para alentar confrontaciones entre dos extremos del espectro ideológico chileno, situación que fue incluso televisada, dio pie al mote de “venezofacho” que en sectores populares por donde transita el despojado, va siendo de uso corriente y constituye una agresión xenófoba con la que muchos inmigrantes venezolanos deben lidiar.

Los discursos racistas que cobran auge entre las clases oprimidas de esta región legitiman a su vez una nueva realidad: El gatillo fácil instaurado a partir de la aprobación de la ley Naín Retamal apunta sus disparos y sospechas sobre los cuerpos racializados sin distingo de nacionalidades. No obstante, resulta evidente que se ha incrementado la cifra de inmigrantes represaliados y/o asesinados y son escasas las voces que se alzan para denunciar o protestar. Sólo algunos canales de información a través de redes sociales, administrados por inmigrantes, van haciendo visible un registro de estos casos que no son televisados. Y es que ningún abrazo a la diferencia brinda la sociedad chilena decidida a replicar los discursos de odio que dictan los poderosos con la intención de dividir a los oprimidos.

La condición inmigrante supone haber vivido el despojo de recursos, el sostenerse única y exclusivamente a través de la fuerza de la mano de obra propia. Esto difiere de la realidad de extranjeros que logran asentarse en un país gracias al traslado de sus capitales o a la incorporación a instituciones y estructuras de poder imperantes. Comprender esto es fundamental para que consignas orientadas a invisibilizar estas diferencias, no tengan cabida en el imaginario social. No podemos permitirnos forjar relaciones de semejanza entre inmigrantes despojados y extranjeros acumuladores. Y por mucho que nos cueste, también debemos comprender las diferencias entre esta clase despojada que somos los inmigrantes y la clase obrera chilena. Porque el Estado chileno y su marco jurídico, no garantiza los mismos derechos para todos. Los trabajadores inmigrantes estamos hoy acorralados por el Estado chileno.

Quienes desde nuestra condición de inmigrantes hemos hecho intentos por organizarnos desde las clases oprimidas en esta región, sabemos certeramente que lo primero a lo que se debe hacer frente es al prejuicio xenófobo que pesa sobre nosotros. Debemos “convencer” a quienes se deciden a escucharnos, que no somos fachos, que la nuestra no es una experiencia de aspiraciones consumistas frustradas en contexto comunista, sino una experiencia de aspiraciones libertarias truncadas por gobiernos militaristas. Que el nuestro no es un mero despecho anticomunista sino un profundo descreimiento político. Y aún así, aunque logremos convencer a veces, va siendo difícil que nos hagamos bien acompañar.

Hasta el momento, la persona migrante sigue siendo vista por sectores progresistas como un objeto de estudio y jamás como un otro con el cual organizarse. Este paternalismo e instrumentalización lo aprendieron en las universidades y lo replican hasta en los espacios que se pretenden más liberados. Será necesario desterrar a las instituciones y sus discursos racistas y xenófobos para que nuestras prácticas al margen de ellas puedan desembarazarse de toda lógica autoritaria destinada a separarnos en función de cualquier diferencia. Será necesario asumir nuestras diferencias como un motor del aprendizaje, de la construcción colectiva y del deseo por comprendernos en un nosotros auténticamente íntegro. De otro modo, habrá triunfado la ficción militar que, dibujada con puntos y rayas en los mapas, separa nuestros anhelos de la más plena libertad social.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Reflexiones contra el racismo en el movimiento anarquista



 El racismo en la sociedad separada

La historia de invasión y colonización que atraviesa esta región, nos hace habitar países que se constituyeron en Estado-nación para pisotear y exterminar a los pueblos originarios que habitaban el Abya Yala. Se impuso entonces una jerarquización de las diferencias para catapultar al hombre blanco mestizo como cuerpo y rostro de estas nuevas naciones. Y fue así que pueblos indígenas y afrodescendientes fueron arrojados a los eslabones sociales más bajos, condenándoles a vidas en permanente despojo.

Guardar plena conciencia sobre el origen racista de las sociedades actuales, marcadas por el colonialismo, nos permitirá comprender por qué el racismo es un fenómeno tan extendido. Y es que se nos educa para el racismo, para reconocer a un Estado-nación y enorgullecernos de su existencia; guardar además disposición para su defensa ante otros Estados-naciones y ante los mismos pueblos racializados que resisten a ellos y a los cuales nos han enseñado a concebir como un peligro para el desarrollo nacional. Apenas abrimos la boca y nos atragantaron con himnos. Nuestra maravilla infantil ante la riqueza y variedad de los colores se diluyó en la imposición de un tricolor patrio. Se nos enseñó a enorgullecernos de una historia escrita sobre la sangre de nuestras abuelas ultrajadas. Somos racistas y reconocerlo puede ser de vital importancia para poder expulsar de nosotres, esa expresión autoritaria de la sociedad separada. Esto, por supuesto, si es que de verdad aspiramos construir la posibilidad de un mundo libre de opresiones.

La anarquía no caerá del cielo

Sólo dando este primer paso hacia el reconocimiento de nuestra historia y la construcción de un nosotres tan diverso como inamansable, podríamos comprender la importancia que cobra la lucha antirracista.

Las anarcofeministas hemos debido enfrentar dentro del movimiento ácrata, las masculinas voces que acusan nuestra existencia en organización como innecesaria. La sonora terquedad del acratosaurio que repite como un mantra que la anarquía es la lucha contra todas las opresiones y que dentro de ella no es necesario hablar de feminismo y disidencias sexuales... Cabezas fosilizadas negadas a distinguir el horizonte de las prácticas, empeñadas en hacerlo todo del mismo modo siempre para no avanzar un paso apenas en la historia. Conservadores, sin más. Hemos sabido comprenderlo así y organizarnos a pesar de ellos, ejerciendo la justa tensión anarcofeminista; una posibilidad maravillosa para nutrirnos de los principios y reflexiones libertarias del feminismo que defendemos.  

Pero resulta que son esos mismos cangrejos que opusieron resistencia a mujeres y disidencias, los que se niegan a reconocer la necesidad de abordar perspectivas antirracistas en los espacios anarquistas. Y lo hacen con los mismos manidos argumentos. La anarquía lo es todo, dicen, pensando que ella llegará por sorpresa algún día y no habrá que construirla todos los días a través de las prácticas transformadoras.

Y acá la cosa se complica un poco más, pues se suman a este coro, compañeras anarquistas que, engolosinadas con las categorías de los feminismos paridos por la academia, son capaces de hablar en perfecto lenguaje inclusivo sobre la interseccionalidad y la descolonización de las cuerpas-territorias, pero sumando cómodamente la consigna simplista de abajo el trabajo, descalificando totalmente con ello a la inmigrante obligada a emplearse para permanecer. O compañeras anarquistas que al tener en frente a una mujer negra, prefieren hacer como que no la han visto o la miran como quien ve un espectáculo circense. O tienen pudor de nombrar a esa mujer como negra. O pretenden relacionarse con ella desde el paternalismo asistencialista. Compañeras hay que son capaces de negar las razones de una mujer inmigrante y acusarla de cobarde por haber sido vencida por el despojo en su territorio de origen. Otras hay que replican sistemáticamente la propaganda de terror patriarcal y racista en donde siempre el agresor desconocido es un varón inmigrante. Y también hay las que desarrollan irracionales antipatías contra mujeres inmigrantes, en una mezcla de xenofobia racista y competencia patriarcal. 

La existencia de esas expresiones racistas en los movimientos, justifican sobradamente la necesidad de señalarlas, observarlas y erradicarlas, transformando colectiva y radicalmente el orden social. La trasversalización de perspectivas antirracistas debe ser un ejercicio consciente y permanente desde nuestras organizaciones.

Portazo al inmigrante latinoamericano y alfombra roja al viajante europeo

Que existen prácticas racistas dentro del movimiento anarquista no debería sorprender a nadie. A menos que se piense que pueden existir burbujas de pureza y perfección en el marco de estas sociedades signadas por el germen de la jerarquía. Por lo tanto, el señalamiento no debe entenderse como una acusación para el descrédito, sino como un ejercicio imprescindible para potenciar las prácticas libertarias. 

Hemos permanecido embelesados durante mucho tiempo en la búsqueda de referentes europeos. Reconocerlo es de vital importancia para poder iniciar un cuestionamiento en perspectiva antirracista que nos permita recuperar la memoria histórica sobre experiencias propias en esta región de Abya Yala. Del mismo modo, será necesario cuestionarse los términos en los que se establecen las relaciones internacionalistas, cuando resulta evidente que estos difieren enormemente según los vínculos se forjen dentro de esta región o hacia la región europea. Y es que, ¿no es demasiado notorio que la recepción que se hace hacia viajantes y delegados europeos no es en absoluto equiparable a la que se hace a viajantes, delegados e inmigrantes latinoamericanos?

Ante el viajante europeo, aguardará siempre la disposición plena, el interés genuino, la admiración casi ingenua de quienes parecen sentirse finalmente visitados por el padre abandonador. Se disputarán, literalmente, por ser quien o quienes reciban al compañero europeo bajo el techo propio. Con absoluto fervor colmarán las salas para escuchar a quien venga de Europa a contar experiencias propias, pero se ausentarán consciente y deliberadamente de los espacios convocados para escuchar a compañeres latinoamericanes o a inmigrantes organizades.

¿Cómo negar que hemos escuchado a compañeros anarquistas tildar de cobardes a inmigrantes porque estos no protestan bajo la misma lógica insurrecta con la que puede arriesgarse a hacerlo quien es considerado ciudadano por las leyes del Estado chileno? ¿Cómo negar que hemos testificado la existencia de compañeros que se declaran anarcosindicalistas y que cuando son llamados a la puerta por un inmigrante que busca acompañamiento para dar una pelea ante la patronal, apenas alcanzan a asomarse al umbral para solicitar el envío de un e-mail? ¿Cómo negar que existen compañeros anarquistas que generan y difunden propaganda contra comunidades inmigrantes específicas, haciéndose eco de estereotipos xenófobos sobre esas comunidades despojadas por el capitalismo y el autoritarismo de los Estados?

Ni el negacionismo ni el paternalismo forjan lucha antirracista

Negar la presencia de estas y otras prácticas racistas, es un flaco favor para el anarquismo. Las voces que relativizan y/o invisibilizan las diferencias sociales que nos atraviesan con la intención de “unificar” al movimiento, no hacen más que fortalecer las lógicas segregadoras que buscamos combatir. Y es que no se trata de pensarnos todes negres, todes obreres o todes inmigrantes en búsqueda de la historia del abuelito colono que bajó del barco hace cien años. No, porque ni somos todos migrantes ni somos la misma clase obrera. La materialidad de estas sociedades separadas nos impone distinto entramado de opresiones. Y si pretendemos acabar con cada una de las opresiones existentes, resulta inapropiado invisibilizarlas bajo recursos idealistas y autocomplacientes. Difícil es abolir lo que se invisibiliza. 

De lo que se trata sí, es de hurgar en la raíz propia para encontrar el espejo que alumbrará la construcción de un nosotres enteramente consciente de las diferencias que nos atraviesan, capaz de abrazarse a ellas para forjar fuerza y resistencia anticapitalista. En ese sentido, construir discursos es menos importante que construir comunidades. Observar y escuchar todas las voces-existencias, por sobre el afán de comunicarlas será siempre más valioso para el proceso de construcción del nosotres más plural, pues poco y mal comunica quien poco ha querido observar/escuchar.

Como anarquistas, nuestro esfuerzo debe ser por distanciarnos de las lógicas autoritarias y construir organización horizontal, solidaridad y apoyo mutuo entre pueblos. Para poder lograrlo certeramente, justo y necesario será que nos deslastremos definitivamente de las prácticas que empantanan el horizonte libertario.

domingo, 10 de marzo de 2019

Apuntes Anarcofeministas ante el Movimiento Feminista Actual

Si algo ha logrado el sistema capitalista contemporáneo es convertir nuestras demandas en objetos de consumo. Por eso hoy no puede asombrarnos que existan feminismos al servicio no sólo de los Estados y sus aparatos represivos, sino de las corrientes más reaccionarias del Mercado. Y dentro de todo este panorama se impone una serie de prácticas feministas o declaradas como tal, que resultan incapaces de forjar un análisis estructural profundo de nuestra sociedad y se limitan a activar en función de demandas claramente dictadas desde los grandes medios de difusión y centros de poder. Me refiero más específicamente a temas como el acoso callejero, que abordado desde una perspectiva elitista y paternalista, ha servido para la implementación de políticas institucionales orientadas a la estigmatización del obrero y a una mayor policialización de los espacios públicos. Ni el mass media ni el feminismo pop podrían ir más allá, no podrían poner sobre el tapete temas tan trascendentales como la explotación del cuerpo femenino en el mundo de la reproducción capitalista.

Este 8 de marzo se llevó a cabo un nuevo llamado hacia el denominado Paro Internacional de Mujeres. Este llamado a huelga —a pesar de lo ineficaz en cuanto al objetivo fundamental de paralizar la producción— constituyó un avance en las discusiones del feminismo actual, pues evidencia que somos también pieza fundamental para la acumulación del capital y tenemos plena conciencia de ello. Nuestro deber entonces es sostener y profundizar ese análisis en todos los escenarios organizativos, de modo que nuestras acciones como movimiento de mujeres vayan haciendo un peso trascendental y determinante en la lucha anticapitalista que se desarrolla hoy por la defensa de los derechos sociales más elementales, así como de los territorios urbanos y rurales. Los primeros, sometidos a políticas de control social que imponen la presencia de cada día mayor cantidad de policías uniformados y de civil que atentan contra la seguridad y la vida de trabajadoras ambulantes, inmigrantes y personas racializadas. Los segundos, sometidos al despojo de las industrias extractivistas y agroexportadoras, que imponen condiciones laborales precarias para sus trabajadoras y además hunden a las comunidades en conflictos socioambientales catastróficos.

No obstante, resulta importante visibilizar también que no pocas mujeres organizadas y dispuestas a reflexionar desde el feminismo, plantearon de forma oportuna su posición crítica de la huelga de mujeres como agenda colectiva impuesta desde el feminismo hegemónico. Lo han hecho señalando que las condiciones de precariedad laboral, dependencia económica y opresión que pesan sobre muchas de ellas, imposibilita la consideración de una huelga como estrategia. Son mujeres indígenas, pobladoras, inmigrantes, racializadas, quienes señalan con razón que la huelga pueden realizarla hoy sólo algunas mujeres pertenecientes a estratos medios, al ámbito universitario o de la tecnocracia, donde la huelga —lejos de ser mal vista— puede ser instrumentalizada por esas estructuras de poder.

Como anarcofeministas reconocemos la importancia histórica de la huelga como estrategia de nuestra clase para la conquista de mejoras sociales. Sin embargo también señalamos que sin un trabajo previo de profunda propagación de ideas y consolidación de estructuras organizativas para la defensa de nuestra clase, una convocatoria a huelga hecha desde las cumbres del privilegio neoliberal, no tiene cabida hoy más que en lo meramente performativo. Nuestra experiencia nos dicta que sólo el trabajo político de largo aliento podrá en algún momento favorecer las condiciones no sólo para una verdadera huelga general sino para una transformación radical de todas las estructuras sociales. Por ello, sabemos que cualquier adhesión a este tipo de convocatorias ha tenido apenas un carácter simbólico útil para asentar temas a los cuales el feminismo hegemónico ha venido dando largas. Nos referimos precisamente a temas vinculados con la estructura capitalista que impone la doble explotación para la mayoría de nosotras. El riesgo que corremos, sin embargo, es el del desgaste de los significados, un mal propio de nuestras sociedades contemporáneas. De allí que debamos permanecer alerta ante las políticas de apropiación de nuestras luchas.

Sin lugar a dudas, la comprensión del trabajo doméstico como un trabajo generador de plusvalía para el capital, debe conducirnos a la profundización de la lucha anticapitalista hermanada a una perspectiva auténticamente interseccional. Una perspectiva que pueda hacer frente a la devastación de los territorios y sus consecuentes fenómenos migratorios, al despojo de nuestros derechos sociales y recursos naturales. El movimiento de mujeres debe trascender la denuncia de los síntomas y avanzar hacia la destrucción de las bases del conflicto mayor: nuestra doble explotación. La discusión sobre el trabajo doméstico no pagado y fundado sobre la héteronorma patriarcal, debe ser el eje de nuestras demandas para que ellas no sean presa fácil de la utilización oportunista de los poderosos y sus medios de difusión y sea sí, nuestra posibilidad definitiva de sumar fuerzas con todo el movimiento anticapitalista.

Las anarquistas hemos constatado históricamente cuánto daño genera la apropiación por parte de las estructuras de poder de nuestras estrategias, discursos, símbolos y objetivos. Nos negamos a que fechas como el 8 de marzo, cargadas originalmente de todo el ímpetu libertario de nuestra clase, sea convertida en un día para el desfile de tecnócratas neoliberales y aspirantes a tecnócratas, capaces de actuar como viles policías ante las compañeras que no conciben entre sus estrategias el marchar con una corona de flores en la cabeza y una bolsa de chaya en las manos. Nos negamos a que la huelga revolucionaria sea convertida en el unicornio violeta de las estructuras institucionales. Por ello, este 8 marzo, nuestras voces alcanzaron la marcha de mujeres para decir que siempre hemos estado y que seguiremos estando y siendo las voces más incómodas porque…

NUESTRO FEMINISMO
ES CONTRA TODA EXPLOTACIÓN